Herramientas de usuario

Herramientas del sitio


sevilla_160410

REAL MAESTRANZA DE SEVILLA

Viernes, 16 de abril de 2010

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de El Ventorrillo (con buena presentación y diferente juego; muy bueno el primero).

Diestros:

El Juli: Estoconazo (oreja y dos vueltas al ruedo tras fuerte petición y bronca al presidente); Estoconazo (dos orejas). Sale por la Puerta del Príncipe.

Sebastián Castella. Estocada (silencio); estocada (silencio).

Miguel Ángel Perera. Dos pinchazos, estocada (silencio); dos pinchazos, media estocada, tres descabellos (silencio).

Saludaron: Curro Molina y Pablo Delgado, de la cuadrilla de Sebastián Castella, en el 2º).

Incidencias: Ocupó el Palco Real la Infanta doña Elena de Borbón, que recibió brindis de “El Juli” en el primero, y de Perera en el tercero.

Presidente: Francisco Teja.

Tiempo: Lluvia, a veces torrencial.

Entrada: Hasta la bandera.

Crónicas de la prensa: ABC, Diario de Sevilla, El Mundo, La Razón, El País, EFE, Gastón Ramírez, Siglo XXI.

<img src="http://www.abcdesevilla.es/Media/201004/16/INFANTA_--253x250.JPG"/>

<img width="400px" height="150px" src=" http://www.abcdesevilla.es/Media/201004/16/juli-triunfo2--647x231.JPG">

© El Juli, visiblemente emocionado bajo la lluvia, pasea las dos orejas que cortó al cuarto toro y que le entregaban la llave de la Puerta del Príncipe. La Infanta Elena lanza la montera de «El Juli» EFE/José Manuel Vidal. El Juli corta tres orejas en su faena de esta tarde y sale por la Puerta del Príncipe ABC/Nieves Sanz.


<object width="384" height="241"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/86P9SzbqojQ&hl=es_ES&fs=1&"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/86P9SzbqojQ&hl=es_ES&fs=1&" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="384" height="241"></embed></object>

Puerta de Arrastre

Por Santiago Sánchez Traver

El maxiplástico funcionó. Es cierto que la corrida se celebró, pero el riesgo fue grande, porque si llega a caer una gorda los que se quedan sin corrida son los paganos. Nos mojamos todos menos la infanta primera divorciada de España, a la que encima le brindaron los toros. Antes andaba más con caballos y ahora anda en lo taurino. Y El Juli -lo tenía entre ceja y ceja- salió por la Puerta del Príncipe once años después de que saliera con su imaginación desde la enfermería. No le paró la lluvia ni los toros -cuando un torero está así, le sirven casi todos- y el presidente Teja compensó al gusto del público. Si cada faena era de oreja y media, pues suman tres. Merecido premio a un torero valeroso y poderoso. Otra cosa es el pellizco. Los toros de El Ventorrillo bonancibles, algunos mansitos, con poca fuerza, ayudaron al triunfador. El francés Castella no acabó de centrarse con los problemas de su lote y con la lluvia. Y el extremeño Perera tuvo verdadera mala suerte en esta su segunda cita maestrante, igual que en la primera, y tendrá que esperar a San Miguel. Pero anda fuerte y queriendo. Al sexto no le gustaba la lluvia. Debió ser eso porque no paró de correr huyendo de todo.

<object width="384" height="241"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/X0XQI-7zEDM&hl=es_ES&fs=1&"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/X0XQI-7zEDM&hl=es_ES&fs=1&" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="384" height="241"></embed></object>

Lo mejor, lo peor

Por Juan Carlos Gil.

Lo mejor: El Juli, catedrático del toreo

El arte del toreo consiste en expresar un sentimiento hondo, profundo, misterioso… que nace desde lo más profundo de las entrañas a toda la concurrencia. Ese quejío interior puede manifestarse de múltiples maneras, pero cuando es de verdad, arrebata, enloquece y hasta perturba a las almas más sosegadas. Y así lo demostró Julián López, que a buen seguro, llegó al hotel vacío, vano, deshecho, hueco por dentro, porque en el coso maestrante dio una egregia lección de Tauromaquia catedralicia, espléndida y contundente. No hubo ninguna mácula en ninguna de sus dos actuaciones. Su comportamiento fue macizo de principio a fin. Las verónicas recogieron la embestida como seda suave que conduce la embestida por el laberinto que impone el matador. Las sedosas chicuelinas hilvanadas a dos tijerillas templadas de empaque sin igual fueron una loa a la perfección capotera. Al primero lo mimó, lo templó y enceló en la bamba escarlata de su muleta, bajo una lluvia tan cristalina como su toreo. A base de tesón y consumada técnica, no lo rozaron la muleta ninguna vez, construyó un poema de rimas consonantes embriagadoras. Los derechazos, cuales versos polifónicos, nos trasportaban a una eternidad siempre soñada y pocas veces conseguida.

El discurso nos embebía en una poesía clásica, es decir, eterna. Y en el instante preciso, cuando ya estaba todo el pescao vendido, cinceló el inmejorable colofón: un circular que, por arte de birlibirloque, se transformó en un cambio de mano que nos abrió la puerta de la gloria. Y a matar o a morir… como mandan los cánones… El resultado fue un volapié perfecto y hundido hasta los gavilanes. El segundo de su lote era de otra condición… y el catedrático madrileño lo fue haciendo poco a poco, verso a verso, con la paciencia de un orfebre. Y la faena nos entusiasmó por una dicción impecable, por una conjunción de pases compenetrados… y por un final inteligentísimo en el que El Juli se enroscó al cuatreño tantas veces como quiso, ejemplificando con la sencillez de la virtud, el imperecedero principio matemático según el cual, el torero es la vertical y el toro la horizontal.

Lo peor: El indeseado protagonismo de Francisco Teja

Un presidente de una corrida de toros tiene un papel secundario. Debe velar porque el espectáculo transcurra por los cauces normales como muestra inequívoca de que se está aplicando el reglamento. Y el señor Francisco Teja buscó sus cuatro líneas en los periódicos. Julián lo hizo todo perfecto en el primero de la tarde, con la capa, con la muleta y con la espada… y ¿él no lo vio? Pues ya nos dio pistas suficientes de que no le adorna la sabiduría del buen aficionado. ¿Y en el segundo quiso compensar? Pues se equivocó dos veces… Los aficionados no nos merecemos estar de mal humor porque una persona, que se comporta como un déspota, no acceda a conceder una oreja que reglamentariamente se merece el verdadero protagonista de la Fiesta… ¿Quién te aconseja señor Teja?

<img width="410px" height="250px" src=" http://utils.lainformacion.com/images/IMGS_CMS/el-juli-se-apropia-el-cetro-del-torero-por-la-puerta-del-principe/2010_4_16_gcp9uXlG8Xt8MRJ0gTlE67.jpg?type=width&width=645&height=442&mtime=1271450168">

©El matador Julián López “El Juli” en la faena a su primer toro en la corrida de Feria de Abril que se ha celebrado hoy en la Real Maestranza de Sevilla, en la que compartió cartel con los diestros Sebastián Castella y Miguel Ángel Perera, con toros del Ventorrillo/EFE.


ABC

<img src="http://www.portaltaurino.com/images/criticos/andres_amoros_bn.jpg"/>Por Andrés Amorós. Plenitud clásica de El Juli

El resumen es bien sencillo: bajo la lluvia, que no para, consagración de El Juli, que abre la Puerta del Príncipe en una tarde redonda, de plenitud, a pesar de que el presidente le niega una oreja.

No me gusta hablar de los presidentes (ni de los árbitros, en el fútbol). Los toreros son los protagonistas. Hoy, el Sr. Teja se ha empeñado en serlo, negando incomprensiblemente a El Juli una oreja, en el primero de la tarde. Nadie en la Plaza podía imaginarse que lo iba a hacer, después de una faena completísima, rematada con la espada de forma espectacular. Todavía sigo sin entenderlo. He recordado una frase que me decía a veces Américo Castro, remedando el habla de los campesinos de su tierra natal: «¿Qué “quedrá”?» Las orejas —para mí, por lo menos— no importan demasiado. Lo que importa es el toreo. Una oreja discutida puede perjudicar al torero. El Juli, en cambio, ha salido reforzado por este incidente. La bronca ha sido épica y el diestro ha tenido que dar dos vueltas al ruedo a petición clamorosa del público. Pocas satisfacciones más grandes tendrá en toda su vida profesional.

En su segundo, en cambio, el presidente le ha dado las dos orejas, sacando los dos pañuelos a la vez. Yo, desde luego,lo hubiera hecho al revés: dos orejas, en el primero, y una, en el cuarto. Las compensaciones…

Salvo el sexto, manso y huido, los toros del Ventorrillo son nobles, galopan con claridad, se dejan torear desde que salen. El mejor lote se lo lleva El Juli. La tarde es suya. Sus compañeros tienen menos fortuna en todos los aspectos. El Juli, en cambio, ha salido reforzado.

El primero de Castella flaquea y no se entrega del todo. Como tantas tardes, Curro Molina pone dos grandes pares. El francés intenta muletear con suavidad pero el toro lo trompica y él se embarulla un poco. En el quinto, no le coge bien la distancia y da muchos muletazos sin unidad.

Tampoco es la tarde de Perera. El tercero es noble pero flojo: él necesita más toro. El último es el garbanzo negro de la corrida, huye de la muleta y sólo puede perseguirlo.No está fino con la espada en ninguno.

Olvidémonos ya del incomprensible episodio presidencial y vamos con el toreo de El Juli. Ya mostró en Valencia una seguridad técnica fuera de lo común. Hoy lo revalida en este conservatorio o aula del Arenal (Antonio Burgos «dixit») que es la Maestranza.

Sin hacer literatura ni dejarse llevar por la pasión, su faena al primero ha sido redonda, completa, desde las verónicas, con que lo recibe, al ralentí. (¿Cómo puede embestir un toro con esa suavidad antes de varas?). Luego, derechazos, cambios de mano, naturales. Cuando acorta las distancias, lo lleva cosido a la muleta, enlazando con adornos. Dentro de su línea (hay muchas válidas, en el toreo), no cabe más. Y un cañón con la espada. El cuarto es noble pero justo de fuerzas. El Juli lo cuida y, con buena técnica, va alargando su embestida. El final es de dominio absoluto, provoca la locura del público. He recordado una frase de Cañabate: «Los sevillanos aplauden gozosos porque “diquelan”; es decir, entienden, valoran lo bueno».

Más que estética, lo bueno de El Juli es el dominio, la técnica, la cabeza, el mando: las columnas de la tauromaquia clásica. Y la Maestranza lo sabe apreciar. Como decía Gerardo Diego, «no se puede ser un auténtico torero de Sevilla sin ser clásico».

Por eso, todas sus faenas han tenido una unidad, un sentido. Y las ha desarrollado en un palmo de terreno: así debía ser, según Corrochano, la faena perfecta.

Resumía Shakespeare: «La madurez lo es todo». Bajo la lluvia, en la Maestranza, El Juli ha lucido su plena madurez. Nunca podrá olvidar esta tarde.


El Mundo

Por Carlos Crivell. El Juli sale, por fin, por la Puerta del Príncipe

Decían algunos que la corrida se suspendería ante el tiempo lluvioso. Quienes así opinaban no debían conocer a los toreros del cartel. Menudos perros de presa son El Juli, Castella y Perera. En cuanto quitaron las lonas y el presidente sacó el pañuelo, veloces como el rayo, para dejarse ver, allí estaban en la puerta de cuadrillas en una tarde propicia para muchas cosas, pero muy poco taurina.

El Juli abre los carteles sin problemas. Es un torero veterano. Su debut en la Feria de Abril se remonte al año 1999. Fue aquel año cuando abrió de forma simbólica por primera vez la Puerta del Príncipe. Cortó tres orejas y no consumó el éxito porque estaba herido en la enfermería. En su extensa relación con la Maestranza se han sucedido los triunfos. En el recuerdo, la tarde del 3 de mayo de 2001 cuando lidió un toro bajo un diluvio. Ese día tenía abierta la Puerta del Príncipe, pero el mismo diluvio frenó al toro sexto y sólo pudo arrancar un trofeo.

El torero madrileño ha triunfado a golpe cantado. Todos los aficionados conocían su momento de plenitud torera, que estaba más que capacitado para armar un alboroto en la Feria, todo ello a poco que los toros le ayudaran un poco. Se han cumplido todos los augurios. El Juli ha roto la Feria con un triunfo indiscutible, contundente y sin nada que enturbie su gran tarde de toros.

Ha triunfado toreando, muy bien, bajo la lluvia. Aquella lluvia que un día le quitó el triunfo de clamor, no ha querido perderse la demostración de torero grande que ha ofrecido en el mismo escenario. El Juli ha forjado su triunfo sobre la base del buen toreo, que en algunos momentos se ha acompañado de gran belleza estética. Pero, por encima de otras circunstancias, ha sido un torero de una dimensión enorme.

Se llevó los dos toros mejores de la corrida de El Ventorrillo. Se vuelve a plantear la misma pregunta. ¿Por qué a los buenos toreros siempre le tocan los mejores toros? La respuesta está en esa capacidad que matadores de su corte tienen para someter, templar, mandar y ligar en los muletazos. Es como si los toros no pudieran eludir su compromiso con una muleta siempre puesta, con los toques precisos, el ritmo adecuado y la postura torera y marchosa. Es el toreo del dominio como primera meta para lograr apoderarse de la voluntad de los astados, que acaban embistiendo con calidad ante el in flujo poderoso de la tela roja que les conduce como un látigo de seda. Es un toreo de poder y suavidad. Así embisten los toros.

Fue bueno el que abrió plaza. La faena la cimentó sobre la diestra en pases de mando, se vino algo abajo con la izquierda, para acabar ligando con precisión en circulares y de pecho engarzados como un collar de perlas.

El cuarto tenía algún problema que resolver, como un viaje más corto. Nada que El Juli, en estado de gracia, no pudiera solucionar con ideas muy claras y las muñecas rotas. Los pasajes finales de esta faena fueron más bellos. Fue la culminación de una tarde para la historia, que había comenzado con los lances preciosos de capa, los quites, todo un concierto que vale, de forma sobrada, el mayor premio del toreo.

¡Ah! Sólo un buen presidente y un buen aficionado saca los dos pañuelos en el cuarto como hizo Francisco Teja. Y sólo un presidente que quiere prestigiar a la plaza saca un pañuelo tras la muerte del primero, por mucho que la mayoría se acordaran de sus antepasados. Castella y Perera no cuentan. Los de El Ventorrillo de ambos fueron menos claros, pero ambos tenían la tarde tonta. O bien estaban confundidos ante el vendaval torero de El Juli.


Diario de Sevilla

Por Luis Nieto. El Juli, volcán en erupción de auténtico toreo bajo la lluvia

El dios de la lluvia se asomó a la Maestranza para conocer si hay hombres que burlan la muerte con arte. Y bajo su manto, se encontró un volcán de buen toreo llamado El Juli, que en lugar de cenizas, arrojaba maestría, casta y naturalidad. Un volcán que ligaba las suertes en el fuego de la ligazón, con una fuerza de torería y firmeza endiablada, que ascendía tendido arriba, enloqueciendo al público. La lava del toreo, ese toreo de muleta que desciende de arriba a abajo para someter al toro, llegó a convertir la Maestranza en un inesperado manicomio de Miraflores.

En este manicomio quien pareció perder la cabeza fue el presidente, Francisco Teja, quien concedió a El Juli sólo una oreja por una faena magistral, rematada perfectamente con la espada. Y que en su segundo toro, compensó con dos trofeos otra gran faena, que en este caso sí podía ser de una. Tampoco era de recibo celebrar una corrida en la que horas antes llovía en Sevilla y en la que los pronósticos advertían que llovería durante el espectáculo, como así sucedió.

El Juli cuajó una faena memorable, que brindó a la infanta Elena. Se las vio con un primer toro astifino bravo, noble y repetidor. Ilusión se llamaba el ejemplar de El Ventorrillo, que lidió una corrida en conjunto bien presentada y de juego desigual. Y con Ilusión, esperanza cumplida de un torero convertido en amo y señor de lo que realizaba.

El Juli derrochó variedad capotera, con hondas verónicas. La apertura de la faena rezumó torería. Luego llegó la locura cuando, con la diestra, toreó con sumo temple. En una de las series llegó a dictar una lección torera esencial: bajó la mano, sometió al toro, alargó los muletazos lo indecible y… ligó. Todo con esa facilidad que sólo poseen los elegidos para el arte de Cúchares. Con la izquierda también plasmó esas verdades en otra tanda. Hubo un circular invertido en el que imantó al toro como si lo hubiera hipnotizado. El público gritaba y aplaudía a rabiar. Las voces y las palmas salían bajo una nube de gigantescas setas negras, de paraguas. ¡¿Cómo podían aplaudir algunos, mientras se resguardaban bajo esos incordiantes utensilios?! Estoconazo hasta la bola, en todo lo alto, perdiendo el engaño. El toro se mantuvo, con bravura, hasta rodar como una pelota. Y todo el mundo enloquecido, menos el presidente, al que el público increpó con insultos de todo tipo. El Juli dio dos vueltas al ruedo clamorosas, envueltas en una ovación interminable y atronadora.

Cuando saltó el noble cuarto, Botijito, nadie precisaba más agua. Pero comenzó a jarrear sin contemplaciones. El torero madrileño se lució a la verónica. Con la derecha: poder y temple. El toreo en redondo, con cadencia, parecía inspirado en una melodiosa sinfonía. Y todo, en aires dominadores, saliendo con garbo y marchoso de las suertes. Estocada contundente. El puntillero, que lloró por ello, levantó al animal. Pero el toro cayó, por fin. La plaza era nuevamente un manicomio. Los negras setas que resguardaban de la lluvia dieron paso a la blancura de pañuelos solicitando trofeos, como si un champiñón gigante se hubiera posado en la Maestranza. El presidente, en lugar de conceder una oreja, quiso -como los malos árbitros- compensar el daño anterior y premió con los dos trofeos a un Juli que consoló a su banderillero y se recreó en una vuelta al ruedo, paladeando ya la Puerta del Príncipe, triunfo que había ganado en 1999, cuando cortó tres orejas; pero que no disfrutó al caer herido.

Sebastián Castella estuvo porfión ante su primer toro, que no llegó a entregarse, y que le propinó un varetazo bajo la rodilla derecha. Al quinto, que se quedaba algo corto, no llegó a cogerle el aire. Perera, con el peor lote, se pasó de metraje en una faena sin intensidad ante el noble, pero sin transmisión, tercero. Y nada hubo con el manso sexto.

Todo eso vio el dios de la lluvia, que no pudo apagar el fuego de ese volcán de auténtico buen toreo que arrojó El Juli. De todo ello conoció ayer la deidad, mientras verónicas y muletazos puros, como rescoldos de pasión, como brasas de sentimiento, acompañaban a un río de gentes con los paraguas desplegados, para ver salir junto al río grande a ese joven maestro del toreo, que se anuncia como El Juli, pero que, ayer, bajo el dios de la lluvia, demostró que es Don Julián.


El País

Por Antonio Lorca. El Juli la arma gorda

Sevilla vivió ayer durante la lidia del primero de la tarde uno de esos episodios que engrandecen la tauromaquia: un torero en plenitud que, al final, salió a hombros como gran triunfador, un toro dulce y noble, una faena emocionantísima, un presidente valiente y serio, muy serio, y un público embravecido, que rugió de emoción, primero, y de enojo, después, cuando el usía se negó en redondo a conceder la segunda oreja al protagonista de tan interesante suceso.

Julián López El Juli se hace llamar en los carteles y es torero de postín, y llegó a Sevilla a decir que es maestro en sazón y catedrático de la técnica y el temple. Y le tocó un toro guapo, noble y dulce como el almíbar que embestía con música celestial en el empuje. Lo recibió El Juli con magníficos lances a la verónica, el toro embarcado en los vuelos del capote, un verdadero canto a la creación artística. Como por ensueño se hizo presente el toreo en todo su esplendor. Comenzó la faena de muleta por ayudados lentísimos, y continuó con una tanda de derechazos hondos, sintiéndose torero por los cuatro costados; y sin solución de continuidad se cambió la franela a la izquierda y el natural brotó largo e inmenso. Hubo dos tandas más con la derecha, y un circular, y otro invertido, un compendio de técnica, oficio, temple y mando. El toro seguía embistiendo con dulzura, ayuno, quizá, de fiereza y codicia, como prefieren las figuras de hoy. Con la izquierda bajó el diapasón de la calidad, hubo menos ligazón, los pases resultaron despegados y la emoción no fue la misma. Unos preciosos recortes finales y un airoso molinete dieron paso a una estocada algo trasera, perdiendo la muleta en el encuentro. El toro tuvo una muerte espectacular y los tendidos se poblaron de pañuelos.

Y se armó gorda, muy gorda… El presidente, Francisco Teja, concedió la primera oreja, se guardó el pañuelo y se mantuvo en sus trece a pesar del griterío ensordecedor del respetable que no entendía tan drástica decisión. El Juli fue obligado a dar dos vueltas al ruedo y la bronca que se ganó el señor Teja fue de las que hacen época.

¿Y? Pues, que muy bien. El presidente consideró que la gran faena de El Juli no había sido perfecta, que no lo fue. Además, elevó el nivel de exigencia de esta plaza, que está por los suelos; y tercero, ¡viva la polémica! Ojalá cada tarde hubiera motivo para mentarle la familia a quien preside, porque sería la expresión de que esta fiesta está viva y no mortecina y lánguida. Ningún principio se hubiera conculcado si el torero pasea las dos orejas, pero La Maestranza es desde ayer más prestigiosa gracias a un presidente valiente.

Y llegó el cuarto, otro toro noble y dulzón que viene a corroborar una tarde de gloria. Lo toreó El Juli maravillosamente a la verónica, se quedó sin picar porque no le acompañan las fuerzas, permitió un lucido tercio de banderillas, y llegó al tercio final para que el torero coronara su gesta. Por bajo comenzó, henchido de elegancia, y el toreo con la derecha derrochó temple y ligazón; tanto, que algunos muletazos resultaron sencillamente extraordinarios. Otra vez la mano izquierda no fue buena, hasta que le cogió el aire y algunos naturales remontaron el vuelo. El toro tardó en morir, pero el presidente no lo dudó: sacó los dos pañuelos de manera casi simultánea para confirmar que premiaba el conjunto de una tarde completa. Pero, ¿fue de dos orejas esta segunda faena? Pues también admite dudas.

Le acompañaron Castella y Perera, que no tuvieron toros ni ánimo para superar el suceso del día. Se les vio torpes y cariacontecidos. Cuando se hace presente el toreo, con la viva polémica incluida, es muy difícil que el cuerpo entre en caja…


EFE

Por Juan Miguel Núñez. “El Juli” enamora bajo la lluvia

“El Juli” hizo la proeza. Un gran “Juli” en todo. Aunque antes de cantar las excelencias de sus dos faenas habría que advertir de la desfachatez que supone celebrar un espectáculo al aire libre con la tarde que hizo.

Algo vergonzante, obligar al pagador en taquilla a soportar el agua durante dos horas y media. Pues un paraguas, no se olvide, sirve de amparo al cruzar una calle, unos metros durante unos segundos, o si se quiere para un desplazamiento algo más largo, pero de ninguna manera se puede estar dos horas y media ahí debajo sorteando tantas incomodidades.

La responsabilidad es de la autoridad -¿a quién defiende la autoridad en casos así?-, de la empresa que hace caja sin el menor escrúpulo, y de los toreros que también “se lo llevan”. No hay entidades ni organismos que defiendan al espectador.

¿Para cuando las quejas de las OCUS (Organizaciones de Consumidores y Usuarios), que en el mundo del toro vendrían a ser las Uniones de Abonados Taurinos, distraídas en mil pamplinas y sin echar cuentas a la defensa de unos intereses tan claros como no verse uno obligado a asistir a espectáculo bajo la lluvia sin posibilidad de rescatar el dinero de la entrada antes de empezar? Tampoco el reglamento, ni el andaluz ni el del estado dicen nada al respecto.

Es una pena que la climatología venga a quitar espacio a las lisonjas que merece “El Juli” por sus dos faenas. Un “Juli” sensacional, hay que repetir.

Habrá quien ponga reparos a su primera faena. Por lo visto, uno de ellos, el presidente Francisco Teja, que adoptó la polémica decisión de concederle sólo una oreja. Quizás faltó rotundidad artística a la faena por sus trazos un poco toscos, sin la gracia alada que se exige en esta plaza para el doble trofeo.

Pero hace falta saber si el usía de hoy y los otros tres que se alternan con él en la presidencia serán capaces de mantener el mismo criterio en lo que queda de ciclo.

Muy bien “El Juli” con el capote, o mejor, extraordinariamente bien, tanto en el recibo como en el quite posterior a la verónica.

Bueno el toro, pero no tanto, pues para que durara hasta el final fue decisiva la técnica y la generosidad del torero, midiéndole el castigo, llevándole a media altura y con suavidad, “ayudándole” en definitiva a recorrer el último tramo de cada pase, necesario para conectar con tanta fuerza.

Pases bonitos y seguidos, templando y aguantando, circunstancia esta última referida sobre todo al valor. No permitió “El Juli” que el toro perdiera su velocidad, para mantener a su vez el ímpetu de la faena. Calidad toda por parte del torero.

La estocada, sin puntilla, aunque perdiendo la muleta en el embroque. El presidente sabrá porqué se guardó el segundo pañuelo. La bronca que se llevó fue monumental.

Y ya en el cuarto, versión corregida y aumentada del toreo mandón y poderoso de un “Juli” que esta vez sumó aroma y profundidad. Aquí, sí, el presidente demostró que también tiene sensibilidad al asomar los dos pañuelos de una vez, sin esperar a que la gente pidiera la segunda oreja.

Quedaba claro que una la concedía el público, con la plaza blanca por completo, y la otra el presidente Teja, por fin buen aficionado.

Faena ideal de principio a fin, que hizo irresistible la Puerta del Príncipe.

Castella poco hizo con el mansote y quedado segundo, y estuvo perdido frente al buen quinto, que humilló y tuvo largo recorrido. Trazos desangelados y muchos enganchones.

Perera, en cambio, no tuvo toros. Un lote imposible, por blando el tercero, por manso y huido el sexto.

Tarde de agua y descortesía con el público, no obstante, remediada por el triunfo de la torería encarnada en “El Juli”.


La Razón

Por Patricia Navarro. El Juli, príncipe de Abril

El Juli compensó la lluvia, que caía fuerte poniendo entre las cuerdas la celebración del festejo. No importó. En verdad no importó nada cuando Julián sorprendió así de primeras con un quite de lo más torero. En la antítesis del mero recurso, toreó el madrileño con el capote. Una belleza para paladear, como se hace con las cosas buenas que dejan sabor, poso, recuerdo y el ánimo de verlo repetido. Era el primero de la tarde. Ese que tiene la maldición de abrir plaza y pasar discreto. Acertó El Juli, colmado de torería, y le cuajó al noble y bravo animal la faena que se merecía.

Suavidad en el comienzo, eran puras caricias esos muletazos que prologaban el toreo rotundo, largo y a más que ejercitó por el derecho. Inspirado se cambiaba la muleta por detrás para rematar la tanda con un natural. Aquel célebre muletazo que le valió para reconquistar el corazón de Madrid. Y ahí mismo cayó entera y sin remilgos la afición de La Maestranza. Buen toro, gran torero. Lo bordó El Juli con la profundidad de lo verdadero. Embarcaba adelante el viaje, se lo pasaba por la barriga y buscaba encontrar en el más allá el fulgor del pase. Conquistó primero el pitón derecho, mas no se le resistió tampoco el zurdo, ni la seda para acabar faena. La labor de la armonía. Hundió la espada como un cañón, como un huracán bajo la lluvia. Se hundía también Sevilla, que había crujido en sonoros olés desde sus cimientos. La plaza se volvió blanca, con la Infanta Doña Elena incluida pidiendo trofeos a pesar de la lluvia sin tregua, de los paraguas, de lo difícil de los chubasqueros… Ardía Sevilla por premiar al torero. Su triunfo era de ley, así lo entendimos todos menos el presidente, que nada más concedió una oreja. Dos vueltas al ruedo tuvo que darse el madrileño ante la afición volcada, entregada, en medio de una bronca descomunal por haberle robado la segunda. No tenía sentido negar la evidencia, pero la tarde era de El Juli y sólo él tendría la última palabra.

Echó la pierna para adelante y sacó pecho para torear de capa al cuarto. Hasta la misma boca de riego lo llevó por verónicas, con duende la media. Presagio de lo bueno. Antes de ponerle el primer par de banderillas ya estaba Julián con la muleta en la mano y toreando al viento, como si no pudiera contener la ambición. Derecho se fue al público, para un brindis que sonaba a romance. Y se puso a torear. Valen las mayúsculas. Esta vez para coser los pases por abajo, diestros, enredado toro y torero. De abajo a más abajo el muletazo. Toro bueno, largo iba al engaño, noble y justiciero. Cómo lo expresó el espada. Roto de entrega, atacado de orgullo, inteligente en los toques, técnico para llevarlo y pasional para entregarse sin medida. Monumental en los derechazos, en el breve espacio que ocupa una moneda construía el toreo entero. Una tanda, otra, otra más y esos pases de pecho que tocaban la lluvia del cielo. Ni crisis ni penas, todas se olvidaron cuando Julián se enfrentaba al juicio final de la suerte suprema. Y ocurrió, como tarde histórica de las que dejan huella. Detrás de la espada se fue, se atracó de toro, y quiso el acero entrar hasta la bola, en la misma yema. Dos pañuelos blancos asomaron instantáneos como rendición a un 16 de abril que retumbará en su carrera. La Puerta del Príncipe a sus pies, agarrada con fuerza en la mano, despertada de una noche de sueños. Esta vez sí, la cruzó en hombros y en medio del clamor popular. Once años después de haberla cambiado al caer herido y camino de la enfermería.

Castella se buscó con un toro que quiso rajarse, de reojo miraba las tablas y no acabó de ser claro. Apenas hubo lugar para el lucimiento. Intentó sumarse al éxito con el quinto, que se movió y lo hizo con nobleza. Al francés le sobraron ganas pero al trasteo le faltó finura y limpieza.

A Perera le tocó un toro noblón, aunque con las fuerzas en el límite. Quería ir más de lo que podía. La faena no rebasó la línea de la voluntad a pesar de los muchos intentos. Unas veces por falta de acople, otras por las protestas del toro… Y mientras, llovía, llovía.

Así hasta el final. Había un barrizal en el ruedo cuando saltó el sexto. Manso el toro a rabiar, salió poseído por esa condición cuando Perera buscaba fiesta. Fiesta que nunca llegó.

Hay tardes que no les cabe más que un nombre y la de ayer se llamaba Julián. Julián López «El Juli». Torerazo. Una nota: no paró de llover, pero nadie abandonó su asiento. Esta Fiesta de pasiones, de pasión y muerte, se llevaba al torero a hombros camino del Guadalquivir. Menudo romance consumado.


Autores

Por Gastón Ramírez. Juli y el viejo Platón

Uno de los grandes griegos filósofos, Platón, fue el discípulo más famoso del malhadado Sócrates. Platón quiere decir ancho de hombros, dado que el pensador era buen practicante de la lucha. Este admirado personaje, que de seguro hubiese sido un taurófilo recalcitrante, dejó incrustado el adjetivo “platónico” en toda la cultura occidental. Platónico quiere decir: Modelo original y primario en un arte o cualquiera otra cosa.

Juli, que ha sido un aprendiz de brujo y es un torero a carta cabal, nos ha dado dos faenas arquetípicas el día de hoy en La Maestranza. Sobran los tópicos, las descripciones hueras: toreó como los ángeles, estuvo enorme, es un maestro, etc. Todo sobra para el que le vio -en medio de diluvios bíblicos- torear con geometría euclidiana, con el conocimiento del poder, con temple luminoso, con elegancia, y perfecto y reposado manejo de las distancias. No hay más, sólo José Tomás o Morante hubieran podido pelearle las palmas en esta novena de abono.

Caigo en el lugar común, ni modo, pero no puedo dejar de decirle que los lances fueron perfectos, así como el quite engarzando chicuelinas modernas y lances a capote vuelto en el que abrió plaza; las tandas de muletazos con la zurda en ambos; los cinco derechazos hechos uno a su primero; las largas series de pases con la diestra como una pintura de Casero; las estocadas de verdad en cada turno, en fin, todo un universo ideal de tauromaquia.

Quien mejor ha descrito lo que los afortunadísimos y mojadísimos parroquianos vivimos hoy en la catedral del toreo, es José María de la Rosa Sánchez-Castillo, pintor, aficionado práctico y contertulio cabal. Dijo: “Esa primera faena me hizo llorar de verdad, y corrí a ver salir a Juli por la Puerta del Príncipe.” Un arquetipo más, el del entendido que cae rendido ante una obra de arte que llega al corazón.

Si el presidente Teja es un señor ávido de protagonismo y con una oligofrenia galopante, mismas razones que lo llevan a dar una oreja para una labor anormal -stricto sensu- en vez de dos exigidos apéndices, eso no empaña el triunfo apoteótico de Julián López, el Maestro (con mayúscula inicial) de Velilla de San Antonio.

El lote de Juli fue noble y con bastante raza, cosa que hay que agradecer. Lo que hay que lamentar es que a Castella le tocó en suerte un quinto de la tarde que era mejor que los dos del Juli juntos, pues tenía más fuerza y era encastado en bravo. Y el francés no pudo o no quiso torear jamás. ¿Entonces para qué se viste de luces y hace el paseíllo en esta plaza única y mítica? Son enigmas más insondables que la logística del oráculo de Delfos.

Perera no acierta a sortear un bicho que le convenga. Pero uno se pregunta si con los toros primero, cuarto y quinto, hubiera podido hacer el milagro de parar la lluvia y hacer sonreír y llorar a muchos sevillanos de pro.


Siglo XXI

<img src="http://t1.gstatic.com/images?q=tbn:LFcRGG4iGmZICM:http://www.diariosigloxxi.com/fotos/ignacio_de_cossio.jpg "/>Por Ignacio de Cossío. Lo siento Sr. Teja, pero hoy yo vengo a triunfar

Diluvio universal en la Maestranza. No sé el cómo, pero presiento que es hoy y ahora, cuando los dioses bautizarán a una nueva columna del templo sagrado del toreo. Atruena el cielo y Venilla de San Antonio enmudece tras el burladero de capotes vestida de azul y oro para cumplir con el destino siempre inesperado. Frente a él llega “Ilusión”, un toro negro y serio de El Ventorrillo dispuesto a ofrecerle la respuesta final a tantos sacrificios ofrecidos generosamente, a tantos años de juventud y anhelos depositados en cada tarde en la que participó consciente de que aquel tiempo ya no volverá jamás y que éste como aquellos otros puede ser su último día.

Se abre el capote de Julián López “El Juli” y avanza silenciosamente su estela hacia el centro del ruedo para que en cada embestida del toro nazca una, dos y hasta seis verónicas inmaculadas guiadas por el mando y la pureza más absoluta. Cante hondo que se continúa en un soberbio quite por chicuelitas y tafalleras alternadas frente a los caballos. No se puede torear con más poderío y rotundidad, y es que El Juli ya no es un niño como nos quieren hacer ver, sino todo un profesional maduro que nada deja para el azar cuando lleva su firma y dirección en la lidia. De la brega al percal nos encontramos en un suspiro, nobleza obliga frente a semejante máquina de embestir. Comienza la faena muy toreramente por alto, le siguen unos cambios de mano invisibles y algún pase de pecho interminable, para dar paso definitivamente a cuatro series, dos con la diestra y otras tantas con la muleta en la mano izquierda de hasta cinco muletazos seguidos y ligados de manera sublime que hacen reventar la plaza. Su figura apolínea se agiganta milagrosamente hasta tocar el Giraldillo para recoger una y otra vez la palma del toreo. Las últimas notas llevan arrastradas los olés sordos de todos los tendidos que ven como su cuerpo ahora se enrosca en un circular inmenso como las líneas del tercio. De su brazo nace la estocada rotunda como la faena que silencian para siempre al toro en un derribo magistral como cuando se acosa a campo abierto. Maestranza blanca por abril, bañada por un mar de pañuelos agitados locamente al aire que vuelan y sobrevuelan el palco del Sr. Teja hoy empeñado en ser el protagonista. Se concede la oreja y se le niega la segunda que por justicia y gloria merecía el maestro. No importa, Julián se dice para si mismo: Lo siento Señor Teja, pero hoy yo vengo a triunfar, y vaya que si lo hizo.

Faenón consagratorio al cuarto de la tarde, de nombre “Botijillo”, otro toro más bravo, emocionante y exigente que su primero pero que con el paso del tiempo le daría la trascendencia y solidez a su faena ortodoxa, a la tarde y a la deuda del torero con Sevilla. Julián se supera e impone ley al inflexible colorao que reclama insistentemente de todo un poco: distancias, alturas, tiempos, velocidad, colocación…vamos, que había que ser un Superhombre en definitiva. “El Juli” si le sobra algo es inteligencia, decisión y superioridad ante la adversidad y actúa de inmediato. De recibo instrumenta cinco verónicas muy asentadas que remata con una media de cartel a lo Ruano Llopis. Se cambia el tercio y en el caballo cumple el toro sin alharacas, debemos esperar un poco más a que rompa toro de la mano de su matador. A continuación en banderillas se descuelga “Botijillo” más por la derecha que por la izquierda, Julián lo ve claro de nuevo y así lo hace desplegando una batería de derechazos acompasados, largos y hondos agrupados en tres series en redondo para más tarde cambiar por naturales y cerrar función con dos circulares inolvidables, troquelados allí mismo y ya para siempre por el mismísimo Benlliure. Estoconazo sin comentarios, sencillamente sublime como todo lo que hizo en aquella tarde que le valió para obtener dos orejas que unidas a la anterior le permitieron salir por derecho propio definitivamente por la Puerta más celestial de todas, la del Príncipe.

Estamos convencidos que en su vida ya nada volverá a ser lo mismo tras cruzar las cadenas de Carlos IV, le cambiará su vida y es muy probable que se sienta obligado a mantener y salvaguardar el paraíso del toreo hoy asentado también sobre su maestría. ¡Enhorabuena querido Julián, al fin!


Sevilla Temporada 2010

sevilla_160410.txt · Última modificación: 2020/03/26 12:20 (editor externo)