“¡Luchad por la Libertad!” (Companys)

Por Antonio Fernández Casado (*). Hasta los largos años de la postguerra, la fiesta de los toros, junto a las representaciones teatrales y los partidos de pelota vasca, eran los principales espectáculos de masas de las principales ciudades españolas. Posteriormente se popularizaría el juego del balompié. Durante siglos las corridas de reses bravas tenían como único escenario las plazas mayores de las principales villas. La plaza de toros como escenario especializado no se inventó hasta la segunda mitad del siglo XIX. Por otro lado, la cría de ganado fiero era y es, fundamentalmente, una actividad ganadera –y económica- que durante siglos ha contribuido a la conservación de una especie animal única: el toro de lidia. Sin la Lidia esta variedad animal no tendría otro sentido que no fuera el circo, o su exposición en El Parc Zoològic de Barcelona; como no tendría utilidad las vastísimas extensiones de terreno, en estado natural, en las que habitan esta variedad bovina.

Un intelectual tan poco sospechoso como Ortega y Gasset (La Caza y los Toros), recordó como el toro de lidia es el último descendiente del Uro salvaje, de procedencia europea, desaparecido en la primera parte del siglo XVII. El Bos primigenius, el más parecido al actual toro de lidia, según numerosos historiadores, es el mismo que aparece inmortalizado en las pinturas rupestres de Altamira. Prohibir las corridas de toros conlleva la desaparición del toro bravo, del toro de lidia.

A lo largo de los dos últimos siglos, con corridas de reses bravas se han realzado las principales efemérides públicas. Con fiestas de toros se conmemoraban las más importantes festividades religiosas, políticas y efemérides reales. Con funciones taurino patrióticas se han recaudado fondos para sufragar los efectos que causaban las guerras de Filipinas, Cuba o del norte de África. Con festivales taurómacos se ayudaba a sobrevivir a las familias de los marinos del norte de España que perecían en las galernas. Con celebraciones toreras se ha ayudado al sostenimiento de numerosas instituciones caritativas públicas: casas de misericordia y hospitales en todas las localidades hispanas, a lo largo de décadas.

La tradición taurina del pueblo catalán ofrece uno de sus mejores ejemplos los días siguientes al estallido de la guerra civil. El 16 de agosto de 1936 se reanudó la actividad en la plaza de toros Monumental, festejo que presidió, Lluis Companys, quien recibió el preceptivo brindis de los principales actores del festival –Curro Caro, “Pedrucho de Eibar”, Juan Luís de la Rosa, “Morenito de Valencia”, Suárez Merino y “Faraón”–. El espectáculo, promovido por la sección catalana de la asociación de Picadores y Banderilleros, que había incautado el coso, perseguía la obtención de fondos para ayudar al sostenimiento de las Milicias Antifascistas y Hospitales de Sangre. Los barceloneses abarrotaron las localidades de sol y solo en parte las sombreadas.

Antes de comenzar la diversión, la Banda de Música Municipal interpretó los compases musicales de Las Golondrinas, La Santa Espina, la Jota de La Dolores, los himnos de Riego, Els Segadors y La Internacional. Los cánticos políticos, los escucharon los asistentes puestos en pie y con el puño en alto. Una vez concluido el concierto musical, la Banda de la Cruz Roja encabezó la vuelta al redondel, secundados por un escuadrón de caballería de las Milicias Populares, una banda de trompetas, dos compañías de milicianos y, cerrando el cortejo, las cuadrillas de toreros. La aparición del Companys en el palco director fue saludada con los acordes de Els Segadors. Las plateas cercanas estaban ocupadas por los mandos de las fuerzas de orden público leales a la Generalitat. Tras arrastrar al cuarto burel aparecieron sobre la arena las tropas populares, las cuales se detuvieron debajo de la tribuna; momento que aprovechó Companys, para arengar a los asistentes: “¡Viva la guerra contra el fascismo!, ¡Luchad por la Libertad! “Como clausura del acto, Ricardo Sanz, líder de la CNT, que ocupaba el balconcillo contiguo, también arengó a los espectadores.

Este festejo, mereció el fino análisis de Indalecio Prieto, publicado en el diario Informaciones, quien resaltó la importancia de este tipo de conmemoraciones, que: “sirvió para que, hermanados catalanistas, personificados en Luís Companys, sindicalistas, socialistas y la llamada afición de a pie es decir, el pueblo, con todas sus virtudes y todos sus defectos, contribuyeron al fin que se perseguía”.

La actividad tauromáquica en la plaza Monumental se mantuvo vigente los meses siguientes. En octubre, atracó en el puerto barcelonés el buque ruso Zyrianin, que transportaba 3.000 toneladas de víveres enviadas por los trabajadores moscovitas; suceso que se convirtió en la excusa para promover un nuevo festival taurino –Rafael “El Gallo”, Fernando Domínguez y Fuentes Bejarano–. Los primeros días de abril de 1937, en este mismo coso se promovió otro espectáculo taurómaco, en solidaridad con los defensores de Madrid. Y en el mismo escenario, el 12 de mayo, se programó un festival de homenaje al Gobierno de Euskadi, que estoquearon, el “El Niño de la Estrella”, quien recibió la alternativa de manos del guipuzcoano “Pedrucho de Eibar”, en presencia del vizcaíno Jaime Noáin; evento que contó con la presencia de Ernest Hemingway.

(=) Antonio Fernández Casado, empresario y reconocido aficionado, es autor de los libros “Toreros de Hierro. Diccionario de Toreros vizcaínos” (Bilbao, 1992) y de la biografía de “Cocherito de Bilbao” (Bilbao, 2005). La versión original de este artículo se publicó en la revista taurina 6 Toros 6, en su número correspondiente a la semana del 18 de agosto de 2010.