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PLAZA DE TOROS DE PAMPLONA

Viernes, 13 de julio de 2018

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Jandilla.

Diestros:

Juan José Padilla de blanco y oro. Gran estocada (dos orejas). En el cuarto, estocada (oreja).

Cayetano de celeste y oro. Pinchazo y estocada (saludos). En el quinto, estocada (oreja).

Andrés Roca Rey de gris plomo y plata. Pinchazo y estocada (oreja). En el sexto, gran estocada (dos orejas). Salió a hombros con Padilla.

Tiempo:

Entrada: lleno

Video: en breve

Galería de imágenes:

Crónicas de la prensa:

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. Un grandioso espectáculo: El adiós soñado del Pirata Padilla desemboca en la apoteosis con Roca Rey

Juan José Padilla atravesó la marabunta febril que lo esperaba a las puertas de la Monumental pamplonesa. Un pañuelo negro de bucanero tapaba la carretera de 30 puntos de su cabeza. Padilla lanzaba besos, saludos, abrazos. Pamplona lo catapultó en el 99 del pasado siglo con una tremenda corrida de Miura. Aquí tocó el cielo de la gloria conquistada; aquí bajó a los infiernos de la sangre derramada; aquí lo bautizaron como El Pirata en su regreso a la vida en 2012; aquí lo dio todo en 20 años -sólo una ausencia en 2007- de entrega absoluta. Si había una plaza en el que el adiós del Ciclón de Jerez cobraba verdadero sentido, esa era ésta. Cuando se abrió el portón de cuadrillas, el estallido del grito de guerra atronó el eléctrico ambientazo: “¡Illa, illa, illa, Padilla maravilla!”. Juan, más pirata que nunca, elevó su mirada ciclópea a las oscuras nubes tormentosas. La carga de emotividad incontenida recorrió su rostro reconstruido y enmarcado por el carácter de sus patillas de hacha.

El rugido siguió con cuatro largas cambiadas, cuatro. Pamplona aclamaba al héroe revolucionado. Una revolera abrochó el saludo. Las astifinísimas puntas de Decano coronaban su baja y hermosa hechura. Y volaron tras los vuelos con intensa entrega de principio a fin. La importancia de la bravura confería a todo un ritmo bárbaro. Juan José Padilla quitó por navarras y banderilleó con estrépito. El par al violín se celebró con la misma pasión. El único momento tibio en varas lo superó el superior toro de Jandilla luego con su fondo de casta.Brindó Padilla a las 20.000 almas volcanizadas. El ruido ensordecía. Más que nunca. Desde el inicio de rodillas, el reaparecido torero -tan reciente el espeluznante percance de Arévalo- no dio tregua. Y su mando por las dos manos obtenía la respuesta del domecq: fijeza, largo recorrido, duración. Remates detodas las marcas. Pases de pecho encadenados, reolinas por los costados -rehiladas incluso como serie, ya más gastada la embestida-, una cuerda de molinetes de rodillas que parecía el fin. Pero no. Faltaban las manoletinas. Y un desplante del Pirata crecido en el clamor. De una estocada sobre la misma boca de riego, el brazo por delante como suele, tumbó sin puntilla al gran Decano. La apoteosis estalló, si no había estallado ya. Desde el minuto uno, la fuerza arrolladora del Ciclón fue un espectáculo. El palco rindió los pañuelos ante la irrebatible contundencia. Las banderas bucaneras ondeaban en una marea negra; Padilla paseaba la insignia de la calavera con su aspecto de Jack Sparrow parcheado.

El discreto paréntesis de Cayetano con un toro noblón y suelto que se prestó más y mejor por el pitón izquierdo -y por esa mano obtuvo los pasajes más entonados y reunidos- sirvió de respiro. La intensidad volvió con Roca Rey. El quite por caleserinas y gaoneras transpiró una quietud de asombro. Despatarrado y atalonado. Su enhiesta figura plateada volvió a clavarse en la obertura de faena por estatuarios. La voltereta zarandeó al peruano de mala manera. Un atropello durísimo del que se resintió sin un gesto de dolor. Y desde ahí el toreo de mana baja, quebrada pero en compañía la cintura juncal. Por debajo de la pala vaciaba los derechazos ligados, embraguetado el embroque; el jandilla no sostenía su humillación hasta el final y soltaba la cara. La profundidad mantenía su camino hasta el infinito y más allá. La movilidad del toro, por encima de la clase, traía emoción. O la emoción la ponía la limpia verdad de Roca Rey. Que reguló su izquierda para esquivar el punteo que enganchó un par de veces. Sólo eso como matiz en la fluidez de los hondos naturales. La muleta a ratras, el trazo inconmensurable. Volvió en redondo antes de despedir el soberbio calado de la faena por bernadinas a viaje cambiado. La emotividad se dirigía hacía el doble trofeo. Un pinchazo lo redujo a una oreja de ley.

“Jugoso” era el último toro de Juan José Padilla en Pamplona. Y respondió a su nombre. Por su templado son y su excelente calidad; la bravura tamizada de categoría. Justicia divina para con el ídolo de acero. Pasase lo que pasase luego, la pareja y hehurada corrida de Jandilla -a expensas de la miurada- ya se había convertido en la más completa de San Fermín. Padilla, que no cogió los palos, lo toreó a placer. Por una y otra mano, el pulso interminable en las líneas naturales, la ligazón como cimiento de todo. Llovía sobre San Fermín, merendaba la gente y se explayaba el Ciclón de Jerez como una suave brisa. Otra estocada sensacional derivó en la tercera oreja para El Pirata. Como un adiós soñado. “¡Padilla quédate, Padilla quédate, Padilla quédaaaate!”, coreaba la afición.

Si Joselito Rus cuajó un gran tercio de banderillas en el anterior toro de Cayetano, ahora lidió con un sentido primoroso de la colocación y el temple. Rivera brindó a Padilla como ya había hecho Roca Rey. La emoción conducía la tarde. Buen quinto para no defraudar al refrán. Muy notable su humillación. Su ritmo. El torero desplegó una tauromaquia de exteriores. Serena y exageradamente despegada a partes iguales. Básicamente diestra -cinco tandas de derechazos frente una sola de naturales- la faena. Como la cerró de un contundente espadazo, una oreja decoró su regreso el año después de su debut.

De la enfermería volvió Roca Rey ostensiblemente renqueante. Apenas castigó al sexto en el caballo. Del que se escupió. La impertérrita quietud del quite con el capote a la espalda camufló la cojera. Eclosionó la faena con los péndulos silvetistas. Tan ceñidos. Y corrió la mano con el hándicap de los tornillazos del exigente jandilla. Evitados por abajo. Por donde es el toreo. Ajustado en su concepto, dejándosela siempre en la cara, trayéndose enganchada por delante la embestida. Rotundo el tipo. Un desarme no desdijo. Quedó aislado en su redondez. Otro espadazo voraz y otras dos orejas. Siete en el global de la tarde y seis en su haber sanferminero de 2018. Colosal.

Cayetano marchó andando antes de que la procesión por la puerta grande del Pirata de Jerez y el Cóndor de Perú despegase. Antes de partir, devolvieron a los medios a Padilla. Que lloraba como un niño. Bajó el telón de una tarde inolvidable. Un grandioso espectáculo.

La Razón

Por Patricia Navarro. ¡Padilla, quédate, Padilla, que-da-te!

unca fue Padilla más pirata que hoy. Jamás. Tapaba un pañuelo negro anudado en la nuca la herida de guerra. El drama. El terror que esconde verte bajo los pitones del toro y a su merced. Luego viene lo heroico y las palabras bonitas. Pero detrás esconde mucho sufrimiento y una capacidad de superación titánica. Y el pavor. A que aquella cogida sea la última. O a que ese pitón produzca un destrozo sin vuelta atrás. Y él, precisamente él, sabe lo que es. Fue emocionante volver a verle salir por la puerta de cuadrillas. La emoción de verle vivo. Y la honradez de querer hacer todo por los mismos caminos que ha hecho siempre. Crujió la plaza, que es suya, durante el paseíllo, y se entregó después en las largas cambiadas de rodillas y al parear. Incluso el tercero al violín, reproduciendo los mismos hechos, recreando los mismos pasajes que le llevaron a la cogida, pero con el toro de Pamplona. En otras disciplinas superar eso requeriría de meses de terapia. Comenzó de rodillas ante el bravo ejemplar de Jandilla, que quiso muleta y la quiso con casta y repetición. Por ambos pitones se puso Padilla, que remató de una estocada de rápido efecto, que le abrió la Puerta Grande con el doble premio y la recompensa de haber llegado hasta aquí para despedirse de esta plaza tan suya. Otra más sumó del cuarto, encastado y repetidor y le dejó estar a gusto. Le hizo una faena larga para matarle en el centro del ruedo.

A Padilla brindó su toro Roca Rey. El tercero. El mismo que le cogió por la barriga en el segundo estatuario y si no lo reventó fue por el capotillo de San Fermín o porque tuvo la suerte mirándole a los ojos de manera muy penetrante. Fea cogida. Bárbara su vuelta. Hila tan fino… Tiene tan bien amarrado el valor y el toreo que no le hace mella ni una hostia, con perdón, monumental que hubiera desmontando a cualquiera de su cuerpo primero y de sus convicciones después. Ni una cosa ni la otra. Fue toro encastado y con mucho picante, había que estar ahí. Y estuvo. Lo cuajó sobre todo por el pitón diestro, pero cuando llegó la hora de ponerse al natural, por ahí por donde le habían levantado los pies del suelo, se puso como si nada. Y antes le había funcionado la cabeza. Tan importante como el corazón. Mansito en el caballo repitió el toro en la muleta aunque con menos entrega el sexto, soltaba la cara. La faena de Roca, que tuvo algunos altibajos, contó con algo que la mantuvo de principio a fin: la ambición por encima de las adversidades sean las que sean. Y tras la estocada se fue a hombros con Padilla, no podía ser de otra manera.

Espectacular fue lo de Joselito Rus con el segundo, que fue a él cuando quiso parear como una fiera a cazar. Y en ese tú o yo salió triunfador por los pelos. Cayetano dejó después una faena rasa ante un toro que tuvo cosas buenas, aunque le faltó punto de entrega. Se justificó el diestro sin acabar de encontrar estructura en la faena. Noble fue el quinto, sobre todo por el derecho, y Cayetano acabó por cortarle una oreja tras una estocada de efecto fulminante cuando hacía tiempo que se había desatado la lluvia. Y todo el mundo aguantaba allí.

Habían venido a despedir a su pirata, al pirata Padilla. Y lo hicieron de corazón. Uno y otro. ¡Padilla quédate!, le cantaban cuando el adiós era un hecho consumado. A hombros se lo llevaron. Devoción. Blanca y roja. Y con Roca.

El País

Por Antonio Lorca. “Padilla, quédate”

La despedida de Juan José Padilla de la feria de San Fermín fue una auténtica fiesta en una plaza llena hasta la bandera, hecho que sucede por vez primera en esta feria. Fue recibido con todos los honores, como solo se recibe a alguien de la familia, y despedido a hombros, entre la algarabía popular, y la plaza toda puesta en pie al grito de “Padilla, quédate”.

Padilla se presentó como un auténtico pirata -pañuelo negro cubriéndole su reciente herida en la cabeza y parche del mismo color en el ojo izquierdo-, y lo dio todo de principio a fin; primero, en medio de una inmensa polvareda, más propia de una tormenta desértica que de una plaza, y, después, empapado por un intenso aguacero que se hizo presente a partir del cuarto toro.

Se hincó de rodillas Padilla para recibir a su primero con cuatro largas cambiadas en el tercio, y ese inicio no fue más que la tarjeta de presentación de una completa actuación presidida por la entrega, el compromiso, la gallardía, el pundonor y el agradecimiento. Tuvo en sus manos un lote de toros extraordinarios -de alto nivel fue toda la corrida-, bravos y encastados los dos, y de mayor calidad, si cabe, el segundo, con los que protagonizó momentos brillantes sin redondear una faena de clamor, pero expresó abiertamente su personalísima tauromaquia, basada en una técnica efectista y dominadora y un estilo emocionado y cálido. No es Padilla un artista, pero sí una figura que se da sin límites. Brindó su primero al público, enloquecidos el sol y la sombra con su hijo adoptivo, y el segundo, a la Casa de Misericordia, que le ofreció la primera oportunidad de triunfo en el año 1999. Especialmente emotiva fue su vuelta al ruedo tras la muerte del cuarto; al final de la misma besó el ruedo y se guardó un puñado de arena en el pecho mientras las peñas coreaban una y otra vez su nombre, el torero se llevaba la mano al corazón y mostraba emocionado el pañuelo rojo a toda la plaza en señal de afecto.

También triunfaron Cayetano y Roca, que brindaron uno de sus toros a Padilla. Inconmensurable el joven peruano por su valor, aplomo y firmeza; sobre todo, en la faena de muleta al tercero después de una tremenda voltereta que sufrió cuando Roca citó por estatuarios al inicio del último tercio. Con el gesto dolorido, el torero atornilló las zapatillas en la arena y ofreció toda una lección de buen toreo cimentado en el arrojo, la disposición y un conocimiento exacto de los terrenos; otra lección de poderío ofreció ante el sexto, al que mató de un muy efectivo espadazo.

Tampoco se fue de vacío Cayetano, irregular e intermitente, y autor de una gran estocada al quinto de la tarde.

ABC

Por Andrés Amorós. Apoteósica despedida de Juan José Padilla en San Fermín

Aparece Padilla, en el paseíllo, con un vestido blanco y oro; patillas de hacha; un parche negro, en el ojo izquierdo, y un pañuelo negro, anudado en la nuca: un completo «Pirata». Lleva en el cuerpo la huella de 39 cornadas. Hace solamente seis días, en Arévalo, un toro –como si fuera un indio salvaje, en las películas del Oeste– le arrancó buena parte del cuero cabelludo. España entera se ha estremecido con la fotografía de «el colgajo» –así lo llama él mismo– de veinte centímetros de su piel herida; y la de la cura, con su calva, recosida con «cuarenta o cincuenta grapas».

Padilla no ha querido dejar de despedirse de Pamplona, donde le adoran. «Gracias a Dios, todo estaba controlado»·(me dijo), no había motivo para no torear. Así, sin la mínima retórica. Los mozos lo reciben como a un auténtico héroe: lo que es.

Los toros de Jandilla han dado muy buen juego: serios, bravos y encastados; hasta ahora, sin duda, la mejor corrida de la Feria. Tres orejas cortan Padilla y Roca Rey (una, Cayetano). Los dos salen a hombros, en una tarde de singular emoción.

No ha venido Padilla a recibir homenajes sino a torear. Recibe al bravo primero con cuatro largas de rodillas (la Plaza, una caldera hirviendo). Quita por navarras. Banderillea lucido: el tercer par, al violín (la suerte en la que fue herido, en Arévalo). Brinda al público y la comunión es total. Después de cinco muletazos de rodillas, liga pases mandones por los dos lados y se adorna, en circulares, mirando al tendido, y desplante. En el centro del ruedo, deja una gran estocada: la locura colectiva y dos orejas, que pasea, tremolando la gran bandera pirata. Se desata la tormenta en el cuarto, que flojea pero es muy noble. Brinda Padilla a la Casa de la Misericordia. Comienza de rodillas; liga muletazos largos y mandones, en una faena clásica, reconocida con retraso por el público. Otra gran estocada desata el entusiasmo: otra oreja. Es clamorosa la vuelta, con banderas piratas y espectadores que imitan a su héroe hasta en el parche negro, en el ojo.

Le toca torear a Cayetano, esta tarde, entre un ciclón de Jerez y un huracán del Perú. En el segundo, saluda Joselito Rus. El segundo, algo suelto, le aprieta y la faena queda a mitad. Mata, con su habitual salto, a la segunda. Brinda el quinto a Padilla, hace el esfuerzo, logra muletazos suaves y una gran estocada: oreja.

El miércoles, Roca Rey cortó tres orejas, hizo bueno el cántico de los mozos: quiere ser el rey del toreo. (Lo mismo que, en su tiempo, hicieron, por ejemplo, Gallito y Luis Miguel). Recibe a pies juntos, como suele, al tercero, al que apenas pican; quita con el capote a la espalda. Acierta al brindar a Padilla. En el segundo estatuario (un pase donde no se manda), recibe un trompazo en la cadera. Enlaza los cambiados, que encandilan, con muletazos de mano baja, sometiendo la embestida. A la segunda llega la gran estocada: oreja. Tampoco pican casi nada al último, en el que quita también por gaoneras; asusta con el pase cambiado. Aunque el toro protesta y él cojea un poco, manda mucho, en naturales de largo trazo. Otro estoconazo: dos orejas y acompaña a Padilla, en la salida a hombros. En dos tardes, ha cortado seis orejas: ahí queda eso… Su valor imperturbable arrebata a los públicos.

Se ha emocionado esta tarde Juan José, al escuchar el cántico: «Padilla, ¡quédate!» Él no es un «chalao» sino un gran profesional. Tiene, además, una fuerza interior fuera de lo común. Luis Ventoso ha subrayado su significado social: «Es hijo de una España de esfuerzo y resistencia, que hoy no se estila ni se admira». Taurinamente, es un diestro de cabeza (recosida, eso sí) y de ardiente corazón; como el título de Lermontov, «un héroe de nuestro tiempo». Lo despiden de la Plaza, a hombros, los que se identifican con él, como un espejo de heroísmo.

13_julio_18_pamplona.txt · Última modificación: 2018/07/14 01:08 por paco

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