Armillita Chico, la eternidad es por la izquierda

El País, 8/11/2017. Por Jorge F. Hernández. Decía Borges que los laberintos se resuelven siempre por la izquierda. Lo decía quizá no tanto por las ideologías, sino probablemente porque los caballeros andantes y los que se visten con oros suelen llevar en la diestra las espadas. Para abrir el telón de lo infinito sólo se precisa saber mover bien la muñeca izquierda, templar la embestida de todo toro o dragón con una tela como suspiro y girar lentamente, con las piernas como compás en un indescriptible diluvio de estrellas que en tauromaquia se llama pase natural. Miguel Espinosa Menéndez vino al mundo precisamente para redefinir ese tipo de coreografía: hay un natural que pegó en la Monumental Plaza de Toros de Las Ventas que al día de hoy no ha terminado de dar y una serie vestido de tabaco y oro, en la Monumental Plaza de Toros “México” a un toro que se llamó “Arte Puro” que debió medirse en la escala de Richter como uno de los más hipnóticos temblores oscilatorios que haya experimentado el Valle de Anáhuac. Esa faena la empezó doblándose con “Arte Puro” como quien empieza la redacción de un ensayo que terminaría en poema: cortó una oreja a pesar de haber pinchado hasta en tres ocasiones y no había un solo aficionado que no pensara que en ese instante se cifraba la seguridad incuestionable de un nuevo siglo para el toreo mexicano.

Miguel era hijo del Maestro de Maestros, Fermín Espinosa Armillita Chico monumento andante de sonrisa trasatlántica que parecía tener una lidia para cada toro bravo del mundo, conquistador de España y emperador de México que se retiró de los ruedos con una sola cornada en su haber y una leyenda generosa: su cuadrilla se formaba con sus hermanos Zenaido y Juan (que había renunciado a la alternativa para volverse banderillero con pasamanería de plata para custodiar a su hermano Fermín, ya considerado el Joselito mexicano.)

Miguel fue medio hermano de Manolo Espinosa, hijo mayor del Maestro, que bordó no pocas esperanzas en los ruedos mexicanos en la década de los sesentas del siglo pasado y pasó la batuta a su otro medio hermano Fermín, fino y hierático torero de gran parecido a su padre que aquilataba de vez en cuando la onza del arte bueno, pero sería Miguel quien realmente elevó a la categoría de grandeza pura la tauromaquia de la familia. Hasta hace pocos años, con el debut de su sobrino Fermín (que viene a ser el cuarto eslabón de la dinastía) Miguel seguía en la mente del aficionado como el cachorro de una estirpe, el agraciado con el don del temple que era capaz de hipnotizar a los tendidos con abrirse de capa y recordarnos que el lance de la Verónica honra un instante bíblico; de vez en cuando, lo recuerdo en quites, siempre abrevando de la tradición mexicana de intentar con el capote una elocuencia plagada de gracia a contrapelo de la parquedad castellana o el chispazo andaluz.

Luego, durante no pocas temporadas Miguel Espinosa Armillita era el amo del tercio de banderillas: una danza donde nunca llevaba el par hecho, siempre cuadraba en la cara del burel y a menudo, salía andando –como mandan los cánones—y como si estuviera entrenando con una carretilla en medio de un bosque. Venía entonces la sinfonía de las faenas de muleta con las que Miguel hilaba como joya de la retórica sin palabras el toreo en redondo, frenando el paso de las nubes con un muletazo de la firma o sellando el secreto orden los planetas cada vez que desmayaba la embestida del toro con eso que en México llaman desdén y en España, desprecio. Después, el trámite de las estocadas que no siempre lo definían como gran estoqueador, aunque era siempre atinado en saber firmar el punto final de sus párrafos en los ruedos con la repentina explosión de una sonrisa, hoy ya inolvidable.

Parece que no pasa nada cuando muere un torero, pero incluso quienes no son aficionados perciben un raro silencio que se decanta entre un misticismo en constante peligro de extinción y un mundo de pantallas planas donde se ha confundido el antiguo papel de los héroes locos. Salvo los agresivos dementes que en su supuesta defensa animalista son capaces de festejar la muerte de un ser humano para opinar como si de veras supieran sobre lo que ellos creen que debería ser el destino de los toros bravos, hay seres que aún se duelen cuando cae en el ruedo un torero corneado o cuando una Figura del Toreo cierra los ojos aparentemente sin el vestido de luces para quedarse en el recuerdo intemporal de quienes no podrán olvidar jamás un estético instante irracional, como ese pase natural que acaba de iniciar Miguel Espinosa Armillita… impalpable, invisible… inolvidable.

Torero de culto y dinastía

El Mundo,8/11/2017. Por Carlos Abella. Y ahora ha muerto Miguel Espinosa «Armillita». Su adiós se ha producido sólo 10 meses después del fallecimento de su hermano (de padre), Manuel Espinosa. Miguel fue un torero de culto y no sólo por ser miembro de una inmensa dinastía taurina -la más importante con la de los Silveti de aquellas tierras-, fundada por su tío Juan y prestigiada por su padre, el grandioso torero Fermín Espinosa «Armillita Chico», rival de los imponentes toreros de los años 20 y 30: Lorenzo Garza y El Soldado allá y acá Marcial Lalanda, Domingo Ortega y los estilistas creativos como El Niño de la Palma, Victoriano de la Serna o Gitanillo de Triana. Sino sobre todo porque Armillita fue un torero de clase, de corte totalmente clásico, dotado de la mágica naturalidad de los toreros que tenidos por cautos son capaces de torear más despacio y por tanto con mayor riesgo que los que pasan por ser tremendamente valerosos.

Anoche recreé las muchas corridas que le vi en España y México y que se remontan a una novillada celebrada en Barcelona en 1977. Cortó una oreja a un novillo de Marín Marcos, dejando en palabras del profesor Santainés «perfume de torero». Tomó la alternativa en Querétaro el 26 de noviembre de 1977 de manos de Manolo Martínez y en presencia de Eloy Cavazos y José María Manzanares. El 18 de febrero de 1979 confirmó en la Monumental mexicana con Mariano Ramos como padrino y El Niño de la Capea como testigo. Su confirmación española en Las Ventas se retrasó hasta 1983. Fue de manos de Manolo Vázquez y de nuevo en presencia de Manzanares. Madrid siempre acogió con agrado sus distintas actuaciones en los años 80 y 90. Presenció el clamoroso éxito de César Rincón el 21 de mayo de 1991, cuando padeció una muy grave herida en su cuello producida por el palotazo de una banderilla. Tanto me gustó su toreo que fui en septiembre de 1992 a la Feria de Salamanca solamente para verle torear junto a César Rincón y Rafael Camino una corrida de toros de Dionisio Rodríguez: Miguel volvió a torear exquisitamente con la izquierda.

El 24 de octubre de ese año protagonizó el cénit de su magisterio en el festival homenaje en Las Ventas al malogrado Julio Robles. Acreditó la calidad de su toreo y la exquisitez de su temple. Bastó un ajustado número de relajados derechazos y naturales para hacer vibrar la plaza de Madrid, como sólo son capaces los elegidos, y salir por la Puerta Grande. En noviembre de 1992 vi torear también a Miguel en la Monumental de México con su clase y despaciosa actitud, con la que competía con toreros más dotados de poder, esforzados o tenaces. La última vez que se vistió de luces fue en 2009 para confirmar la alternativa a Cayetano Rivera Ordóñez en el mismo grandioso escenario. Allí cortó un rabo en 1986 y 1995.

Sólo tenía 59 años y con su desaparición el toreo pierde a un significado intérprete y a uno de los que mejor ha sabido comprender y materializar la conjunción artística que existe entre la embestida de un toro de lidia y la composición estética de un hombre.

Armillita, torero de culto y gran dinastía

Portaltaturino, 6/11/17. A mediodía de ayer en su casa de Aguascalientes fue encontrado muerto por un infarto el diestro de dinastía Miguel Espinosa Menéndez “Armillita”. Hijo del gran Fermín Espinosa “Armillita Chico” y sobrino de Juan Armillita, hermano de los diestros Fermín y Manolo Espinosa, tío de Fermín Espinosa Armillita IV, el torero peretenecía a un larga saga de toreros y ganaderos mexicanos. Nuestro pésame a toda la familia, descanse en paz. El homenaje póstumo tras su velatorio consistió en exposicion en Palacio regional, misa en la catedral, vuelta al ruedo de la Monumental Aguscalientes y sepelio.

* Miguel Espinosa «Armillita»