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Real Maestranza de Sevilla

Jueves, 14 de abril de 2016

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Nuñez del Cuvillo (con diferente presentación y juego desigual, blandos en general; los mejores, 2º y 5º).

Diestros:

Sebastián Castella. Media estocada trasera (silencio); pinchazo, casi entera caía (silencio).

José María Manzanares. Estocada desprendida (oreja); estocada (oreja).

José Garrido. Aviso, pinchazo, pinchazo, municipal, aviso, tres descabellos (saludos); estocada baja, dos descabellos, aviso, tres descabellos (silencio).

Banderillero que saludó: Chacón, de la cuadrilla de Sebastián Castella, en el 4º. Y Jesús González “Suso”, de la cuadrilla de Manzanares, en el 5º.

Incidencias: José Garrido sufrió un serio revolcón en su 1º. Parte médico: Conmoción cerebral leve. Varetazo corrido en región abdominal y axila izquierda. Se administra analgesia y sueroterapia con recuperación satisfactoria. Pronóstico: Leve. Firmado: Dr. Octavio Mulet Zayas.

Presidente: Gabriel Fernández Rey.

Tiempo: soleado, temperatura agradable.

Entrada: lleno con algunos huecos.

Video: http://goo.gl/1QvtuF

Crónicas de la prensa:

Puerta de Arrastre

Por Santiago Sánchez Traver

No sé a quien se le ocurrió la idea de poner dos de Cuvillo seguidas, pero vamos digo yo que las podían haber separado un par de días al menos. O sea aquello de si no quieres caldo, dos tazas. La primera cuvillada no fue buena, aunque tuvo un excelente quinto y un bueno y flojísimo segundo. Los dos le tocaron a Manazanares, y a los dos dos les cortó una orejita, que en sus buenos tiempos hubieran sido tres o cuatro, con Puerta del Príncipe incluida. Pero es evidente que no es el que era y ahora se conforma con menos. Castella sigue sin redondear una tarde en Sevilla. No fueron enemigos muy destacados para el lucimiento, pero le sigue pesando la Maestranza. Y más este año en que tiene la mente en el gran reto que se ha puesto en Las Ventas y que está próximo. Garrido bailó con la más fea: un tercero con muchos problemas que acabó cogiéndolo de mala manera, y un sexto manso ilidiable. Estuvo valiente, voluntarioso y tal vez más nervioso que el día de su alternativa. Por eso alargó en exceso la faena al primero, cosa que no pudo ni siquiera hacer al último. Pero hay que seguir esperándolo. Todos sabemos el torero que lleva dentro.

Lo mejor, lo peor

Por Sandra Carbonero

Lo mejor: En el día de su padre. El maestro Manzanares hoy está feliz en el ruedo celestial. Allí, en un balconcillo se asomó con sus compañeros de profesión para ver a su hijo torear en su querida Sevilla el día de su cumpleaños. Y no pudo tener mejor regalo. José Mari le regaló un triunfo a su padre “Pitiminí” saltó en tercer lugar. Un toro con clase, ritmo y fijeza. Los mejores pasajes llegaron al natural cuando Manzanares extrajo muletazos profundos, templados y ligados. Brillantes fueron los cambios de mano. Tras la estocada Sevilla le pidió la oreja. Otra le cortó al melocotón quinto que tuvo mucha calidad y una embestida muy dulce. Manzanares tuvo una actuación con altibajos. Lo mató con una estocada contundente que enloqueció a los tendidos. “Tristón” se fue con la otra oreja puesta. Aún así, seguro que el maestro le dedicó una sonrisa a su hijo. Garrido estuvo a gran altura. Realizó como carta de presentación un bello quite por chicuelinas en los medios al oponente de Manzanares. Le tocó en primer lugar un toro de Cuvillo complicado con el que se mostró muy firme y toreando muy de verdad.Hubo naturales de mucha calidad y mano baja, pero extraordinario fue el epílogo por bernardinas ajustadisimas. Al entrar a matar el toro le produjo una cornada espeluznante que le provocó una conmoción cerebral. Salió a matar al sexto al recibió con las rodillas en tierra muy predispuesto, pero el de Cuvillo tuvo muchas tecleas que tocar y no se lo puso fácil. Castella estuvo voluntarioso pero sin conectar con los tendidos con el que abrió plaza. Con el cuarto también pasó sin brillo por Sevilla. Un años más, el francés se va de vacío.

Lo peor: ¿Otra vez Cuvillo? Mañana repite Cuvillo tras su triunfo la pasada temporada. Hay muchos aficionados que se preguntan si dos corridas de Núñez del Cuvillo seguidas no será un error. Mañana lo descubriremos.

ABC

Por Andrés Amorós. Manzanares, dos orejas en su plaza de Sevilla

Todo el mundo sigue cantando al toro indultado; hasta los que no lo vieron, porque la Plaza no se llenó. ¿Quién reconoce, ahora, que se quedó en la caseta, esperando “un flamenquito”? Me paran, en la calle, varios lectores de ABC, para darme la enhorabuena. “Eso, a Victorino Martín”, replico. Pero tienen razón: también, a los que lo disfrutamos. Y a la Fiesta, tan necesitada de alegrías; sobre todo, necesitada de toros bravos, como éste. Con Juan Manuel Albendea comento que, si el presidente hubiera intuido lo que venía, le hubiera dado un tercer puyazo, que el toro habría tomado con brillantez. (En nuestro palco, así lo advertimos). Hasta el nombre les parece bonito. En la escuela aprendíamos, antes, el quinto mandamiento de la Iglesia: “Pagar diezmos y primicias a la Iglesia de Dios”; es decir, la décima parte de las cosechas y los ganados. “Cobradiezmos” sería, así pues, un recaudador de impuestos, algo así como un subordinado de Montoro, desde la época de Abraham. Pero también Cervantes ejerció esa profesión, en Sevilla, antes de escribir El Quijote…

Sin ser los Victorinos, los toros de Núñez del Cuvillo dan un juego más que aceptable. Empujado por su Plaza, Manzanares corta una oreja a dos, muy buenos.

El primero es el típico toro moderno, manejable, que “se deja”, sin emoción alguna. La faena de Castella queda en tono menor. El cuarto galopa en banderillas (aguanta bien José Chacón); en la muleta, comienza transmitiendo pero va a menos. Lo templa Sebastián pero un par de caídas deslucen todo. Alarga la faena y mata mal.

Manzanares torea, aquí, “en campo propio”. Tiene la fortuna de que le toquen dos toros excelentes. No dábamos un duro por el segundo, después de varías caídas y un par de coladas, pero, sorprendentemente, a la muleta embiste de dulce. José María lo embarca con majestad, liga, se luce en los de pecho y cambios de mano; algunos naturales son de cartel. Las series son cortas pero de gran estética. Entrando de muy lejos, como suele, logra un estoconazo: oreja. Ha estado, en éste, mejor que últimamente. En el quinto, se lucen Barroso y Suso. El toro es todavía mejor que el anterior, se mueve y transmite; si se hubiera lidiado antes que los de Victorino, estaríamos hablando de un candidato a premio. El diestro tarda mucho en acoplarse, torea rapidito, a distancia. Sólo al final logra un gran pase de pecho. Eso no impide que la gente esté con él y que, después de la muerte espectacular del toro, exija otra oreja. Ésta ha sido de mucho menos valor. Escucho a un aficionado: “Con estos toros, en otro momento, José María hubiera cortado cuatro orejas”. Y no le falta razón.

En su única corrida de la Feria, Garrido se entrega por completo. En el tercero, pegajoso, complicado, que vuelve muy rápido, logra ligar naturales, pasa momentos de apuro. Prolonga el esforzado trasteo con innecesarias bernadinas. Suena ya el aviso antes de la espada. Como se ha pasado de faena (vicio actual), el toro ya no le deja: entrando a matar, sufre una tremenda voltereta, que le deja la taleguilla hecha unos zorros. Por pelos se libra de la cornada y del tercer aviso. Sale de la enfermería, para matar el último, con unos pantalones vaqueros. El sexto sale suelto, embiste con la cara a media altura: no hay nada que hacer. Esta vez, falla con el descabello. El público, lógicamente, ha agradecido su valor y entrega. La madurez debe aportarle más mando y sentido de la medida.

Hemos visto dos muy buenos toros pero no se nos borra el emocionante recuerdo de ”Cobradiezmos”.

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. Manzanares se agarra a dos orejas con un lote de Puerta del Príncipe

Garrido salvó la vida de milagro. Volvió a la Maestranza con la verdad por delante. Muy tío, muy hombre. Enfrente, un toro encastado de Cuvillo, muy agarrado al piso y tobillero por la mano derecha. Cargado por delante el bruto. Rodilla en tierra, muy torero, empezó la faena. Genuflexo siguió hasta los medios. Se sintió el cuvillo en las zapatillas en la primera serie diestra. Tocó con fibra el extremeño, que apostó por el pitón izquierdo. Otra embestida. La muleta a rastras. Encajado el chaval. Firme. Importante para vaciar los viajes por debajo de la pala. Sorda la faena para un toreo al natural tan auténtico. La música a otra parte. Para cuando volvió a la mano derecha el cuvillo pareció haberse corregido algo. Lo llevaba dentro. Siguió la faena Garrido quizá por demás. Tiró la espada para cerrar obra por bernadinas. Alguna cambiada. Respondió la plaza ahora. Un público de efectismo se ha criado. Cuando José emprendió el camino recto de la suerte del volapié, el toro pegó un taponazo arriba. Para haberlo destrozado la manera de cogerlo. Muy fea la voltereta, la saña como los buscó abajo. La taleguilla quedó destrozada. Desde la ingle hasta los machos. Increíblemente estaba intacta la carne. Volvió a intentar la estocada otra vez ahí, en el mismo sitio -el toro muy abierto-. De nuevo la misma reacción criminal por el pitón de la guasa. Ya había caído hace tiempo un aviso. Cayó otro y la estocada baja. Sin muerte. El descabello atronó al cuvillo. Saludó una ovación y se marchó a la enfermería.

¡Qué bien le caía el nombre de Pitiminí! ¡Qué torito más guapo y más bueno! Un zapato castaño y listón, un dije maravilloso para soñarlo. Mira que sufrió alguna zancadilla por el camino como un estrellón contra el burladero del 7 y algún tropiezo propio y algún capotazo malo. El quite por chicuelinas de Garrido fue para enmarcarlo. Qué gozosa embestida de irse no uno sino dos trancos más, abrirse como un avión, como sobre raíles. De salón no te embiste un amigo así. José María Manzanares se acercó a su versión de 2011. Por ambas manos. Mejor por la derecha. La cuarta tanda fue el cenit de la faena. Engarzada con el cambio de mano monumental y un pase de pecho sensacional. Todas las tandas medidas. Cortitas. quería uno o dos más. Como la plaza. Como su tranco y su clase. El espadazo lo mandó al mundo de los toros santos sin una una oreja solamente.

El quinto melocotón tuvo también unas hechuras extraordinarias, la carita lavada, un dibujo. Suelto en los tercios previos, de puso a embestir en la muleta con especial nota por el derecho. José María Manzanares volvió a alejarse de la versión de 2011 por la vía de la velocidad. Y a despegarse. Por la SE-30 el toro. “Tristón”embestía con alegría. Un tirón o dos le hicieron clavar los pitones en el albero. La faena fue basculando hacia la puerta de chiqueros, donde “Tristón”halló la muerte de un estoconazo atacado con fuerza huracanada. La colocación fue desprendida. Otras oreja. En 2011 de cuatro. Lote de Puerta del Príncipe. Para taparse en 2016. Una bolita mágica su emparejamiento.

Castella había sostenido un diálogo de sordomudos con el Cuvillo que abrió plaza. No se dijeron nada y se lo dijeron todo. No humilló el toro, que se movió entre el es escaso poder y el pobre celo. La carita suelta. Los apoyos del que no puede. Por el pitón derecho algo más en una tanda frondosa del galo y otra más dosificada. La apertura había sido por estatuarios. Y el quite por chicuelinas. Y el saludo a la verónica. Por ir hacia atrás, como el toro a menos. Ya se desentendió por la izquierda y… murió de media estocada.

A Sebastian Castella le pesa Sevilla un mundo y parte del otro. El negro cuarto tuvo 15 pases antes de pararse, 20 si se evitan algunos tironcitos. Castella espeso como unos callos en nevera. Le esperan cuatro tardes en Madrid. Toca espabilar.

De la enfermería volvió para cerrar la tarde José Garrido. Con unos pantalones azules por taleguilla. Largos hasta los tobillos. Tenían un pase los de los areneros de antes o los jeans recortados que en alguna ocasión sacó su maestro Ferrera. No habría. El sexto se acostó de salida y lo derribó. No pasó nada. Suelto el negro cuvillo. Manso y distraído. Mala suerte la de Garrido. Se quería ir en la muleta el cuvillo. Merecía abreviar. Pero se complicó la cosa con el descabello.

El País

Por Antonio Lorca. Estas figuras aburren a las ovejas

La corrida fue soporífera. Acabó pasadas las nueve de la noche, había comenzado a las seis y media y no pasó nada; bueno, pasó que Manzanares cortó una oreja a cada uno de sus toros con faenitas de despegada elegancia ante un público rendido a sus pies; que Castella estuvo anodino y sin ideas, y que el joven Garrido —otro aspirante que se apunta a las cómodas corridas sin alma—, valiente y esforzado, echó un buen borrón a su incipiente carrera. Añádase la tranquilidad irritante del presidente, que dilata el festejo incomprensiblemente entre toro y toro, y el resultado es un espectáculo plúmbeo e insoportable.

Terminaba Manzanares de recibir con unas sosas verónicas a su primero, cuando pierde el capote y se queda desarmado en el entorno del toro, que acababa de salir de chiqueros; pues allí se quedó el hombre como si tal cosa. El toro hizo por él y el torero lo regateó sin aparente dificultad mientras se ajustaba la montera. ¡Qué serenidad y aplomo…! El asunto es que el torero ya había adivinado que lo que tenía delante no era un toro, sino un perrito faldero. Al minuto del lance narrado, el animal se desplomó al salir del caballo y volvió a derrumbarse segundos después; tropezó contra un burladero y se cayó a todo lo largo de su esqueleto, y una cuarta vez mordió el polvo en el tercio de banderillas. No quedó claro si era un perfecto inválido o estaba completamente borracho. Publicidad

Pues a este prenda le cortó una oreja Manzanares sin despeinarse. Tiró de su imagen de modelo elegante y aprovechó que sigue siendo un consentido de los espectadores para construir una faenita de despegada suavidad en la que se trabaron muletazos largos y cambios de manos con una concepción modernista y superficial del toreo. Pero este público, que va en caída libre a medida que prosigue la feria, aplaudía con ardor, y le pidió con fuerza la oreja tras matar de una buena estocada. Mejor toro fue el cuarto y peor estuvo el torero. Despegado siempre, pero muy acertado al final, pues cobró un estoconazo y paseó otra oreja. Ninguna de las dos, a pesar del buen manejo de la espada, tuvo el refrendo de una faena de peso.

Pero Manzanares fue el triunfador frente a sus compañeros de cartel, que no tuvieron su tarde.

Castella, por ejemplo, estuvo desconocido; mejor dicho, muy lejos del torero poderoso que es. Claro, es que se apunta a corridas de gatitos y sus formas no lucen. Se lució, sí, en un quite por ceñidas chicuelinas, pero, muleta en mano, fue un horror. Sus dos toros, blandos y nobles, fueron tan nobles como bondadosos, y él les dio miles pases. Pero mientras toreaba, la gente observaba el vuelo de los vencejos y aplaudía por aplaudir tras los pases de pecho. Ni un olé se ganó, que ya es raro con esta Sevilla nueva que acude a la plaza. Pero, normal, por otra parte, pues su toreo careció de la más mínima hondura, y resultó aburrido, soso y desvaído. Triunfó con las banderillas su subalterno José Chacón ante el cuarto.

Y no tuvo su tarde el joven José Garrido; de momento, se llevó un volteretón al pinchar a su primero, que le destrozó el traje y le produjo una leve conmoción cerebral. Salió a lidiar el sexto con un pantalón negro hasta el tobillo que le hacía una extraña figura entre las medias de color rosa a modo de calcetines, el pantalón, la chaquetilla bordada en oro y la montera.

En su primero, estuvo tan valiente como pesado; la faena resultó eterna y si se descuida escucha el tercer aviso. Craso error de los jóvenes toreros. O no escuchan a sus mentores o no los tienen, que no se sabe qué es peor. El toro era soso y el torero consiguió robarle dos tandas de aceptables naturales a base de una esforzada porfía. Pero todo lo emborronó con su erróneo empeño de buscar un triunfo que no era posible. Se llevó una paliza, acudió a la enfermería y salió para lidiar el sexto, que le planteó dificultades insalvables. Ese fue el toro más deslucido de la tarde; no le perdió la cara, pero dio otro mitin con el descabello después de un feo bajonazo. En fin, que se le vio muy por debajo de sus buenas condiciones. Si se empeña en ser un pesado y no cambia de ganaderías, mal futuro se le augura.

La Razón

Por Patricia Navarro. Toros de Puerta del Príncipe; triunfo de dos

El sorteo parecía estar amañado. Qué cosas. Dos, dos y dos. Los dos buenos se los llevó de calle José María Manzanares. De qué manera. Los dos complicados y que obligaban a poner la cabeza a funcionar para salir ileso del trance fueron a parar a las manos de José Garrido, el más nuevo. No falla. La suerte del principiante, debe ser. Y los dos más tibios a la muleta de Castella que se quedó rezagado, sin rebasar, sin ese paso que el año pasado le puso a funcionar de nuevo bajo el foco de la ilusión colectiva. Núñez del Cuvillo comenzaba su particular maratón de lidiar doce toros en la Maestranza de Sevilla con apenas una noche de feria entre medias para tomar oxígeno o copas, según se mire. Pasada la primera parte, quedan ganas para la segunda. Las que nos dejó el toro «Pitiminí», el segundo de la tarde, primero de Manzanares, y su embestida noble y repetidora. Con él quiso encontrarse el alicantino por momentos, con brevedad en el toreo fundamental, por la derecha y al natural, para aclararnos, y gloriosos los remates, cambios de mano monumentales y algún que otro atado a un pase de pecho ralentizado en el tiempo y la embestida. De esos muletazos por los que uno cambia el reino. Si a eso le precede cinco de los buenos, muero. Y revienta Sevilla. Pero eso no ocurrió. Y van… La espada entró. Qué cañonazo es. Y paseó una oreja. «Tristón» fue un torazo. De bravo, de entrega y capacidad para repetir en la muleta sin levantar la mirada de la tela. Una y otra vez y tiro porque me toca. Tuvo la faena de Manzanares menos estructura que la anterior. Entre eso y que cabía el AVE entre uno y otro, lo dejamos en correcto y lo alejamos de lo excelso. Venga va, espada y oreja. Pero el Cuvillo era para abrir la del Príncipe y recuperar el trono.

Garrido tuvo que apretarse los machos, primero con un tercero encastado que embestía por dentro pidiendo papeles. Ahí abajo había un duelo de poder a poder y resultaba difícil ver dos ganadores. Le pudo salir caro cuando entró a matar y le abrió la taleguilla de arriba abajo. El sexto, que subió en trapío lo que había bajado el otro, arreaba y no volvió Garrido la cara. No era tarde fácil. Castella echó la feria. Discreto con el soso primero y sin grandes novedades con un cuarto que tuvo movilidad hasta que se apagó. No sabemos quién lo hizo antes. Mañana, más. ¿Y mejor?

El Correo de Andalucía

Por Álvaro Rodríguez del Moral. Dos orejas que debieron ser cuatro

Manzanares se marcha de la Feria de Abril. Lo hace arrastrando una larga lista de toros con enormes posibilidades. Si ponemos la memoria a rebobinar rescatamos el lote de garcigrandes que sorteó el Domingo de Resurrección. Pero el alicantino se iba a volver a encontrar con uno de los ejemplares más auténticamente bravos del ciclo el sábado de preferia: hablamos de ese quinto de Juan Pedro Domecq que dejó prácticamente inédito.

El caso es que el Manzana, que ha roto el hechizo que le unía a la afición baratillera, aún se iba a encontrar ayer con dos toros de revolución que el mismo torero, en otro tiempo no demasiado lejano, habría convertido en pasarela para abrir la mítica Puerta del Príncipe que se está resistiendo a la torería andante mientras la Feria apura sus días y sus noches en espera del último cartel estrella –el de este viernes–, la consabida ración de mediáticos y la clásica clausura de miuras, que vuelve a acartelar a Manuel Escribano.

Ya se lo contaremos. Ahora hay que volver a la soleada y, por fin, espléndida, tarde de este jueves. Es verdad que, por momentos, Manzanares se pudo acercar a sus mejores fueros pero lejos, muy lejos, de la excelencia que demandaban sus dos enemigos. El primero –segundo de la tarde– mosqueó al personal con dos o tres coladas. Después de pegarse un tremendo porrazo contra el burladero del 7 cambió la decoración. En animal se deslizó de cine en un capote y rompió con importancia en la muleta de Manzanares, que espació las series, dichas y hechas con compostura pero faltas de la intensidad y la duración necesarias para que crujiera la plaza. Hubo buen toreo por ambos pitones pero es que el toro de Cuvillo se quería comer la muleta y aunque la factura de los muletazos, el perfume de los cambios de mano y la actitud del Manzana había estado a punto de redimirlo, sólo logró cortar una oreja, remachada con un volapié antológico de su mejor cosecha. Ahí no falló.

Tampoco lo hizo al matar con autoridad al quinto, un precioso y hechurado melocotón de excelente nota que humilló y siguió la muleta con puntual fijeza sin que Josemari lograra pasar esa raya que separa la corrección de la excelencia. Hubo buen trazo en los redondos, actitud positiva, ganas de agradar… pero al diestro alicantino le ha robado el alma algún diablo y la faena, una vez más, no estuvo a la altura de un animal que tuvo otra virtud: su enorme duración.

Gustó más la entrega juvenil, no siempre ordenada, de José Garrido, que se llevó un fortísimo mamporro del tercero de la tarde, un toro exigente y un punto violento que pedía pelea por el pitón izquierdo. Por ahí se la planteó siempre Garrido, que supo convencer por su entusiasmo irrefrenable. El cuvillo fue mucho más duro por el lado derecho y el diestro pacense apuró su labor con una suerte de manoletinas sin ayuda de la espada. Cuando se fue detrás de la ídem le agarró por las tripas y le destrozó la ropa, afortunadamente sin consecuencias graves. El sexto, que andaba por allí de paseo distrayéndose con las moscas no le dio ninguna opción. La verdad es que lo mató fatal.

Dejamos para el final la anodina actuación de Sebastián Castella. No le dio demasiadas posibilidades el toro que rompió plaza que sumó más defectos que virtudes y pegó más cabezazos que embestidas. Tampoco iba a poder ser con el manejable cuarto. El francés lo toreó con corrección antes de que echara el freno.

Diario de Sevilla

Por Luis Nieto. Manzanares, dos trofeos, por debajo de su lote

José María Manzanares, en su último cartucho de una feria que se le iba en blanco, consiguió dos trofeos. El diestro alicantino ante su segundo, un toro de buena condición y protestado por su flojedad, estuvo bien por la vía estética. Con el quinto, con calidad y recorrido en las telas, realizó una labor con ligazón, pero con los muletazos muy desceñidos y abusando del pico. En ambos casos, la espada, que entró en el primer envite, fue decisiva para la concesión de los premios.

José Garrido dio una gran dimensión. Se la jugó ante el tercero, sin entrega alguna, y con problemas por resolver en una faena larga -escuchó un aviso antes de entrar a matar-. Fue cogido de manera espeluznante en la suerte suprema y milagrosamente salió ileso para rematar con espada y verduguillo al animal.

Con el sexto, manso, no tuvo opciones al lucimiento.

Sebastián Castella, mal, se mostró mecánico en una labor sin emoción ni belleza ante el manejable y sin clase que abrió plaza. Y con el cuarto, manejable y a menos, concretó un trasteo sin interés.

14_abril_16_sevilla.txt · Última modificación: 2016/04/15 07:10 por paco

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