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REAL MAESTRANZA DE SEVILLA

Sábado, 22 de septiembrede 2012

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de Alcurrucén (desigualmente presentados, mansos, descastados y sin clase).

Diestros:

El Cid. De esmeralda y oro. Pinchazo, estocada (saludos desde el tercio); media estocada tendida, descabello (silencio).

Sebastián Castella. De celeste y oro. Estocada casi entera caída y trasera, aviso, descabello (saludos desde el tercio); pinchazo, aviso, estocada casi entera (silencio).

Daniel Luque. De pistacho y oro con los cabos negros. Estocada trasera (saludos desde el tercio); pinchazo hondo, estocada (silencio).

Presidente: Fernando Fernández-Figueroa.

Tiempo: caluroso al principio.

Entrada: algo menos de tres cuartos de plaza.

Crónicas de la prensa: El País, ABC, El Mundo, EFE.

Puerta de Arrastre

Por Santiago Sánchez Traver

Sigo sin saber por qué se ha celebrado la feria de San Miguel una semana antes de tiempo. Mañana prometo que lo averiguo y se lo cuento. De los toros de hoy no hay mucho que hablar: los de Alcurrurrén, grandes, con kilos y bien presentados. Pero sin casta, sin fondo, se iban apagando por segundos nada más empezaba la faena de muleta, como una gaseosa de las malas. Los toreros estuvieron por encima. El Cid se llevó una voltereta del primero y un cabezazo del cuarto. Castella estuvo en querer toda la tarde y Luque con más decisión que otras veces. Pero de donde no hay no se puede sacar. La música, callada esta vez, como la de Bergamín, para no meter la pata. Y en los tendidos todo el mundo consultando el Twitter para ver si viene mañana Manzanares. Es que de la corrida no les puedo contar más, que más quisiera yo. En el burladero de la Junta en el callejón estuvo la cónsul de Francia en Andalucía, Pierrette Elston, gran taurina, un día después que los toros sean constitucionales en Francia por la vía de la demanda antitaurina fracasada. Vive la France. Y olé.

Lo mejor, lo peor

Por Juan Carlos Gil.

Lo mejor: la predisposición de los toreros

La tarde nos deparó una gran sorpresa en cuestión de actitud. Los tres espadas dieron una lección de pundonor, de entrega y de buen hacer ante la cara de una corrida complicada, que no regaló ni una embestida y que se puso peligrosa en algunas fases de la lidia. El Cid se estuvo muy decidido ante el primero de su lote y recibió una tremenda voltereta que no lo amilanó. Y ante el cuarto se jugó el tipo sin trampa ni cartón en varias ocasiones, sobre todo cuando cogió la mano izquierda. Los naturales eran un verdadero toma y daca porque el burel de Alcurrucén embestía al paso y sabiendo lo que se dejaba detrás. Castella a un toro insulso y bobón le corrió la mano con pulcritud y mucha técnica. El secreto estuvo en dejarle la muleta en la cara, no dar ni un toque violento y acompañar el muletazo hasta el final con la embestida cosida a la tela roja. Con el quinto, un caballo con pitones, no hubo el mismo acople.

Daniel Luque mostró que sus muñecas mueven la capa con dulzura, suavidad y una expresividad propia de privilegiados. El planteamiento de su faena fue inteligente. Se desarrolló en los tercios y con se metió entre los pitones para someter el genio de su oponente. Cuando se acabó el carbón, el toro se rajó y su matador pudo irse por la espada con la satisfacción de haberle robado una buena tanda en redondo.

Lo peor: El primer tercio de la lidia

Los toros del encaste Núñez se caracterizan por ser abantos de salida y difíciles de fijar en los engaños. Sin embargo, esta característica ya está demasiado acusado en esta ganadería. Sus ganaderos no se han preocupado por corregirlo y este hecho dificulta sobremanera el desarrollo del primer tercio. Los cuatreños huyen, se asustan y tienen las reacciones más extrañas que cualquiera se pueda imaginar. Nos perdemos una parte fundamental del festejo donde se calibra la bravura del toro. El hecho de que algunos ejemplares se dejaran con más o menos son en el último tercio no justifica esta insufrible tara en su comportamiento.

El País

Por Antonio Lorca. ¡Me voy, que pierdo afición!

Acababa de doblar el quinto de la tarde, con el que Sebastián Castella había coprotagonizado un tostonazo de aquí te espero. Un sabio aficionado sevillano, abonado de toda la vida en la delantera de palco, se levanta, guarda la almohadilla debajo del brazo, y, con cara circunspecta, se dirige a los que le rodean y suelta la sentencia de la tarde: “Me voy, que estoy perdiendo afición…!” Y enfiló escalera abajo camino de su casa con la sana intención de olvidar lo vivido en las últimas dos horas. Una huida a tiempo puede ser una victoria. Mejor irse en el quinto que no volver.

No cabe máxima más exacta para resumir lo ocurrido ayer en la plaza de la Maestranza. Pero un vecino cierra el círculo: “Estas corridas habría que prohibirlas”.

El de este sábado fue uno de esos festejos que se celebran para perder la afición. Toros de sangre desechable, mansos a rabiar, sin una gota de casta y bravura en las venas, borrachos de sosería y sin conocimiento de la codicia, la acometividad, la clase… La ganadería de Alcurrucén ha hecho méritos suficientes para no volver a pisar esta plaza en unos años. Y ojalá así sea, aunque no fuera más que para velar por la afición de los que pocos que van quedando. Toros de desecho y toreros soporíferos, aburridos, náufragos de una espantosa vulgaridad, pegapases inmundos, escasos de técnica, sin repajolera gracia en sus muñecas, pesados y siempre ventajistas.

A pesar de todo, y aunque parezca incomprensible, el público aplaude de vez en cuando. Y da la impresión de que lo hace por no llorar; o, tal vez, para espantar el sopor. Pero son todas palmas de puro compromiso, sin ganas, porque el torero termina una tanda de horrendos mantazos y mira a los tendidos pidiendo árnica. Y la gente, bondadosa ella, piensa “bueno, vale”, y da cuatro palmas que suenan lejanas. Así, para ahuyentar el aburrimiento, se entiende, además, que se aplauda un par de banderillas en los costillares, un picotazo trasero, un mantazo que quiso ser verónica… En fin…

A pesar de todo, los toreros no parecen perder la ilusión. De otra manera no se entendería, por ejemplo, que los tres matadores brindaran uno de sus toros al respetable. ¿Qué habrían visto? ¿Qué es lo que brindaban? He aquí un misterio. Castella, por ejemplo, brindó la muerte del quinto, al que citó en la boca de riego con un pase cambiado por la espalda, pero el toro siguió trotando al modo cochinero y se refugió en las tablas del otro extremo del diámetro. Y ahí comenzó un espejismo de faena ante un toro sosísimo, y el diestro explicó con todo lujo de detalles lo que es un tostonazo. Se entiende, pues, que el buen aficionado decidiera marcharse antes de que le diera un arrechucho. “¡Qué emoción…”, gritó una voz del tendido cuando el mismo torero trataba de meter en la muleta al segundo, que pasaba por allí como de paseo, pero sin intención alguna de obedecer al cite. La porfía fue inútil e insulsa.

También brindó El Cid el cuarto de la tarde al público. ¿Qué le vería? Por lo que hizo a continuación, nada. El diestro de Salteras ha sufrido una preocupante metamorfosis. Es una sombra de lo que fue. Ha perdido seguridad, elegancia, serenidad, mando e inspiración. El Cid se ha convertido en un torero del montón. Se lo comen las prisas, las tandas son tan cortas que parecen invisibles, los pases los traza excesivamente despegados, y todo resulta deslavazado y sin orden. Nada dijo en este cuarto, y se libró de una cornada en el primero, —otra vez acelerado y vulgar—, que lo avisó por el lado izquierdo hasta que se lo echó a los lomos, lo volteó de fea manera y le lanzó un par de derrotes que, afortunadamente, no hicieron blanco en la carne.

También brindó Daniel Luque su primero, y en los dos se mostró decidido y entregado, pero, entre la sosería de sus oponentes y sus formas heterodoxas, tampoco dijo nada.

Lo dicho: hay corridas que merecen ser prohibidas; aunque no sea más que para no se pierdan más aficionados…

ABC

<img src="http://www.portaltaurino.net/archivos/18961328200600.png"/>Por Andrés Amorós. La lidia de los mansos

Una hora antes del comienzo de la corrida, llega oficialmente el otoño, aunque, en Sevilla, seguimos disfrutando del veranillo de San Miguel. Para estos tres diestros, esta tarde supone un compromiso pero también una oportunidad. Un triunfo en Sevilla, ahora, sería el broche de oro para la temporada . Triunfar aquí supone quedar bien colocado, de cara a la temporada próxima, y, sobre todo, una enorme satisfacción personal, la justificación de muchas tardes.

Después del paseíllo, se guarda un minuto de silencio por Pirri, de ilustre familia taurina. procedente del matadero madrileño (como los Vázquez, del sevillano).

Por desgracia, los toros de Alcurrucén, serios, bien presentados, salen todos mansos: no se dejan torear con el capote, huyen, embisten distraídos, sin fijeza. Como son encastados, la primera parte del festejo mantiene su interés; la segunda se despeña ya en el abismo del aburrimiento.

En el haber de los diestros está su voluntad de triunfo; en el debe, el exceso de capotazos y querer aplicar a los toros una faena preconcebida. El público –incluso el de esta Plaza, tan entendido– no debe protestar a un toro sólo porque sea manso. La tauromaquia clásica lo afirmaba rotundamente: los mansos también tienen su lidia. Hay que saber dársela, eso sí, y saber apreciarla.

El Cid lleva tiempo luchando para recuperar el puesto de privilegio que antes tenía. No es tarea fácil. Conserva la clase, el buen concepto (eso, no se pierde). Le falta, a veces, la seguridad. No regatea decisión y ganas, esta tarde. El primer toro es un manso encastado que huye pero humilla. Lo sujeta bien por bajo, le saca una serie estimable de derechazos, con la mano baja; traga mucho, acaba sufriendo una fuerte voltereta. Ha hecho un notable esfuerzo.

El cuarto es incierto, deslucido, pega arreones, pone en dificultades a los banderilleros (se luce el Boni, quebrándolo a cuerpo limpio). Brinda al público, lo llama de lejos, luce buen estilo y decisión pero el toro se raja, saca peligro. (En ese momento, pienso, Domingo Ortega lo hubiera doblado con dos trallazos y le hubiera cogido el pitón). Todavía consigue buenos naturales. Al entrar a matar, el toro le pone los pitones en el pecho.

Sigue basando Castella su toreo en el valor sereno, impávido. El segundo toro es un manso suelto, distraído, que se duerme en la muleta. Recibirlo con estatuarios no muy parece adecuado para sujetarlo. Luego, le saca buenos derechazos, aprovechando las lentas embestidas. Se muestra seguro y valiente, sin aspavientos, pero el toro tarda en igualar.

El quinto, justo de fuerzas, manejable, recibe demasiados capotazos. Castella comienza con el pase cambiado (que tampoco sirve para sujetarlo). Le da distancia, aguanta parones, pero el toro apenas transmite. El diestro alarga la faena, como suele hacer. (En los dos toros ha recibido un aviso).

Daniel Luque sigue sin dar el paso, tantas veces pronosticado, para convertirse en una primera figura. Tiene cualidades para ello, sin duda. ¿Qué le falta: regularidad, motivación, serenar sus nervios? Alguna vez me ha hecho recordar la sonata «Appasionata», de Beethoven, tal era su arrebato… El tercer toro es otro manso que se frena en los capotes, huye, pero llega manejable a la muleta. Luque lo sujeta muy bien por bajo, consigue series de derechazos ligados, dejando la muleta en la cara. Es el momento más brillante del festejo pero el toro no da más de sí. Quizá Daniel le ha atacado demasiado. (Una anotación de Beethoven parece definir su estilo: «Atacca»). Quizá este toro hubiera servido más dándole distancia, atacándole menos. Entra a matar con decisión y el toro, encastado, se resiste a caer.

El último es un castaño huído al que también pegan demasiados capotazos. Cuando Luque se dobla con él, el toro alarga la gaita y flojea. Le saca algunos naturales, se justifica, pero la res ni repite ni transmite. Así, fríamente, con decepción, concluye la calurosa tarde. Los toros han sido mansos, sí, pero tenían su lidia. Como todos.

El sol del otoño ha dorado el albero. Los frutos ya están maduros. No hemos sentido la belleza de «los largos sollozos de los violines del otoño», que cantó Paul Verlaine. Pero sí el verso siguiente: «Suena la hora, me acuerdo de los días de antaño». Y eso que el poeta francés no hablaba de la lidia de los mansos ni estaba, esta tarde, en la sevillana Plaza de los Toros.

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. Simples ovaciones para Cid, Castella y Luque

Muerto el tercero de Alcurrucén, la plaza seguía igual que hora y 10 minutos atrás cuando se cumplían las 19:10 de la tarde. Los tres matadores que competían saludaron cada uno sus respectivas ovaciones desde el tercio con idéntico entusiasmo. Los toros de Alcurrucén, sin romper y con su frialdad de los tercios iniciales, cada cual con sus cosas para dejarse hacer en la muleta. A últimas a El Cid el suyo le pegó una voltereta en una indecisión en un pase de pecho. Hubo sus dudas sobre si el de Alcurrucén hubiera sido mejor a izquierdas como pareció apuntar en las dobladas, pero el maestro Luque decía que por el izquierdo miraba. Sí que fue a derechas en una aire mexicano y descafeinado el segundo en la mano lenta de Sebastián Castella, que inició faena por alto a un toro que no terminaba de humillar…

Luque toreó (o destoreó por su terrible colocación) un toro chorreado en verdugo de cara de los años 60. Así de engatillado. No duró mucho. Y lo que duró, salvo el inicio por bajo, para el olvido.

El cuarto, muy bajo y hechurado, como toda la bonita corrida hasta el momento, salió cornidelantero y con el genio dibujado en la cara. Y su momento de estallido total fue cuando le puso los pitones en el pecho de El Cid a la hora de matar. Guasa tela.

Como de otra corrida, saltó el número 3. Descarado, melocotón, bociblanco, calcetero, guapísimo, de andares huecos de atrás, boyancón y noble. Sebastián Castella estuvo mucho tiempo delante.

Al grandón y hondo sexto también le dieron mucha capa. Poca fijeza y desaborido. Se le agradeció a Luque la relativa brevedad.

EFE

Por Álvaro Rodríguez del Moral. Desdibujada impresión de El Cid, Castella y Luque en Sevilla

Hubo más teclas que tocar más allá del fondo manso -tan en Núñez- de un encierro variado y muy bien presentado que echó un toro de triunfo grande, el tercero, y dos ejemplares de buen fondo que debieron ser aprovechados más y mejor por una terna que llegaba a Sevilla con una tibia hoja de servicios.

La escasa entrada que registró el coso de la Maestranza fue otro certificado del momento que atraviesan esos tres toreros que en otros momentos más felices de su carrera habrían logrado convocar un aforo más nutrido. La accidentada tarde de El Cid se abrió con un imponente castaño albardado que salió abanto y haciendo cosas de manso. Eso sí, humillaba en el capote del diestro de Salteras y aunque huía hasta de su sombra hizo concebir esperanzas para un último tercio que sucedió a una lidia algo desordenada.

El Cid mostró sabor e intensidad en los doblones con los que inició su labor y el toro comenzó muy pronto a cantar ese fondo de calidad que su matador no terminó de extraer en una faena esforzada pero falta de rendimiento. Muy encima del toro, sin terminar de cogerle el aire, sufrió una espantosa voltereta que no tuvo consecuencias graves al quedar descubierto en el remate de una serie.

Después del porrazo llegaron los muletazos más vibrantes pero a esas alturas era imposible levantar un trasteo que remató de pinchazo y estocada. El sexto, que no pasó de informalete y distraído en los primeros tercios, cogió bríos en la muleta y permitió al Cid cuajarle un puñado de muletazos más entregados que lucidos resueltos en series cortas. No hubo más y el de Salteras volvió a cobrar dos porrazos al montar la espada.

Castella logró sentirse y expresarse brevemente con el segundo de la tarde, un toro de escasas fuerzas que no llegó a emplearse nunca en la muleta. Pero el francés logró torearlo despaciosamente, sintiéndose en una faena corta y muy templada que quedó diluida a la vez que el toro se desentendía de la muleta y el matador tardaba un mundo en pararle los pies para entrarle a matar.

Con el quinto, toro y torero se contagiaron la sosería en un trasteo largo e intrascendente al que le sobró gran parte del metraje.

No tuvo su tarde Daniel Luque. Para él fue el mejor ejemplar del encierro, un tercero de enorme profundidad y gran calidad al que sólo le faltó repetir algo más. El joven diestro de Gerena se perdió en una faena poco comprometida, siempre detrás de la mata, que desaprovechó la buena condición de su enemigo a pesar de algunos buenos muletazos sueltos a los que le faltó continuidad y, sobre todo, una colocación más comprometida.

Con el manejable y soso sexto, volvieron a sobrar las precauciones y la falta de confianza en sí mismo.


©Imagen: Sebastián Castella/Pagés.

Sevilla Temporada 2012.

sevilla_220912.txt · Última modificación: 2020/03/26 12:15 (editor externo)