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Pascual Montero

Suerte, papá

El País, 11/08/2016. Por Rosa Montero. Esta periodista y escritora, que nació en 1951 en Madrid, se caracteriza por una sensibilidad especial ante la situación de la mujer. Desde la publicación de su primera obra, 'Crónica del desamor', hasta la última, 'Historia del rey transparente' (Alfaguara, 2005), su labor ha sido incesante tanto en el campo de la ficción como en el del periodismo. En la historia familiar que hoy nos cuenta viaja a la intimidad del recuerdo en el que su padre, torero, marchaba a la plaza de Las Ventas en Madrid mientras las féminas de la casa se juntaban a rezar el rosario. Un conjuro infantil que le protegía.

Supongo que mi hermano también debía de estar presente en aquellas extrañas tardes en casa de la abuela, pero por más que intento acordarme de él no lo consigo. En mi memoria sólo estamos nosotras, las mujeres, un gineceo que resulta de lo más adecuado para realzar la figura de nuestro hombre. Mi abuela paterna, anciana y enlutada; mi tía Mercedes, viuda; mi tía Conchita, soltera en una época en la que todavía existían las solteronas; mi madre, tan guapa y tan esbelta y mucho más joven de lo que yo soy ahora; y yo, con cuatro o cinco años. Y en el centro de este coro femenino, el protagonismo fulgurante de mi padre.

Mi padre era torero profesional. Cuando toreaba en Madrid, siempre iba a vestirse a casa de su madre. Subíamos andando por Reina Victoria con el hato del traje de luces bajo el brazo y, una vez en el piso de la abuela, mi padre se metía en el cuarto de baño ataviado de simple mortal y salía transmutado en un personaje fabuloso, todo brillos y sedas y diamantes. Un príncipe de cuento que además se dedicaba a algo muy raro y muy peligroso, algo que yo no sabía bien lo que era pero que, según me habían contado, exigía un indecible valor y era extremo y hermoso. Luego, con el tiempo, milenios después de todo aquello, crecí y comprendí que a mí no me gustaban las corridas de toros, que me parecían demasiado brutales; pero por entonces, en el ambiente taurino y desde dentro, yo sólo percibía una especie de romanticismo legendario, la proeza del reto, el coraje de afrontar el beso de la muerte cada tarde. La costumbre, que es una clase de ceguera, hacía que nadie fuera consciente del nivel de violencia. De hecho, mi padre siempre fue un apasionado amante de los animales. Así de complejos somos los humanos.

El mundo de los toros es muy ritualizado y todas aquellas tardes eran exactamente iguales unas a otras: la hora de llegada a casa de la abuela, la tensión que se palpaba en el ambiente, el encierro en el cuarto de baño, la asombrosa mudanza a un padre relumbrante, las últimas palabras que yo debía decirle antes de que saliera por la puerta, “suerte, papá”, exactamente eso y sólo eso, una fórmula fija a modo de conjuro o de encantamiento, porque la costumbre supersticiosa manda despedir así a los toreros que se van a la plaza, suerte, maestro, ésas deben ser las últimas palabras que les diriges, de manera que suerte, papá, fueron las primeras palabras que me enseñaron a balbucear cuando era niña. Y al decirlas, yo sentía que le estaba protegiendo con mi hechizo verbal de los graves peligros que le acechaban.

Entonces, cuando mi padre se iba envuelto en el chisporroteo de su traje mágico, el gineceo regresaba por el oscuro pasillo hasta la sala. Y ahí empezaba nuestra parte en la gesta, nuestro humilde papel de mujeres en la retaguardia: nos sentábamos en círculo y rezábamos un rosario tras otro rogando la intercesión de los poderes divinos para la protección de nuestro hombre. Ahora que lo pienso, también el rosario era un sortilegio oral, un modo de ampararlo con palabras. Las mujeres hablando, los hombres ejecutando silenciosos actos de muerte y de sangre.

Cuando vuelvo la vista tan atrás siento la misma extrañeza ante aquel mundo que si estuviera contemplando un paisaje lunar. España ha cambiado de manera tan abrupta y vertiginosa en las últimas décadas que la vida de mi infancia me resulta estrambóticamente arcaica, una antigualla polvorienta en la que es difícil reconocerse. Recuerdo, por ejemplo, que en la habitación siempre había una capillita itinerante. Estas capillas, que eran unas cajas de un metro de altura en madera barata, labradas en estilo seudo gótico y con puertecitas practicables, albergaban la imagen en escayola coloreada de una Virgen, o del Corazón de Jesús, o de algún santo. Las más modernas tenían bombillas por dentro, pero lo importante era encender a los pies de la figura tres o cuatro lamparillas votivas, humildes y medievales lamparillas de aceite, con el pabilo flotando sobre la grasa. Las capillas eran llevadas de casa en casa por un propio, que cobraba una módica suma por dejar la imagen prestada durante algunos días. Naturalmente, cada vez que mi padre toreaba en Madrid, la abuela contrataba su hornacina y su santo.

Nos pasábamos la tarde en la penumbra, porque por entonces, en el Madrid sin aire acondicionado, se huía del sol en los veranos. Con la persiana medio bajada, rezábamos al unísono mientras las llamas temblorosas de las lamparillas hacían bailar las sombras. Apenas quince años después, yo me convertiría en una hippy, llevaría espeluznantes minifaldas y camisas transparentes de flores, asistiría a conciertos de rock, fumaría porros y compraría la píldora clandestinamente en las farmacias progres durante los últimos estertores del franquismo, pero por entonces todavía habitábamos en un mundo inmóvil y vetusto de mujeres enlutadas, santos de escayola y rítmicos susurros en latín. Máter Amantísima, Ora pro Nobis. Y así iba pasando la tarde, hora tras hora. Las densas y lentas tardes de la infancia.

Hasta que, al fin, ya con el sol muy bajo, las cosas empezaban a salir de su letargo. La abuela verificaba la hora y guardaba el rosario: “Ya debe de haberse terminado”. Era el momento de recurrir a la tecnología puntera, que consistía, a la sazón, en una pequeña radio de baquelita de color vainilla y fresa, igual que un helado. Mis tías encendían respetuosamente el aparato, cuyo dial se iluminaba con un fulgor mortecino y amarillento, semejante a la luz de las lamparillas. El cuarto se llenaba con los chisporroteos estáticos, esos ruidos radiales antes tan comunes y hoy olvidados, mientras las tías buscaban la emisora adecuada. Al cabo recalaban en algún programa de toros, en el que un comentador daba el parte de la corrida. Un informe que se escuchaba casi sin respirar, con una atención intensa, sobrecogida. Incluso yo permanecía petrificada, prendida de la voz del hombre, aunque no pudiera desentrañar su argot taurino ni comprender lo que decía. Hasta que el parte se acababa y todo el gineceo rompía a hablar al mismo tiempo: menos mal, estábamos de suerte, no había sucedido nada malo.

Entonces se decían unas cuantas oraciones, algo muy cortito, sólo en acción de gracias por el apoyo que la divinidad había prestado a nuestro hombre, y mi madre suspiraba aliviada, sin duda por el buen resultado de la corrida, pero también, me parece, porque lo de pasarse la tarde rezando siempre le resultó un fastidio. Y ahí daba comienzo lo mejor de todo. Como el sol ya había caído y la tarde veraniega empezaba a refrescar, se levantaban las persianas y una luz alegre inundaba el cuarto; y a mí se me permitía sentarme en el alféizar de la ventana, con las piernas metidas a través de los barrotes y colgando por fuera, a esperar la llegada de mi padre. Era un primer piso, de manera que mi posición de vigía era inmejorable. Conservo una foto de aquella época, tomada en una finca de toros bravos. Mi padre está vestido de corto, distraído y mirando para otro lado; yo, en cambio, miro a cámara derretida de orgullo y embeleso filial. Con parecido orgullo debía de aguardar su llegada; y con ese mismo y acaparador embeleso debí de borrar de mi memoria la figura inevitable de mi hermano.

Al cabo, tras la deliciosa angustia de la espera, se detenía a mis pies el enorme coche negro de los toreros. Mi padre descendía sujetando el capote bajo el brazo, miraba hacia arriba y nos sonreía. A estas alturas ya estábamos todas apretujadas dentro del marco de la ventana, con la emoción yo ni me daba cuenta, pero ahí estaban ellas pegadas a mi espalda, mi madre, mi abuela, que moriría cinco años después al caerse por las escaleras, y mis tías Mercedes y Conchita, que envejecerían hasta convertirse en dos ancianas y luego también fallecerían. Todas saludaban calurosamente a mi padre, que venía del peligro y del dolor, que llegaba (esto era lo que más me sobrecogía, lo que más me chocaba) con la pechera manchada de sangre seca, sangre tiesa y marrón del pobre toro. El gineceo en pleno, en fin, recibía al héroe con feliz alboroto, pero yo sabía que él sólo me sonreía a mí, porque yo le había salvado con mis palabras mágicas de la mala suerte y de la mala muerte. Esa mala muerte que terminó atrapándole cuarenta años después (enfisema, botella de oxígeno, silla de ruedas), cuando mis palabras se hicieron tan adultas que perdieron sus poderes protectores. Aquella casa de mi abuela estuvo deshabitada durante algún tiempo y al cabo la compró un desconocido. A menudo paso con el coche por delante, pero las ventanas siempre están cerradas.


Pascual Montero, un torero o un retrato con todo el aire de Madrid. Por Jesús Cuesta Arana. Blog Del toro al infinito.

La memoria –según Bergamín– es historia hecha con alma. De modo que en esta cita con la memoria, vamos a pegar un retrato en esta suerte de álbum de aire para que nunca sea carne de olvido. Se trata de Pascual Montero Guiñales.

Damos buena lumbre a su recuerdo.

Da el primer llanto en el pueblo madrileño de Fuencarral, cuando al calendario apunta un 24 de febrero de 1914 (con el mundo en guerra).

Echa el niño los primeros vientos al amparo y nutricio –por partida doble– de una lechería que madre y padre regenta con buen tino y mejor temple.

Ya en el colegio de san Antón, el chavalín menudito –un suspiro–, al a vez que espabilado, en el recreo con baby de crudillo traza los primeros lances al viento o al compañero de fatigas y Catón según cuadrara. Se envenena tanto de toro, que termina arrojándose de espontáneo en un festivalote en su pueblo. Alborota al paisanaje.

En el año 1926 (con el Zepellin sobrevolando el cielo ibérico y la muerte del universal tanguista Carlos Gardel) , a la vera del padre va a ver en sus madriles una corrida de toros por primera vez: Juan Belmonte, Chicuelo y Niño de la Palma. Sale el niño tan deslumbrado al ver de cerca al Gran Pasmo que ya no se le despinta de la mente una idea obsesionante.: ser torero.

Ayudado por el banderillero Crespito,en el año 1930 arranca su aventura de luces. Como a la vieja usanza primero como banderillero para placear y luego matador.

En el año 1933, ( mal recordado por los tristes sucesos de Casas Viejas), debuta en Madrid en un festejo nocturno. Faenón en un novillo pero perruno con la espada. Luego suma un puñado de festejos para ir templando el oficio. Triunfos en Zaragoza, Madrid, Tetuán de las Victorias donde llega a alternar con el fenómeno mejicano Silverio Pérez. Campaña con éxito regular por muchos pueblos. Corta la carrera por un ataque de ciática y en esto llega lo más gordo: la Guerra Civil que tantas vidas y sueños se llevó. Una rémora fatal que le iba a mellar o enfriar el ánimo y disposición como a otros muchos toreros.

Agosto de 1939. Con el país en dos trincheras oliendo a sangre y a pólvora fresca, alterna el torero de Fuencarral con Raimundo Serrano y Morenito de Talavera. Los novillos de Arranz imponentes y pavorosos (encierro rechazado para la alternativa de Pepe Luís). Repite en Madrid y arma la tremolina con un novillo de Manolo González donde está superior. Luego en Barcelona y el fuego interior se va rescoldando. Tras mucha vigilia y cavilaciones. Decide hacerse un nombre y señor con las banderillas. Lo consigue. Brilla tanto como rehiletero como en la brega por su temple y sapiencia. Lo canta su historial: va en las cuadrillas de Mario Cabré, Carlos Arruza, Fermín Rivera, Antonio Ordóñez y Luis Miguel, y hasta llega a ser el paseíllo en Navalmoral de la Mata (Cáceres), detrás de su monstruo sagrado: Juan Belmonte.

Un buen día, en Sevilla con su feria de abril al fondo, el pintor José Puente –una de las grandes lumbreras en la temática taurina– me aproxima a un hombre rezumante de elegancia natural por toda la rosa de sus vientos; con su buen decir y con acento y espejo de Madrid, –madrileñísimo–, templado los modos pero mucha impresión en el carácter; traje clarito y fresco y sombrero de jipijapa para no desentonar. Va acompañado de Amalia, su esposa que le va a la zaga en quites de clase a raudales y buena sombra. Una elegante mujer todo temperamento y simpatía a veces entreverado con el humo de sus largísimos cigarrillos emboquillados. Sigo viendo a Pascual y su inseparable Amalia en varias ferias sevillanas donde me refiere cosas para la biografía que preparo sobre el genio trianero. ; casi siempre iba acompañado de José María Recondo, un torero vasco con cierto aire belmontino.

Pascual Montero, todo un señor-señor que a disgusto tiene que soportar el remoquete “El Señorito”,que le impuso un primer apoderado; pero al final fue humo al viento tan injusto apelativo.

A la orilla del mar de Torremolinos, a la vera siempre de Amalia (su adoración), al viejo torero madrileño se le van escapando los últimos suspiros ;mientras que una ola de plata iba y venía para vestirlo de luces con seda marina por última vez.

Una última secuencia:

Tarde de toros en Madrid, calle reina Victoria (barrio Cuatro Caminos donde vive el torero). Pascual Montero se viste de purísima y azabache, La familia junta alrededor de la capilla doméstica con lamparillas o mariposas encendidas reza. Al rato una radio de baquelita pone sonido de fondo con el resultado de la corrida. Alivio: la tarde ha salido con buenas luces. En el alféizar de una ventana de la casa, sentada entre los barrotes, una niña de cinco años, aguarda impaciente y dorada por la ilusión la llegada del padre torero en un enorme Citroen negro de los años 30. La mirada de la niña se fija en la taleguilla del padre donde se posan siniestras unas manchas secas de sangre de toro. Aquella niña de ayer es hoy Rosa Montero, escritora universal y primera lidiadora del periodismo. A Rosa (Rosita eterna en boca de su madre) no le apasiona el mundo de los toros. No encarta con su sensibilidad. Un respeto. En su ejercicio de suprema libertad. Va por ti, maravillosa escritora, éstas líneas escritas desde la ternura y un ramos de flores de pensamientos y siempre vivas para tus padres que siempre laten en el corazón de mi memoria.


Atractivo y provocador encuentro taurino/animalista con Rosa Montero

El País, 29/11/2016. Por Antonio Lorca. Era un reto sugerente, atractivo y provocador. Y muy arriesgado, también. Hablar de toros con la escritora y periodista Rosa Montero, declarada antitaurina y convencida animalista, era exponerse a una seria voltereta.

No en vano es una mujer inteligente, dura, sinuosa, escurridiza y atrayente; afectuosa y gélida a la vez; un torrente abrumador de razonamientos tan sencillos como contundentes. Su argumento se encierra en pocas palabras: “Si queremos una sociedad mejor, debemos respetar los derechos de los animales en todo lo posible”.

Después de un buen rato de conversación, la impresión que destila es que es más animalista que antitaurina. Mejor dicho: rechaza la fiesta de los toros porque uno de sus principios fundamentales es el respeto a los animales, “condición indispensable para alcanzar una mayor civilidad”, según sus palabras.

Se nota que los genes taurinos corren por sus venas. Su padre, Pascual Montero, madrileño de Fuencarral, ya fallecido, fue novillero en los años 30, y banderillero de postín, que toreó en las cuadrillas de Mario Cabré, Carlos Arruza, Fermín Rivera, Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez, de quien fue peón de confianza. Su madre, doña Amalia, de 95 años, sigue siendo una aficionada de toda la vida que no se pierde un festejo por televisión.

Confiesa Rosa que las primeras palabras que aprendió fueron “suerte, papá”; acudió “un montón de veces” con sus padres a los toros, y fue aficionada hasta los 14 años. “Entonces, lo dejé”, afirma, “por ese sentimiento de rebeldía adolescente de romper con las cosas de la familia”. Volvió a los veintitantos para confirmar o no su rechazo “y, entonces, decidí no volver con conocimiento de causa”.

Cuando su padre, enfermo, acabó en una silla de ruedas, aún lo llevó un día a los toros, “pero lo pasé tan mal, que él mismo me dijo: Hija mía, no vengas más”.

Asegura que nunca discutió de asuntos taurinos con él (“nos respetábamos mutuamente”), y reconoce que quien le enseñó a amar a los animales fue, precisamente, su padre. “Los seres humanos somos así de contradictorios”, añade.

Al cabo de los años, Rosa Montero ha consolidado su apuesta por los ‘derechos’ de los animales y la búsqueda de una sociedad más civilizada. Rechaza el maltrato animal, se niega a aceptar que el toro haya nacido para la lidia, no se identifica en modo alguno con los extremismos de las redes sociales, se considera “desesperada” por la impunidad que esconden, y está convencida de que la tauromaquia desaparecerá en un plazo no superior a cuarenta años “si no se produce antes una catarsis y acabamos volviendo todos a la Edad Media”.

- De todos modos, Rosa, no entiendo la manía actual contra la fiesta de los toros. No comprendo por qué se ha demonizado la tauromaquia, como si fuera uno de los principales problemas de este país.

- Yo creo que no hay manía. Hay que tener cuidado para no confundir la crispación de las redes sociales con la realidad social. Sabemos muy poco de las nuevas tecnologías, y me sorprende que los periódicos valoren más los gritos de cuatro trolls que lo que se cuece de verdad en la calle. Las posturas extremistas son mínimas en el movimiento animalista, pero el problema es nuestro porque le concedemos una excesiva importancia a los que insultan o chillan.

- El problema no reside solo en las redes, sino en la politización interesada de la tauromaquia.

- A mí no me parece un asunto político, sino de desarrollo de la civilidad. Nada tiene que ver que seas del PP, del PSOE o de nada, como es mi caso. No se trata de ir contra la fiesta, sino de aspirar a una sociedad que sea más consciente del nivel de violencia que existe contra los animales en nuestro país.

- ¿Violencia animal? ¿No te parece que la violencia contra los seres humanos está más presente en nuestras vidas, en la televisión, en los videojuegos, etc?

- Siempre habrá ‘chalaos’ que se dediquen a matar enemigos en los videojuegos, y eso es muy malo. Y me parece grave, muy grave, que los niños estén sometidos a la violencia, porque está demostrado que les produce daño al no distinguir entre lo virtual y lo real.

- En consecuencia, no puedo aceptar que se le conceda una importancia capital a la supuesta violencia en los toros…

- Pero, ¿por qué no? Esa es la falacia del nirvana, que viene a decir que como no podemos conseguir lo óptimo, dejemos de luchar por el objetivo cercano; es decir, que como no podemos acabar con la violencia en el mundo, no se puede luchar contra este maltrato concreto. No, no estoy de acuerdo con este planteamiento.

- De cualquier modo, me parece un enfoque exagerado.

- No lo creo. No olvides que quienes insultan y desean la muerte de los toreros son cuatro trolls que no representan a nadie. Por el contrario, atacar la fiesta de los toros es la punta de lanza de un movimiento que pretende que se reconozcan los derechos de los animales, que para mí son esenciales porque forman parte del proyecto básico de sociedad al que aspiro.

- Tu planteamiento acabaría en lo que podríamos llamar el ‘mascotismo’, un movimiento que concede más valor a los animales que a las personas. De hecho, por la calle se ven más parejas jóvenes con perros que con niños…

- ¿Y? ¿Qué tiene que ver eso? Así, le estamos dando sentido a la continuidad del ser humano. Nos creíamos los reyes del universo, y resulta que de los grandes simios nos separa menos del uno por ciento de nuestros genes. Es otra manera de concebir el mundo, y yo la prefiero, porque creo que es el futuro de la civilidad. Después, resulta que hay cuatro idiotas que les pintan las uñas a sus perritos; pero en todos los grupos hay idiotas, ¿sabes? Eso no tiene nada que ver.

- Sea como fuere, a mí me gustan los toros y no me considero una persona violenta, y, mucho menos, un torturador.

- Claro que no. Te falta desarrollar una parte de tu sensibilidad. Mira, permíteme un ejemplo muy extremo: en la época de la esclavitud, habría esclavas y señoras que se amarían mutuamente y carecían de conciencia de que aquello era algo muy negativo. Y la señora no es que fuera una mala persona; solo le faltaba desarrollar sensibilidad social. A veces, el prejuicio y la costumbre nos ciegan.

- Creo que se puede ser animalista y aficionado a los toros; se puede amar a los animales con plena conciencia de que el toro nace para la lidia al igual que la gallina existe para poner huevos y hacer un buen caldo.

- No. Animalista y aficionado son elementos contradictorios. Puedes tener conciencia de amor a los animales. Mi padre amaba a los animales; y yo no creo que los aficionados sean asesinos o psicópatas. Pero pertenecéis a una sociedad que está obsoleta. Y el futuro que yo quiero es una sociedad que respeta a los seres humanos y a los animales como un todo.

- Insisto: la fiesta no es un ejercicio de maldad ni tortura. El aficionado no se regodea en la sangre ni en el sufrimiento. Se premia la bravura y no el daño. La tauromaquia no busca el arte desde la visión de la sangre…

- Mi padre adoraba los animales, y no pensaba en el daño que les hacía. Muchos toreros aman los animales. Pero ese espectáculo en el que, supuestamente, se busca el arte me parece bárbaro, y no solo por el daño que se inflige al toro, sino por el peligro que supone para los toreros. ¿Esa es la sociedad que queremos? De verdad…

Rosa lamenta que en España no exista una ley de defensa animal “porque las barbaridades que se les hacen a los animales -y no me refiero a los toros- son increíbles y espantosas”, y está convencida de que los espectáculos taurinos acabarán, “aunque espero que antes lo hagan las salvajadas de los llamados festejos populares”.

- Pero no me digas, Rosa, que no te has emocionado en una plaza de toros…

- Claro que puede haber una emoción tremenda. ¡Una verdadera catarsis! Pero, cómo no la va a haber en un ritual de muerte… ¿Acaso crees que no había una tremenda catarsis en la lucha de los gladiadores? Seguro que sí.

pascual_montero.txt · Última modificación: 2019/11/10 20:00 por paco

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