FERNANDO BOTERO

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El pintor y el mundo de los toros Dos artes que se copian a sí mismos

Fredy Amariles 
Las primeras arenas de la Plaza de Toros la Macarena de Medellín fueron testigos de los fallidos intentos infantiles de Botero por ser un gran torero. Dos años bajo la tutela de Aranguito de nada sirvieron cuando las verónicas, los pases entrenados y la espada se paralizaron de horror ante la muerte que se le presentó cara a cara bajo la imagen de un novillo de 300 kilos de peso.



El tío Joaquín Angulo, quien le mostró las artes, las glorias y los mártires del mundo de la tauromaquia, lo entusiasmó para que se hiciera torero, pero no contó con el miedo, ese sentimiento cuya superación nos convierte en héroes o… en pintores, en el caso de Botero. 

El chico superó su temor con las acuarelas que vendía en la puerta de la Plaza de Toros o en el almacén de Junín donde el público compraba las boletas de entrada. Con el paso de los años y el desarrollo de su vocación artística, su afición por los toros se hizo manifiesta no sólo en la asistencia a las corridas sino en la estrecha amistad que ha hecho con los grandes maestros del toreo como Palomo Linares y César Rincón.



Los cuadros son reveladores. Una serie con 60 obras que recoge en su peculiar estilo todos los pormenores de la fiesta brava: desde los pases dramáticos de los toreros y sus estocadas mortales, hasta la propia sangre derramada en la arena por los artistas de la verónica y la espada.

Los óleos, acuarelas y dibujos descubren las hazañas de los picadores, los caballos, las danzas flamencas, los tendidos con sus personajes expectantes, los músicos, las majas, los trajes de fiesta y los abanicos en plazas llenas hasta las banderas de gente alborozada ante el ancestral espectáculo de la lidia, donde hombres y animales se juegan la ruleta de la muerte, mientras un público desaforado grita ¡Torero! ¡Torero!



Esa necesidad de identificación también lo devora en autorretratos, donde se ve como el torero-pintor que escribe con la tinta multicolor de su imaginación la interpretación poética y en movimiento de la vida y de la muerte en medio de las plazas agitadas por pitones, caballos, banderines y ¡Oléis! 

Esa pasión infantil por los toros que arrastra desde la década del 40, lo ha llevado también a ejecutar los magistrales carteles para las corridas de Sevilla, Madrid, Pamplona y a no perderse las temporadas en España y el sur de Francia, fuera de recibir con agrado los videos de corridas enviados por sus amigos cuando él no puede asistir.



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