La muerte reincidió en la Maestranza

En el XXV aniversario del trágico fallecimiento de Ramón Soto Vargas

El Correo de Andalucía, 13/09/2017. Por Álvaro R. del Moral. La Exposición Universal ya encaraba el último mes de un año que había gravitado en torno a la Isla de la Cartuja. Todo era excepcional en aquel mitificado 92 que cambió para siempre la piel de la ciudad y hasta las costumbres de los sevillanos. En la plaza de la Maestranza, que también remataba una campaña larga y atípica. Los números no habían salido tal y como se esperaban y el cuerno de la abundancia que prometía la Expo –en lo taurino– había pasado de largo en la plaza de la Maestranza, que había cubierto un largo y estéril calendario de festejos que ya vislumbraba el ansiado final. La muerte de Manolo Montoliú seguía pesando…

Era una novillada dominical sin demasiada trascendencia: Antonio Vázquez El Vinagre, Juan de Félix y Leocadio Domínguez estaban anunciados para matar un encierro del Conde de la Maza. El festejo, uno más, transcurría sin pena ni gloria hasta que saltó a la arena el tercero de la tarde, negro listón, de 458 kilos de peso y bautizado como Avioncito en el herradero de Arenales. El primer tercio se verificó sin relumbrón. Ramón Soto Vargas y Juan de Triana –fallecido hace un lustro– tomaron los palos para banderillear al novillo, que llamó la atención de las cuadrillas por sus pitones astifinos y el aire mansurrón que ya había marcado desde su encuentro con los caballos. Avioncito, que apretaba hacia los adentros, arrolló sin demasiado aparato al banderillero camero a la salida del tercer par. Fue entre las rayas de picadores, justo enfrente de las tablas del tendido siete.

El utrero le pasó por encima. Parecía que apenas le había tocado, una voltereta más de tantas; un porrazo sin importancia. El torero se levantó por su propio pie y llegó a andar algunos pasos vacilantes sin que nada hiciera presagiar la tragedia que se avecinaba en la antigua enfermería de la plaza de la Maestranza. Pero Ramón Soto Vargas acabaría desplomándose en brazos de los compañeros, que se lo llevaron en volandas a la vez que se desmadejaba. Para entonces su rostro había cambiado; la faz se había tornado cadavérica y su camisa empezaba a empaparse de sangre. El equipo médico, comandado por Ramón Vila, comenzaba una angustiosa carrera contra reloj que no tendría final feliz…

El festejo continuó normalmente y se saldó con el tibio balance de una vuelta al ruedo para El Vinagre, sendas ovaciones para Juan de Félix y dos vueltas al anillo para Leocadio Domínguez, jefe de filas del banderillero que se aún se debatía entre las orillas de la vida y la muerte. Se puso el sol y se retiraron las cuadrillas. En torno a las once de la noche se conoció el fatal desenlace, tres horas después del percance. Soto Vargas había sido sometido a varias transfusiones e incluso había podido ser reanimado después de entrar en parada cardíaca y haber perdido mucha sangre. Pero finalmente el corazón, que había sido alcanzado por el pitón, no pudo aguantar más. «Dos cornadas y las dos en el corazón», señaló Ramón Vila, demudado, al salir del quirófano.

La muerte de Montoliú, de alguna manera, marcó el protocolo fúnebre. La sala de prensa de la plaza de toros volvió a ser improvisada capilla ardiente mientras la radio alertaba a los hombres del toro. La muerte del valenciano ya había sacudido como un mazazo a este singular planeta pero el último aliento de Ramón Soto Vargas, el honesto y querido banderillero de Camas, había dejado rota, inconsolable, a la familia taurina de Sevilla.

Ramón Soto Vargas sumaba en sus apellidos dos dinastías taurinas de Camas. Su padre fue el picador Alfonsillo de Camas y los nombres de sus tíos Salomón y Nicolás Vargas aún resuenan en las tertulias de los viejos aficionados. Había querido ser torero de alternativa en su juventud aunque acabó encaminando sus pasos a las filas de plata en las que pronto destacó como un sobrio y seguro lidiador y un eficaz banderillero a las órdenes de matadores como Antoñete, Rafael de Paula y Curro Romero. Contaba 39 años, estaba casado y tenía dos hijos.

Pasaron dieciocho años de aquel 13 de septiembre de 1992. Su sobrino carnal Alfonso Oliva Soto fue anunciaron en la plaza de la Maestranza con un corridón del Conde de la Maza. Brindó al cielo y cortó una oreja que supo a venganza torera. Hace sólo unos días volvió a invocar su memoria encerrándose con cuatro toros de distinta condición. Cuajó a los cuatro; indultó al último. El apellido sigue luchando por encontrar su propio sitio.

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