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James Joyce

El famoso matador inglés don Juan O´Hara y Joselito El Gallo en el Ulisses

Por Francisco Javier Quintana Álvarez y Rafael García León (1).

En 1922 apareció en París la primera edición del Ulises, del escrito irlandés James Joyce (1882-1944). La obra había sufrido diversas vicisitudes desde que Joyce comenzara a escribirla en 1914. Los primeros cuatro capítulos ya habían sido publicados en 1918 en la revista estadounidense The Little Review, pero la censura obligó a interrumpir la edición de los siguientes capítulos por considerar la obra obscena y pornográfica, además de ofensiva contra la religión, así que tras muchas dificultades por el temor de los editores a enfrentarse a la justicia, la obra completa no salió a la luz hasta 1922, aunque siguió prohibida en Inglaterra (en la nueva nación irlandesa desde 1922, curiosamente, estuvo prohibida durante muchos más años) y los Estados Unidos hasta 1933 (2).

La aparición del Ulises revolucionó la narrativa contemporánea. No vamos a entrar a enjuiciar la trascendencia de la obra de Joyce, y en particular del Ulises en la cultura occidental, sirvan las comparaciones; pues se ha dicho que Joyce es a la literatura lo que Picasso a la pintura, Einstein a la física o el comunismo a la política (Valverde 2004: 7) y continuando el parangón con las conmociones artísticas, científicas y políticas que en las primeras décadas del siglo XX pusieron en cuestión todos los supuestos sobre los que venía sosteniéndose la civilización occidental, podríamos decir que es lo que Juan Belmonte al toreo, la revolución después de la que nada podía ser igual. Sin embargo, hoy día sigue siendo un autor polémico. Le sucede a Joyce lo mismo que a la tauromaquia, que sus detractores tienen la necesidad de despreciar públicamente su obra, y en ello va implícito el reconocimiento, como los anti taurinos tienen la necesidad de manifestarse contra las corridas de toros. Otro tanto ocurre con sus devotos; declararse lector de Joyce, como declararse aficionado a los toros, parece ser signo de cierta distinción, aunque muchos supuestos entendidos encubran su desconocimiento en una pretendida inefabilidad del arte, así como muchos supuestos seguidores de Joyce no han hecho más que recurrir al oscurantismo y la superficialidad artificiosa al imitar su estilo (3).

El Ulises consta de dieciocho capítulos cuya acción transcurre en Dublín el día 16 de junio de 1904. El argumento es simple, Leopold Bloom, judío convertido al catolicismo y redactor de publicidad en un diario, deambula por la ciudad mientras su mujer, Molly Bloom, nacida en Gibraltar y con la que no mantiene relaciones sexuales desde hace años, permanece en su casa a la espera de un encuentro con su amante. En manos de un autor convencional, la situación daría pie a algún tipo de desenlace, pero al finalizar la lectura del Ulises, el lector comprueba, quizá con sorpresa, que no ocurre nada. Y eso si ha conseguido llegar al final, porque la abundancia de hechos, personajes y datos que aparentemente no tienen nada que ver con el argumento principal de la novela distraen tanto la atención y hacen tan farragosa la lectura del Ulises que muchos abandonan el libro a la mitad, o antes, como muchos turistas abandonan los tendidos las plazas de toros después del primer toro.

Pero quizá en esta ingente cantidad de datos reposa el verdadero tema y argumento del Ulises, la vida mental de los personajes, en la que no pasa nada pero pasa todo el cúmulo de pequeñas cosas, pensamientos, recuerdos, cosas vistas y oídas que encarnadas en palabras constituyen la vida real. Y entre estos reflejos de la realidad el lector español no puede dejar de asombrarse al encontrar en el Ulises ciertas alusiones taurinas, en concreto tres. Andrés Amorós llamó la atención de que no le parecía un dato muy comentado la aparición de estos pasajes taurinos en el Ulises de James Joyce, a pesar de la importancia que pudiera tener, por mínima que sea, la aparición de los toros en una de las novelas que revolucionaron la narrativa del siglo XX (Amorós 2007: 422).

Nosotros intentaremos hacer algún comentario al respecto, puesto que consideramos interesante señalar que los breves detalles taurinos que aparecen en el Ulises corresponden a hechos reales que de algún modo llegó a conocer Joyce.

Si bien es cierto que los hechos históricos no tienen por qué quedar fielmente reflejados en una novela, sino que suelen servir de motivo a partir el cual el autor se toma algunas licencias, hay que tener en cuenta que precisamente una de las características de la novela joyceana es la veracidad. No en vano, es famosa la frase del autor en la que afirmaba que el Dublín de 1904 podría reconstruirse a partir de los que quedaba escrito en el Ulises (Budgen 1972: 69) y se sabe que Joyce utilizó noticias y anuncios publicitarios de periódicos del día 16 de junio para recrear los innumerables detalles en la vida cotidiana de ese día que sirven de trasfondo a la acción o a los recuerdos de los personajes y que muchos incidentes de la vida del propio Joyce tienen su correspondencia en las páginas de la novela (Kain 1947: 121 y 270).

Ya hemos señalado que el Ulises es una novela complicada para el lector, de ahí que muchos de los que la empiezan ni siquiera hayan tenido la paciencia de llegar hasta el capítulo 17, el penúltimo, cuando Leopold Bloom, considerando la posibilidad de abandonar Dublín enumera los lugares a los que le gustaría ir: las plantaciones de té de Ceilán, la mezquita de Omar y la puerta de Damasco en Jerusalén, el Partenón, la Bolsa de Wall Street, las cataratas del Niágara, la bahía de Nápoles , el país prohibido del Tíbet , el estrecho de Gibraltar, el Mar Muerto y “the Plaza de Toros at La Linea, Spain (where O’Hara of the Camerons had slain the bull)” (U 17.1986-87) (4).

La Plaza de Toros en La Línea, España (donde O´Hara el de los Camerons había matado el toro) (U 17. 2561-62).

Sorprende la aparición de esta plaza de toros entre edificios y paisajes tan significativos, pero de momento centrémonos en el torero. John O´Hara fue un militar británico que estuvo destinado en Gibraltar en el último cuarto del siglo XIX, abandonó la carrera militar y se hizo torero. Este dato ya era conocido por la bibliografía joyceana desde hacía tiempo (Sullivan 1963: 3-4; Thornton 1969: 481; Gifford & Seidman: 1982: 599); no en vano, O´Hara no fue un desconocido en su tiempo y de él se ocuparon los tratadistas taurinos españoles (Sánchez de Neira 1879: 426; Don Ventura 1928: 398-400; José María de Cossío 1960: 680), a lo que nosotros aportaremos algún detalle más.

John O´Hara era irlandés y debió nacer a mediados de la década de los cuarenta del siglo XIX, pues los que lo vieron torear en España afirmaban que para entonces había superado los treinta años. En 1873 pertenecía al cuerpo de oficiales del 95º Regiment on Foot, Green Jackets, de guarnición en Cork. El general Smith-Dorrien, que lo conoció en esta época, dice que su situación económica era mala y que esperando mejorarla pidió cambio de destino y fue trasladado a Gibraltar. En los Army List, registros de personal del ejército británico, conservados en la Garrison Library de Gibraltar aparece un subteniente John O´Hara destinado en el segundo batallón del 23º Regimiento, Royal Welch Fusiliers, entre octubre de 1874 y principios de 1876 que sin duda se trata de nuestro torero. Habría cometido pues Joyce un error, siendo tan meticuloso en los detalles, al adscribirlo al regimiento escocés de los Camerons, aunque sin duda el error tiene una explicación en la que no vamos a detenernos por exceder el motivo de este artículo.

El caso es que a comienzos de 1876 O´Hara abandona la carrera militar para convertirse en matador de toros; las condiciones las desconocemos, quizá se licenció formalmente o pidió permiso para ausentarse de la guarnición; el caso es que por esa misma época el primer batallón de su regimiento se trasladó a Costa de Oro para participar en la guerra contra los ashanty, mientras que el joven irlandés prefería dedicar su vida a otras lides. Sin duda se había aficionado al toreo en las corridas que presenció en San Roque y Algeciras, tan frecuentadas para los habitantes de Gibraltar, y hasta puede que presenciara e incluso participara en los toros de cuerda que se corrieron por las calles de La Línea en 1875 con motivo de la coronación de Alfonso XII (5). En su propósito de hacerse torero se dirigió a Sevilla y entró en el círculo de Antonio Carmona “El Gordito” al que pidió que le enseñara los rudimentos del arte y le proporcionara una oportunidad para debutar como matador de novillos.

El caso no es raro, conocemos el de otro inglés, el hijo de un opulento banquero, al que se le antojó torear en la Maestranza de Sevilla en 1881 y lo consiguió tras granjearse la amistad de El Gordito, al que obsequió con un anillo de brillantes (6).

Así pues, con la ayuda de Carmona, el 6 de agosto de 1876 O´Hara se presentó en Sevilla en una corrida de dos novillos y cuatro toros en la que alternaron “el joven inglés Juan O´Hara”, Manuel Hermosilla el Cirineo y Fernando Gómez Gallito Chico (Solís, 1942: 94). La presentación de O´Hara en la Maestranza causó expectación en el público, más por lo exótico que por los méritos taurinos del irlandés, y la prensa sevillana se hizo eco de su actuación con los siguientes comentarios:

Bastante concurrencia asistió la tarde del domingo a la plaza de toros atraídos por la curiosidad de ver lidiar al inglés Mr. O´Hara, que mató dos novillos sino con maestría, dando por lo menos muestras de gran serenidad y arrojo. Fuera de esta circunstancia, la lidia no ofreció nada de particular porque el ganado fue bastante endeble y los diestros no hicieron tampoco nada que sea digno de mención. (La Andalucía, 8-VIII-1876).

Con bastante concurrencia tuvo lugar en la tarde del domingo la anunciada corrida, que no proporcionó otra novedad que la de presentarse como matador, un inglés, que por más señas lo hizo con la misma gracia y serenidad que cualquier hijo de Andalucía, acostumbrado a estas lides. Todavía hemos de ver una cuadrilla que hable en ruso y en alemán. Los toros no van a entender una palabra. (El Porvenir, 8-VIII-1876).

El 20 ó el 27 de agosto John O´Hara toreó en Málaga, alternando con Hipólito Sánchez Arjona, y luego lo hizo en San Fernando, San Roque, Cádiz y Algeciras. En Barcelona se presentó el 27 de septiembre, estoqueando ganando de Carriquiri junto a José Fernández “El Barbi”, quedando tan lucido que don Rosendo Arús y Anderiú le dedicó una oda en catalán en la revista Pepe Illo. Quizá fue esta la ocasión que refiere José María de Cossío en que el veterano Manuel Domínguez “Desperdicios” hubo de prestarle un traje de torear lila y oro, pero algún indiscreto le comentó que el inglés no usaba calzoncillos, por lo que “Desperdicios” se volvió atrás en su ofrecimiento, si bien O´Hara toreó finalmente aquel día con la indumentaria propia de los toreros profesionales. Finalmente, el 10 de diciembre actuó en la placita de los Campos Elíseos de Madrid junto a José Ruiz “Joseíto” matando novillos de don Salvador Martín, ocasión en la que la revista El Toreo comentó: “Posee una admirable sangre fría, tiene un valor a toda prueba” (Hildering 2000). Repitió el día 26 del mismo mes, pero por la complicación del ganado en esta ocasión las pasó canutas, “perdiendo hasta las zapatillas” a decir de Don Ventura. Desde luego en Madrid O´Hara no causó la expectación que había levantado en Andalucía y Barcelona, y en este punto la crítica dejó de interesarse por él.

No nos resistimos a traer aquí el juicio de Sánchez de Neira, que debió verlo torear, sobre el novillero irlandés en su Gran diccionario tauromáquico (1988: 426):

O´HARA (don Juan).- Natural de la nebulosa Albión, y según se ha dicho, de familia bastante acomodada. Servía como oficial en uno de los regimientos que guarnecen a Gibraltar; vio algunas corridas de toros en Algeciras, San Roque y otros puntos de Andalucía, se aficionó al arte, y dejando el servicio militar, empezó a torear en becerradas como espada. A pesar del entusiasmo que en Andalucía causó, nunca vimos en él disposición para ser torero; así que desde finales de 1876 no se ha vuelto a hablar de él, y su carrera taurómaca ha durado escasamente unos dos años. Fáltale a Inglaterra lo que a España le sobra.

Sin embargo, O´Hara siguió intentándolo; en 1877 actuó en Alicante, donde un periodista local opinó que “está claro que el señor O´Hara es muy guapo y muy valiente, pero no entiende nada del toreo” y parece ser que ese mismo año, o el anterior, toreó también en Valencia (Hildering 2000).

En 1877, de regreso en Irlanda, visitó en Cork a sus antiguos compañeros del 95 Regimiento; les mostró la coleta de torero que aún conservaba e hizo alarde de la fama que había alcanzado en España como “famoso matador inglés”, aunque seguramente no dijo nada de su fracaso en Madrid. Entre los curiosos y asombrados testigos del regreso de O´Hara a Cork estaba el por entonces joven teniente Horace Smith-Dorrien que declara que la vuelta del excéntrico O´Hara fue uno de los sucesos más señalados y dignos de recordar por esos años en la tranquila y apacible ciudad del sur de Irlanda. Dos años más tarde, en 1879, cuando Smith-Dorrien regresó a Dublín tras luchar contra los zulúes en Sudáfrica volvió a encontrar a O´Hara en su nueva ocupación de instructor en Curragh, el hipódromo militar, y nos da la noticia de que se había reenganchado en un regimiento de dragones y que rápidamente había alcanzado el grado de sargento (Smith-Dorrien 1925).

John O´Hara fue un personaje tan excéntrico en la Irlanda del siglo XIX que no es difícil suponer que Joyce hubiera oído hablar de él en Dublín. Pero hay una vinculación aún más directa entre el autor y el torero. El padre de Joyce, John Joyce, especialista en chistes y anécdotas según su propio hijo, era de Cork, la ciudad de la que había partido O´Hara como subteniente del ejército británico y a la que había vuelto luciendo coleta de torero convertido en “famoso matador”. En el capítulo II de “A Portrait of the Artist As a Young Man” (Retrato de un artista adolescente), Joyce recuerda un viaje a Cork en 1894 en compañía de su padre y como éste, entre suspiros y tragos de una petaca, le iba relatando “los nombres de aquellos calaveras que habían sido los compañeros de juventud de su padre, ya muertos o desparramados por el mundo” (Alonso 2004: 731-733). Desde luego que de calavera puede ser calificado un joven oficial que acaba su carrera militar de sargento por haber querido ser torero, lo que no tenemos es la evidencia de que fuera uno de los amigos del padre de Joyce y debemos conformarnos solamente con la suposición de que en la plácida Cork ambos se conocieran, apoyados en el indicio de que en las pequeñas ciudades todos los tarambanas suelen frecuentar los mismos sitios y compartir sus aventuras. De lo que sí estamos seguros es de que en ninguna de las fuentes literarias que sobre Gibraltar consultó Joyce se cita a John O´Hara.

O´Hara nunca mató un toro en la Plaza de Toros de la Línea

O´Hara nunca mató un toro en la Plaza de Toros de la Línea, pues su carrera taurómaca comienza y acaba cinco años antes de que se inaugurara el coso linense. Efectivamente, la Plaza de La Línea se inauguró el 16 de junio de 1881 con una novillada en la que una cuadrilla de muchachos gaditanos lidió cuatro reses del ganadero de Los Barrios don Lorenzo Fernández, oriundas de Varela (7). Sin embargo, aunque en 1881 y 1882 se verificaron más novilladas en esta plaza, su inauguración oficial tuvo efecto el 20 de mayo de 1883 cuando Frascuelo y “El Gordito” con “El Marinero” como media espada dieron cuenta de seis toros de doña Teresa Núñez de Prado (8). A este acto acudieron invitadas las autoridades de Gibraltar y debió suponer uno de los mayores acontecimiento de aquel año pues quedó reflejado en el Gibraltar Directory and Guidebook como uno de las efemérides memorables para los habitantes de la colonia británica. Esta publicación anual apareció por primera vez en 1882 y en 1906 se amplió con una sección titulada “Chronicle of Events” y que resulta ser “A Selection of Historical, Important and Curious Events in Gibraltar, since the British occupation in 1704 […] to July 1904; being extracts from […] Gibraltar Chronicle and information collected from private sources” (9). Se sabe que Joyce manejó un ejemplar de esta serie para documentarse sobre Gibraltar, de donde extrajo muchos datos. Seguramente al encontrar el referido a la inauguración de la Plaza de Toros de La Línea lo relacionó inmediatamente con O´Hara. Pero hay más; Joyce escribió simultáneamente los capítulos 17 y 18 del Ulysses y en ellos algunos sucesos aparecen relatado dos veces, una por Leopold Bloom y otra por Molly (Groden 1977: 52-53); así que al recuerdo taurino del marido en el penúltimo capítulo corresponde otro de su esposa en el último, el 18, el célebre monólogo en el que Molly Bloom recuerda su adolescencia en Gibraltar y entre cuyos recuerdos se incluye la asistencia a una corrida de toros en la Plaza de Toros de La Línea:

at the bullfight at La Linea when that matador Gomez was given the bulls ear” (U 18.626). “ferocious old Bull began to charge the banderilleros with the sasher and the 2 things in their hats and the brutes of men shouting bravo toro (U 18. 629-32).

En la corrida de La Línea cuando le dieron la oreja a aquel matador Gómez. Aquel otro Toro fiero comenzó a embestir a los banderilleros con las fajas y las dos cosas en los gorros y aquellos pedazos de brutos gritando bravo toro (U 18. 875-876)

La asistencia de Molly Bloom a una corrida de toros en La Línea se situaría entre 1883, año de la inauguración oficial de la plaza que Joyce conocía por los directorios de Gibraltar, y 1888, año en el cual Molly abandonó Gibraltar para siempre; es decir, que Molly tendría entre 13 y 18 años cuando fue a los toros.

¿Quién fue aquel matador Gómez que cortó una oreja? Pudo tratarse de don Fernando Gómez el Gallo (Sullivan 1963: 4), quien toreó con O´Hara en Sevilla como hemos visto. También se ha querido identificar con Gómez de Lesaca (García Tortosa 1984: 30). Pero estas identificaciones se han hecho atendiendo a la cronología interna de la narración del Ulysses. Sin embargo, a nuestro entender hay que buscar de nuevo en las fuentes que manejó Joyce para documentarse sobre Gibraltar y que en el caso de los toros no fueron fuentes literarias sino familiares. Se sabe que Joyce escribió los días 14 de octubre y 21 de noviembre de 1921 a su tía Josephine pidiéndole información sobre unos conocidos de ésta, las familias Powell y Dillon, que habían estado en Gibraltar. En otra carta de diciembre de 1922 le reconocía a su tía que había utilizado algunas noticias sobre el señor Powell, militar con destino en Gibraltar, para componer el personaje del sargento Tweedy, padre de Molly Bloom, y de una de las hijas del señor Matt Dillon, que “fumaba y parecía española” para el de la propia Molly (Ellmann 1982: 519). Además, hay un dato muy importante: el fragmento del matador Gómez fue añadido al último capítulo cuando la obra ya estaba acabada y a punto de imprimirse entre 1921 y 1922, como se puede comprobar al cotejar la edición facsímil de Driver y comparar el manuscrito original con las galeradas (Driver 1975: 709).

Las corridas de toros en La Línea eran unos de los pocos espectáculos a los que podían asistir los habitantes de Gibraltar, presidio militar sometido a un estricto control de las costumbres y que carecía casi por completo de diversiones populares

Es decir, las fuentes de Joyce sobre el matador Gómez son aproximadamente del año 1920 y proceden casi seguramente de los cotilleos que su tía le suministró sobre unos amigos que estuvieron en Gibraltar. ¿Se encontraban entre estos cotilleos la asistencia a una corrida de toros en La Línea? Muy probablemente, pues la Velada de julio en La Línea y las corridas de toros eran unos de los principales espectáculos a los que podían asistir los habitantes de Gibraltar, presidio militar sometido a un estricto control de las costumbres y que carecía casi por completo de diversiones populares. Si fue así, resultaría inevitable identificar al matador Gómez con José Gómez Ortega “Gallito”, quien toreó en la Velada de La Línea todos los años entre 1915 y 1919. Además, hay que tener en cuenta un detalle importante: el matador Gómez cortó una oreja y es sabido que la costumbre de conceder orejas no se popularizó en las plazas importantes hasta la primera década del siglo XX (Díaz-Cañabate 2007: 448-455), concediéndose en Sevilla por primera vez precisamente a Joselito en la feria de San Miguel de 1915, si bien es cierto que en plazas de menor categoría se venía haciendo desde mucho tiempo atrás teniendo nosotros noticia de las primeras que se dieron en La Línea el 2 de julio de 1893 para Bonarillo de un toro de Anastasio Martín y el 3 de julio siguiente a Reverte de un toro de Adalid, aunque seguramente hubo otras anteriores (10).

Jornada inaugural del Club Taurino Joselito, con el torero en el centro de la imagen

En consecuencia, cualquier torero apellidado Gómez pudo haber cortado una oreja en la Plaza de Toros de La Línea entre finales del XIX y principios del XX pero sin duda fue Joselito El Gallo quién más trofeos de este tipo obtuvo, al menos diez orejas, cuatro rabos y una pata en las ocho corridas en las que actuó durante los años 1915-1919 (11), años de composición del Ulises y en los cuales Joselito se había convirtió en el ídolo de la afición gibraltareña y linense; de hecho, la primera peña taurina que se fundó en esta villa estaba dedicada a él, el Club Taurino Joselito.

La muerte de Gallito el 16 de mayo de 1920 en Talavera de la Reina causó enorme conmoción en toda España pues, sin duda, se trataba del español más popular y admirado de la segunda década del siglo XX. Se da la circunstancia de que el domingo siguiente, 23 de mayo, debía haber toreado en La Línea una corrida completa del marqués de Guadalest, pero ésta se quedó viva en los corrales, según consta al pié de una fotografía conservada en le Museo Taurino Pepe Cabrera de esta ciudad.

Pero la muerte de Joselito no sólo causó conmoción en España, también la prensa internacional se hizo eco de suceso. De hecho el conocido diario londinense The Times ofreció la noticia el martes 18 de mayo y seguía informando sobre su repercusión en España, incluso publicando en inglés unas coplas que circulaban entre las clases populares, el día 6 de junio de 1920 (12). En esta época Joyce residía en París y no extraño pensar que conociera la noticia por los periódicos franceses, dada la gran afición taurina que existía y existe en parte de este país. También hay indicios de que en esta ciudad se interesó alguna vez por el tema taurino y que ya había decidido introducirlo en el Ulises. En París, Joyce había comprado cierta tarjeta postal taurino-pornográfica que aparece detalladamente descrita en los capítulos 15 y 17:

This plebeian Don Juan observed me from behind a hackney car and sent me in double envelopes an obscene photograph, such as are sold after dark on Paris boulevards, insulting to any lady. I have it still. It represents a partially nude señorita, frail and lovely (his wife, as he solemnly assured me, taken by him from nature), practising illicit intercourse with a muscular torero, evidently a blackguard. (U 1064-68)

Este Don Juan plebeyo me observaba detrás de un coche de alquiler y me envió en doble envoltura una fotografía obscena de París, insultante para cualquier señora. Aún la tengo. Representa a una “señorita” parcialmente desnuda, frágil y preciosa (su mujer, me aseguró solemnemente, tomada por él del natural), practicando trato carnal ilícito con un “torero” musculoso, evidentemente un canalla. (U 15. 1260-1267)

En el capítulo 17 vuelve aparecer esta fotografía, entre las cosas que guarda Bloom en un cajón secreto:

2 erotic photocards showing : a) bucal coition between nude senorita (rare presentation, superior position) and nude torero (fore presentation, inferior position): b) anal violation by male religious (fully clothed, eyes abject) of female religious (partly clothed, eyes direct), purchased by post from Box 32, P.O., Charing Cross, London, W. C. (U 171809-1813)

2 fotolitografías eróticas mostrando a) coito bucal entre señorita desnuda (presentación trasera, posición superior) y torero desnudo (presentación delantera, posición inferior) b) violación anal a cargo de religioso varón (enteramente vestido, ojos turbios) de religiosa hembra (parcialmente vestida, ojos diáfanos), adquiridas por correo en al Apartado nº 32, Estafeta de Correos de Charing Cross, Londres, W. C. (U 17. 2326-32)

No es extraño que el Ulises fuera censurado por obsceno, aunque hoy, que algunos medios de comunicación de masas ofrecen estas imágenes en horario vespertino y para todos los públicos, el caso parecería impensable. Pero en su época la imagen de estas figuras arquetípicas del tópico español, el torero y la flamenca, y del clero católico con explícita carga pornográfica, trasunto de las fantasías del judeoconverso Bloom con su propia esposa “medio española”, transgredió el propio mito erótico del torero español que precisamente se instalaría de forma visual en el imaginario popular anglosajón el año 1922 a través de la versión cinematográfica americana de Sangre y Arena protagonizado por Rodolfo Valentino (13).

Es difícil otorgar una función específica a los breves detalles taurinos del Ulises. Quizá Joyce, en su afán de verosimilitud, solo pretendía aportar algún dato real más, aunque como hemos visto incurre en errores y anacronismos, en el pasado gibraltareño de Molly Bloom. Es posible que Joyce encontrara el dato de que existía una plaza de toros en La Línea en algunas de las fuentes que manejó para componer el Gibraltar de Molly Bloom con las denominaciones “bull-ring” (Gilbard 1882: 68, Field 1889: 112) y “Bull-Ring at Linea” en el directorio de Gibraltar de 1914 pero en ninguna de ellas pudo leer su nombre propio que es precisamente el de Plaza de Toros de La Línea y que es el que usa al referirse a O´Hara en el capítulo 17. Es posible que las palabras españolas “banderilleros”, “bravo toro” o “mantillas” y otras en inglés que usa en el pasaje del capítulo 18 procedan de Richard Ford (García León 2006: 85-92). Sin embargo, todo apunta a que la información taurina que manejó Joyce no procede de fuentes literarias sino de fuentes orales y gráficas. El torero desnudo es explícitamente una postal.

El pasaje del capítulo 17 en que aparece por primera vez la Plaza de Toros de La Línea pudiera ser una enumeración de tarjetas postales a cuyo pie se hubiera añadido un comentario. El recuerdo que tiene Molly de una corrida de toros posiblemente corresponda al recuerdo real de alguien que asistió a una corrida o a la visión la escena relatada en una fotografía, quizá otra tarjeta postal, o incluso en el cine. Explicaría esto que Joyce no encontrara un sustantivo inglés para la montera, “ese gorro con dos cosas”, lo que por otra parte ya había advertido en 1821 Blanco-White cuando escribiendo de toros para los ingleses decía que “no es fácil dar una buena idea de esta pieza de nuestro traje nacional sin ayuda de un grabado” (Blanco-White 1986: 124).

Notas:

(1)Francisco Javier Quintana Álvarez es licenciado en Geografía e Historia y profesor titular de instituto en La Línea de la Concepción. Rafael I. García León es doctor en Literatura Inglesa, profesor titular de instituto en Cantillana y miembro del grupo de investigación HUM-201 de la Universidad de Sevilla. Ambos son miembros de la Spanish James Joyce Society.

(2) Los problemas que tuvo Joyce con la censura en lo que respecta a la primera edición de Ulysses hasta el levantamiento de la misma por parte del juez Woolsey, pueden seguirse en los artículos de David Weir para el caso de Estados Unidos y Carmelo Medina para el de Gran Bretaña.

(3) Pese a tratarse de un autor extranjero, España es quizás el país que más “imitadores” de Joyce ha dado. Sobre este asunto se ha escrito bastante. Véanse, por ejemplo, Joyce en España I y Joyce en España II. Es interesante también el libro de García Santacecilia Joyce en la prensa y crítica españolas. Esta relación de Joyce con España se suele recordar en los “Encuentros Anuales” de la Asociación Española James Joyce. Para ver un listado completo de las comunicaciones presentadas, donde abundan los aspectos comparativos entre las obras literarias escritas en castellano con las de Joyce, se debe consultar la página Web de la Asociación. En la misma página Web hay una sección de “Bibliografía” que, si bien es incompleta, no obstante, nos indica la gran cantidad de estudios que sobre el tema se han realizado en España.

(4) Siguiendo la convención usual, citamos Ulysses por la edición de W. Gabler y otros (New York: Vinturatage, 1984), utilizando dos cifras, correspondientes respectivamente al número de capítulo y línea. Seguidamente incluimos la traducción española de F. García Tortosa y Mª Luisa Venegas.

(5) Archivo Histórico Municipal de La Línea, Actas Municipales del 10-VI-1873, 14-I-1875 y 1-III-1876; respectivamente: el Ayuntamiento prohibió correr toros con motivo de la proclamación de la República Federal; se corrió un toro con motivo de la coronación de Alfonso XII, se corrió un toro con motivo de la finalización de la tercera guerra carlista. Son los únicos festejos taurinos detectados en La Línea posteriores a 1870 y anteriores a la inauguración de su Plaza de Toros en 1881.

(6) El Toreo, Madrid 2-V-1881.

(7) El Calpense, Gibraltar 17-VI-1881.

(8) El Guadalete, Jerez 27-V-1883; además de esta crónica se conserva un cartel original en el Museo Taurino Pepe Cabrera de La Línea.

(9) En 1882 el capitán G. J. Gilbard publicó A Popular History of Gibraltar its Institutions, and its Neighbours on Both Sides of the Straits and a Guidebook (Gibraltar, 1882). A partir de 1883 se le añadió el directorio y cambió su título por el de Gibraltar Directory and Guidebook, convirtiéndose en una publicación anual. A partir de 1904 se añadió por parte de varios editores “Una selección de hechos históricos, importantes y curiosos en Gibraltar, desde la ocupación británica en 1704 (…) hasta Julio de 1904, información obtenida de extractos del Gibraltar Chronicle y fuentes privadas” y en algunos números desapareció la parte escrita por Gilbard. Éste sólo mencionaba en 1882 la Plaza de Toros de La Línea como uno de los edificios más significativos de esta población; la efeméride “20-V; Inaguration of the Bull_Ring at Linea, 1883”aparece en números posteriores, y no en todos aunque si lo hace en el de 1914, que parece ser fue el que pudo consultar Joyce. La edición facsímilar de 1992 que publicó el Gibraltar Chronicle del ejemplar de 1883 tiene una introducción y una relación de las bibliotecas inglesas y gibraltareñas donde pueden encontrarse las distintas ediciones anuales; si bien de algunas se han perdido todos los ejemplares.

(10) El Arte Taurino, Sevilla 10-VII-1893.

(11) Según un documento expuesto en la sala “José y Juan “ del Museo Taurino Municipal Pepe Cabrera que reseña todas las corridas de Gallito en La Línea, toreó por primera vez en esta plaza el 18-VII-1915 alternando con Belmonte y cortó dos orejas. Volvió a torear al día siguiente, el 19-VII-1915, y cortó dos orejas, un rabo y una pata, el primer trofeo de esta clase que se concedía en toda España. El 16-VII-1916 cortó una oreja. El 17-VII-1916 dos orejas y un rabo. El 15-VII-1917 cortó una oreja y un rabo. El 18-V-1918 no obtuvo trofeos. El 20-VII-1919 se le concedieron dos orejas. El 21-VII-1919 un rabo.

(12) The Times, Londres 18-V y 6-VI-1920.

(13) En 1919 aparecieron en Estados Unidos dos traducciones de Sangre y Arena de Blasco Ibáñez (1908); Blood and Sand, traducida por W. A. Gillespie y editada por E. P. Dutton y The Blood of the Arena, traducida por Frances Douglas y editada por A.C. McClurg & Co. La versión cinematográfica protagonizada por Rodolfo Valentino es de 1922 y hay una versión española anterior, de 1916. En la novela, el torero Juan Gallardo es protegido en sus comienzos por las prostitutas de la Alameda y por un señor mayor que le ofrece favores económico; además, siendo ya torero de éxito, Gallardo es adúltero y frecuenta el trato con artistas de variedades de dudosa reputación (por cierto uno de los caracteres de Molly Bloom); por último, mantiene una escabrosa relación erótica con la hacendada doña Sol. Es evidente que la imagen erótica y “canalla” del torero que transmite Joyce tenía precedentes bien conocidos entre el público anglosajón de los años veinte. Por cierto, Joyce fue dueño del primer cinematógrafo que se instaló en Dublín en 1909, el CineVolta, lo que a efectos de lo que nos ocupa sólo prueba el interés que alguna vez tuvo por el cine.

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