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Argumentos en defensa del toreo. Por Jesús Zamora

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CON DIVISA VERDE Y ORO: ARGUMENTOS EN DEFENSA DEL TOREO

1. MATAR UN ANIMAL NO ES UN MAL PARA ÉL

Los animales (tal vez con la excepción de los elefantes) no son conscientes de que pueden morir, ni parece que sean capaces de comprender siquiera la noción de estar muerto. Ellos sufren por el dolor o el estrés, pero, al contrario que los humanos, no añaden al sufrimiento de estar experimentando un dolor, la agonía que sentimos los humanos al pensar que ese dolor puede conducirnos a la muerte. Una muerte súbita e indolora no representa, por lo tanto, ningún "mal" desde el punto de vista del animal que muere. Y el hecho de morir al final de un proceso doloroso no representa absolutamente ningún mal "añadido" al del dolor experimentado en el proceso.

¿Qué consecuencias sacar de esta tesis?

Con respecto a la fiesta de los toros, una muy importante. Imaginemos que las corridas no terminaran con la muerte del toro, sino que, tras las banderillas, el picado y los pases, cada toro fuese devuelto a su dehesa, a retozar tranquilamente como había hecho durante los cinco o seis años anteriores. La experiencia con numerosos toros indultados (antes sobrevivían menos, por la infección de las heridas, pero ahora se les trata con antibióticos enseguida), que se valoran como los mejores sementales, muestra que les quedan pocas o ninguna secuela (de hecho, seguramente para el toro produce mucha más ansiedad psicológica la experiencia de ser transportado en camión que la pelea en la plaza: para lo segundo, su sistema cognitivo está preparado con la respuesta oportuna (el ataque), mientras que para lo primero, no). Si esto fuese lo habitual, no nos parecería que el toro que ha sido toreado es un animal que, en general, ha recibido un trato cruel, en comparación con la vida y la muerte de otros animales (p.ej., el pescado, que muere por asfixia; las serpientes que se comen en china y que se pelan vivas; los tiburones a los que se cortan las aletas y se devuelven al mar; los piojos a los que intoxicamos con venenos; etc.).

Es decir, gran parte del rechazo visceral (ciertamente, no todo) que experimentan los críticos de la fiesta ante el trato que reciben los toros se debe al hecho de que el toro MUERE. Pero esto, como digo, no es un mal PARA EL TORO, al contrario que las otras causas de sufrimiento que se el infligen, pero que, si no acabaran en la muerte, seguramente no se considerarían TAN graves.

Por supuesto, el argumento sirve, aún más que para la defensa del toreo, para la defensa del sacrificio de animales con fines económicos (alimentación, vestido, etc.): el hecho de que los animales MUERAN para aprovechar su carne y su piel no es un mal para los animales. Lo que sí es un mal es el sufrimiento que se les causa ANTES de su muerte; así pues, en la medida en que se evite dicho sufrimiento, el consumo de animales no es moralmente condenable.

2. LA IMPLAUSIBILIDAD DE UN PACTO SOCIAL MAXIMALISTA SOBRE LOS DERECHOS ANIMALES

Ya dijo Tertuliano que el "alma es cristiana por naturaleza", lo que se ha confirmado con el descubrimiento de las neuronas espejo. No es que nuestro cerebro venga equipado de serie para descubrir la verdad de los dogmas del credo niceno (supongo que, para eso, tendría que ser un mac), sino que el mandato cristiano por antonomasia (y todo lo demás son virus) es el de "amaos los unos a los otros", y, en sabiendo el Creador que tal cosa habría de ser difícil por narices, nos introdujo un applet que nos haría sufrir por el sufrimiento ajeno y regocijarnos por la alegría ajena. Naturalmente, entre tanto cableado no todo iba a marchar como una seda (mecachis, si es que vamos a ser windows al final), y el funcionamiento de las neuronas espejo dista mucho de ser tal como habría querido mi tocayo más famoso, tanto, que no le quedaron más uebos que bajar a recordárnoslo. El caso es que todos (salvo excepciones) podemos experimentar por nosotros mismos cómo sentimos que se nos contrae el escroto o la parte inguinal cuando vemos a alguien recibir un golpe en el mismo sitio, o cómo nos compadecemos por la heroína de una novela que está siendo maltratada por sus antagonistas, pero también cómo nos regodeamos cuando alguien que nos cae como una patada en el hígado fracasa en alguno de sus planes.

El fenómeno de la compasión es tan fuerte desde el punto de vista emocional, de todas formas, que, quizá con la excepción de los fremanianos, todos tendemos a sufrir con el sufrimiento de los demás, y tanto más cuanto más inmerecido nos parezca. A lo largo de la historia, las sociedades han hecho auténticas virguerías de ingeniería pedagógica para evitar que sintiéramos demasiada compasión por los sujetos "incorrectos" (enemigos, esclavos, subordinados, animales destinados al consumo o al sacrificio, e incluso nuestros propios familiares cuando eran llamados a "morir por la patria"), de modo que la compasión no se hiciese en dichos casos con el control de nuestra conducta. Pero una de las pocas cosas relativamente seguras que podemos afirmar sobre el progreso de la historia es que se ha ido extendiendo el alcance jurídico de la compasión, de tal modo que cada vez más formas de causar sufrimiento a los demás han sido condenadas legalmente, y cada vez más formas de evitar el sufrimiento de los demás o de fomentar su satisfacción han sido promovidas por la organización de la sociedad.

Como todo el mundo que haya tenido algún cachorrito sabrá, el funcionamiento de nuestras neuronas espejo no está limitado por la consideración de los miembros de nuestra especie (ni siquiera por la de los seres vivos: también sentimos compasión y alegría por seres imaginarios, y hasta por artefactos), sino que nos apena, a veces muy profundamente, el sufrimiento de los animales. Dado que todo aquello que nos haga de alguna manera sufrir es susceptible de ser prohibido o limitado legalmente (p.ej., el abandono de basuras en la Antártida), es obvio que las sociedades pueden razonablemente legislar sobre la evitación del sufrimiento de los animales, como así lo han hecho la mayoría de los países. Pero hay una razón (bueno, son varias, pero hoy me centraré sólo en una) por la que me temo que esa legislación nunca llegará al extremo de considerar cualquier "maltrato" a un animal como igual de condenable que un maltrato análogo ejercido sobre un ser humano.

Se trata del hecho de que los derechos de los seres humanos a no sufrir maltrato han sido promovidos a lo largo de la historia mediante el mecanismo de la reciprocidad, pues no hemos de olvidar el elemento esencialmente contractual de todas las legislaciones. Al fin y al cabo, la sensación de "obviedad" y de "verdad profunda" que el contenido de un derecho puede producir en algunas personas cuando piensan en él no es un fundamento suficiente para que el tal derecho sea convertido en ley: para esto último, tienen que estar de acuerdo también quienes no lo consideran como tan evidente, o en quienes el convencimiento no llega a ser tan intenso como para disuadirles de lo adecuado de algunas posibles excepciones.

Así que los derechos humanos son, en definitiva, el resultado de un "pacto de no agresión y ayuda mutua": yo te respeto y te ayudo, a cambio de que tú me respetes y ayudes. El problema con respecto a los derechos de los animales no es la trivialidad de que éstos no pueden hacer, ni siquiera pensar, un pacto semejante con las personas, sino el hecho de que muchos seres humanos no tendrán interés en sellar "un pacto de no agresión a los animales" con los seres humanos defensores de los animales.

Es decir, aunque es cierto que el poder de nuestras neuronas espejo en hacer que nos compadezcamos del sufrimiento ajeno nos conduce a la solidaridad con otros seres, esta solidaridad está limitada por dos cosas: por la intensidad de nuestro compadecimiento (que, p.ej., es habitualmente mayor hacia los niños humanos que hacia las ratas, y hacia los miembros de nuestra familia que hacia otras personas), y por la fuerza de nuestros demás deseos. Así, yo puedo razonablemente esperar que mis congéneres firmen conmigo un pacto por el que me comprometo a no perjudicarles, a cambio de un compromiso igual por su parte, porque deseo intensamente no ser agredido por ellos, y el pacto es una forma de conseguirlo. Pero, en cambio, no tengo necesariamente un incentivo igual de fuerte para firmar un pacto de no agresión a los mosquitos con un jainista, pues no siento compasión por los insectos en la misma medida que él, y tengo interés en evitar las molestias que los mosquitos me producen.

3. NO ES POR SU CAPACIDAD DE SUFRIR POR LO QUE LOS SERES NOS MERECEN RESPETO.

El carroñeo nos parece una forma de alimentación moralmente aceptable (aunque poco higiénica, lo reconozco), salvo cuando los cuerpos que carroñeamos son humanos (eso sólo lo nos parecería admisible en casos de extremísima necesidad). Es decir, el cadáver humano nos parece más digno de respeto que el cadáver de un animal.

Pero, obviamente, ninguno de los dos cadáveres sufre absolutamente nada por el hecho de que nos alimentemos de él.

¿Qué tiene esto que ver con el toreo (veo que os estáis preguntando ya, ansiosillos), donde el problema moral fundamental se plantea precisamente porque el toro está vivo y sufre?

Pues tiene que ver porque el ejemplo de los límites morales del carroñeo nos señala hacia el hecho de que AQUELLO que nos hace experimentar respeto hacia los humanos NO ES si sufren o no, ni siquiera si tienen la capacidad de sufrir, sino alguna otra cosa (¿el qué?, no lo sé; imagino que algún efecto de nuestro cableado neuronal, que tiene que ver con el reconocimiento de nuestros semejantes), que nos hace distinguir entre "humanos-(y-por-lo-tanto-dignos-de-respeto-moral)" y "no-humanos-(y-por-lo-tanto-menos-dignos-de-respeto)". Es DESPUÉS de haber establecido esta distinción, que las consideraciones sobre QUÉ acciones o hechos suponen una "falta de respeto" entran en juego.

Por supuesto, esa intrincada maraña de cables y chips neuronales que nos hace experimentar emociones morales, puede ser modulada por el entorno, y, de hecho, podemos llegar a sentir una gran repugnancia por alimentarnos de animales con los que hemos estado jugando y a los que hemos cogido cariño (todo este tema me recuerda y reconfirma en la hipótesis de que el instinto moral procede evolutivamente del instinto de la náusea), como también hay casos de culturas que han instituido el canibalismo (aunque normalmente en ausencia de otras fuentes asequibles de proteínas, y rodeando el consumo de carne humana de unas prácticas protocolarias muy especiales), pero todo ello no obsta para que, en general, clasifiquemos a los animales como "posible comida" y a los humanos no, y por tanto, a los segundos como más merecedores de respeto que los primeros.

4. SI EL TOREO NO EXISTIERA, HABRÍA QUE INVENTARLO (RAWLS DIXIT).

Seguimos con la serie de argumentos en defensa del toreo. Hoy me voy a poner un poco rawlsiano. Como sabréis, el filósofo John Rawls es conocido por su criterio de justicia conocido como "la hipótesis de la posición original", o más popularmente, "el velo de la ignorancia": un sistema social, una ley, etc., son "justos", si se da el caso de que los aceptaríamos bajo el supuesto de que ignorásemos totalmente en qué puesto de la sociedad, o de la distribución de renta y riqueza, fuésemos a quedar una vez que se implementara dicho sistema, ley, etc. (No es que yo esté muy de acuerdo con este criterio como definición del concepto de justicia, pero creo que capta relativamente bien el modo en que nuestra mente funciona a la hora de clasificar las situaciones como justas o injustas).

En el caso del toreo, la pregunta rawlsiana sería más o menos la siguiente: si te fueras a reencarnar en tu próxima vida en algún animal no humano, ¿en cuál te gustaría reencarnarte?; o, un poco más sutil, ordenando a los distintos tipos de animales desde aquel en el que más te gustaría reencarnarte, a aquel en el que menos, ¿dónde colocarías a los toros de lidia, más bien hacia arriba, hacia abajo, o por el medio?

Y todavía más sutil: imagínate que haces dos clasificaciones de animales como la de la última pregunta: una suponiendo que existe el toreo, y otra suponiendo que no existe. Ante estas dos ordenaciones, el malévolo croupier que organiza el cotarro de la "posición original" te hace la propuesta siguiente: si eliges la clasificación en la que existe el toreo, te tocará ser un toro de lidia (no es seguro que te toreen; tienes tantas posibilidades de ser toreado como las que tienen de hecho los toros individuales, pues no todos ellos acaban en una plaza); si eliges la clasificación en la que no existe el toreo, tienes la misma probabilidad de acabar siendo cualquiera de los animales de la clasificación. Ante estas dos opciones, ¿elegirías la lista de animales con toreo (y acabarías siendo un toro)?, ¿o elegirías la otra lista (y podrías acabar siendo un animal de cualquiera de los otros millones de especies)?

Lo relevante para hacer esta elección es pensar cómo es de apetecible la vida de cada tipo de animal. Naturalmente, lo importante no es cómo nos parece a nosotros de apetecible esa vida si siguiéramos teniendo nuestras propias preferencias, sino cómo es de apetecible desde el punto de vista del animal. Conviene recordar que la principal causa de muerte de los herbívoros es el ser cazados y devorados (lo que, normalmente, no es mejor que ser toreado, con la diferencia de que se pasan la vida huyendo de los cazadores y peleando con ellos... hasta que la última vez). La principal causa de muerte de los carnívoros, es, por el contrario, el HAMBRE (una vida buscando jodidamente cosas para comer, a menudo sin éxito, y al final morir por una dolorosa infección provocada por una pelea o un accidente o una enfermedad, o de pura inanición, no me parece nada envidiable). En cambio, el toro de lidia vive sin preocupaciones, con toda la comida que pueda querer, sin enemigos, y todo a cambio de unos breves minutos de pelea (peleas sangrientas, por cierto, que no dejarían de darse si los toros vivieran una vida salvaje, tanto contra los depredadores como contra otros machos).

En mi caso, yo no sé si elegiría la vida del toro para mi próxima reencarnación, pero sí que estoy seguro de que la colocaría entre las primeras (de entre los varios millones de posibles variantes). Y en la elección propuesta por el croupier malévolo, casi estoy seguro de que elegiría la lista con toros de lidia que la otra. Esto último es lo más importante: la vida (típica) de un toro de lidia me parece más aceptable que la vida (típica) de un animal; eso significa que, si creásemos la institución del toreo en un mundo en el que esta institución no existiera, estaríamos aumentando el bienestar de los animales.

Y aquí no vale el contraargumento de que "estaríamos aumentando el bienestar de unos animales a costa del sufrimiento de otros", porque es la introducción de cierto tipo de animales -o un cambio en su modo de vida y de muerte- la que aumenta el bienestar medio de todos ellos, es decir, lo que estamos haciendo es aumentar el bienestar medio de los animales, aumentando el bienestar de una de sus especies o razas; en realidad, lo que hacemos es aumentar el bienestar medio de la mayoría de los miembros de esa especie -el toro de lidia-, proporcionándoles una larga vida muy cómoda, a cambio de un rato de sufrimiento a algunos de los miembros de la especie, sufrimiento que (¡incluso considerando sólo el rato de la lida!) NO ES MAYOR que el que esos animales tendrían ocasionalmente en una "vida salvaje".

Por lo tanto, puesto que la institución del toreo incrementa el bienestar de los animales (con respecto a la situación en la que no existiría el toreo), se sigue que es justa la existencia del toreo.

(*) Jesús Zamora Bonilla. Catedrático de Filosofía. Vicerrector de Planificación y Asuntos Económicos de la UNED. Director del postgrado en Periodismo científico y comunicación científica. Junio/2010.

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La silla de Morante en Nimes. Por Antonio Burgos

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Morante en Nimes, cumbre. La silla de Morante en Nimes, una mierda de silla. Para llamar a los de Reto o a Merkausado, y que se la lleven.

—Y no se la llevan, ¿quién va a querer esa silla?

Un horror de silla. Una horterada. Hombre, sobre todo considerando la idea que tenemos todos de cómo debe ser una silla en un ruedo taurino, si el matador la pide para banderillear desde ella o para sentarse e iniciar con ayudados por alto la faena de muleta.¿Tanto cuesta mandar por Seur una silla de Quidiello como Dios manda hasta Nimes? Porque si Morante pensaba torear por el plan antiguo e iniciar sentado la faena de muleta al toro de Juan Pedro Domecq (que seguro que lo tendría más que pensado, pues no tiene un pelo ni de tonto ni de loco), él o su equipo deberían haberlo previsto. Pero, claro, ¿qué se le va a pedir a Curro Vázquez, que no sabe lo que es una silla sevillana de enea ni quién es Quidiello?

Una silla en una plaza de toros. ¡Lo seria que es una silla en una plaza de toros! ¿Usted no ve el solio pontificio de Benedicto XVI en Roma? Algo así, pero de enea. De enea y de palo, ¿eh? ¿Se sienta acaso en una silla de Merkamueble el guitarrista que acompaña al cantaor? ¿Pasa el Gran Poder cuando de Madrugada entra en La Campana ante unas sillas de Ikea que ha montado un manitas del Consejo? Las sillas del arte andaluz, del sentimiento de nuestra tierra, están perfectamente codificadas. Una de las tropelías que se hicieron en la Catedral con Amigo Vallejo fue precisamente quitar las clásicas sillas de enea y poner en el crucero unas filas de asientos negros de plástico que parece que estás en un aeropuerto esperando la salida de tu vuelo.

Yo me acuerdo haber visto de chaval una silla en la plaza de toros de Sevilla. La pidió el loquito de Manuel Álvarez «El Bala» para poner banderillas sentado, igual que las ponía con la boca, partiendo además los palos, que yo no sé cómo los garapullos no le pegaban una cornada con su madera como la del pobre Julito Aparicio. El loco de El Bala ponía las banderillas con el velo del paladar. Y la silla que pidió para banderillear se la bajó Elías el barbero del palco del Aero. Una magnífica silla de enea. Se la sacó un banderillero al tercio, la cogió El Bala, se sentó en ella con los palos en la mano, citó al toro, se arrancó el toro, se le coló por el izquierdo, se levantó Manuel, y el toro le pegó tal tarascada a la silla, que la silla fue a tomar por saco al callejón, hecha pedazos. Porque a los toros les gustan las sillas de enea de toda la vida. En cambio esa silla horrorosa que sacó Morante en Nimes, ni la tocó el toro. ¿De qué la va a tocar el toro? ¿Usted no ve que el toro era de Juan Pedro, y los que cría el ganadero que se está dejando pinta de espadachín viejorro de Pérez Reverte son toros artistas con mucho sentido estético y detestan estas horteradas de sillas de puticlú?

Morante, que ve más vídeos antiguos de la cuenta, quería seguramente revivir lo de Rafael el Gallo toreando desde la silla. O lo de Antonio Carmona «El Gordito» en las láminas de «La Lidia». Le sobró arte y compás, hondura, esencia: cumbre, como cuentan las crónicas. Pero le faltó silla. Esa silla que sacó Morante en Nimes la he visto yo en un salón de bodas, horroroso de hortera, que hay por Alcalá del Río. Esa silla la he visto yo en «Cine de Barrio»: la silla donde se sentaba el pianista argentino parguelón que ahora se ha peleado con Paradas. Es una silla como del Hotel Ex Colón o del Bar Ex Laredo, qué horror. Si Morante quiere sentar cátedra y ocupar el trono vacío del toreo según Sevilla, de momento tiene que irse buscando otra silla. Para que así ocurra cuanto antes, algunos, en nuestra orfandad currista, incluso estamos dispuestos a pagarle el porte y mandar por Seur 10 una silla de Quidiello como Dios manda a la plaza que Morante nos diga. ABC, 25-05-10

 

Torear y otras maldades. Por Mario Vargas Llosa

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El intento de prohibir las corridas de toros en Cataluña ha repercutido en medio mundo y, a mí, me ha tenido polemizando en las últimas semanas en tres países en defensa de la fiesta ante enfurecidos detractores de la tauromaquia. La discusión más encendida tuvo lugar en la noche de Santo Domingo -una de esas noches estrelladas, de suave brisa, que desagravian al viajero de la canícula del día-, en el corazón de la Ciudad Colonial, en la terraza de un restaurante desde la que no se veía el vecino mar, pero sí se lo oía.

Alguien tocó el tema y la señora que presidía la mesa y que, hasta entonces, parecía un modelo de gentileza, inteligencia y cultura, se transformó. Temblando de indignación, comenzó a despotricar contra quienes gozan en ese indecible espectáculo de puro salvajismo, la tortura y agonía de un pobre animal, supervivencia de atrocidades como las que enardecían a las multitudes en los circos romanos y las plazas medievales donde se quemaba a los herejes. Cuando yo le aseguré que la delicada langosta de la que ella estaba dando cuenta en esos mismos momentos y con evidente fruición había sido víctima, antes de llegar a su plato y a sus papilas gustativas, de un tratamiento infinitamente más cruel que un toro de lidia en una plaza y sin tener la más mínima posibilidad de desquitarse clavándole un picotazo al perverso cocinero, creí que la dama me iba a abofetear. Pero la buena crianza prevaleció sobre su ira y me pidió pruebas y explicaciones.

Escuchó, con una sonrisita aniquiladora flotándole por los labios, que las langostas en particular, y los crustáceos en general, son zambullidos vivos en el agua hirviente, donde se van abrasando a fuego lento porque, al parecer, padeciendo este suplicio su carne se vuelve más sabrosa gracias al miedo y el dolor que experimentan. Y, sin darle tiempo a replicar, añadí que probablemente el cangrejo, que otro de los comensales de nuestra mesa degustaba feliz, había sido primero mutilado de una de sus pinzas y devuelto al mar para que la sobrante le creciera elefantiásicamente y de este modo aplacara mejor el apetito de los aficionados a semejante manjar. Jugándome la vida -porque los ojos de la dama en cuestión a estas alturas delataban intenciones homicidas- añadí unos cuantos ejemplos más de los indescriptibles suplicios a que son sometidos infinidad de animales terrestres, aéreos, fluviales y marítimos para satisfacer las fantasías golosas, indumentarias o frívolas de los seres humanos. Y rematé preguntándole si ella, consecuente con sus principios, estaría dispuesta a votar a favor de una ley que prohibiera para siempre la caza, la pesca y toda forma de utilización del reino animal que implicara sufrimiento. Es decir, a bregar por una humanidad vegetariana, frutariana y clorofílica.

Su previsible respuesta fue que una cosa era matar animales para comérselos y así poder sustentarse y vivir, un derecho natural y divino, y otra muy distinta matarlos por puro sadismo. Inquirí si por casualidad había visto una corrida de toros en su vida. Por supuesto que no y que tampoco las vería jamás aunque le pagaran una fortuna por hacerlo. Le dije que le creía y que estaba seguro que ni yo ni aficionado alguno a la fiesta de los toros obligaría jamás ni a ella ni a nadie a ir a una corrida. Y que lo único que nosotros pedíamos era una forma de reciprocidad: que nos dejaran a nosotros decidir si queríamos ir a los toros o no, en ejercicio de la misma libertad que ella ponía en práctica comiéndose langostas asadas vivas o cangrejos mutilados o vistiendo abrigos de chinchilla o zapatos de cocodrilo o collares de alas de mariposa. Que, para quien goza con una extraordinaria faena, los toros representan una forma de alimento espiritual y emotivo tan intenso y enriquecedor como un concierto de Beethoven, una comedia de Shakespeare o un poema de Vallejo. Que, para saber que esto era cierto, no era indispensable asistir a una corrida. Bastaba con leer los poemas y los textos que los toros y los toreros habían inspirado a grandes poetas, como Lorca y Alberti, y ver los cuadros en que pintores como Goya o Picasso habían inmortalizado el arte del toreo, para advertir que para muchas, muchísimas personas, la fiesta de los toros es algo más complejo y sutil que un deporte, un espectáculo que tiene algo de danza y de pintura, de teatro y poesía, en el que la valentía, la destreza, la intuición, la gracia, la elegancia y la cercanía de la muerte se combinan para representar la condición humana.

Nadie puede negar que la corrida de toros sea una fiesta cruel. Pero no lo es menos que otras infinitas actividades y acciones humanas para con los animales, y es una gran hipocresía concentrarse en aquella y olvidarse o empeñarse en no ver a estas últimas. Quienes quieren prohibir la tauromaquia, en muchos casos, y es ahora el de Cataluña, suelen hacerlo por razones que tienen que ver más con la ideología y la política que con el amor a los animales. Si amaran de veras al toro bravo, al toro de lidia, no pretenderían prohibir los toros, pues la prohibición de la fiesta significaría, pura y simplemente, su desaparición. El toro de lidia existe gracias a la fiesta y sin ella se extinguiría. El toro bravo está constitutivamente formado para embestir y matar y quienes se enfrentan a él en una plaza no sólo lo saben, muchas veces lo experimentan en carne propia.

Por otra parte, el toro de lidia, probablemente, entre la miríada de animales que pueblan el planeta, es hasta el momento de entrar en la plaza, el animal más cuidado y mejor tratado de la creación, como han comprobado todos quienes se han tomado el trabajo de visitar un campo de crianza de toros bravos.

Pero todas estas razones valen poco, o no valen nada, ante quienes, de entrada, proclaman su rechazo y condena de una fiesta donde corre la sangre y está presente la muerte. Es su derecho, por supuesto. Y lo es, también, el de hacer todas las campañas habidas y por haber para convencer a la gente de que desista de asistir a las corridas de modo que éstas, por ausentismo, vayan languideciendo hasta desaparecer. Podría ocurrir. Yo creo que sería una gran pérdida para el arte, la tradición y la cultura en la que nací, pero, si ocurre de esta manera -la manera más democrática, la de la libre elección de los ciudadanos que votan en contra de la fiesta dejando de ir a las corridas- habría que aceptarlo.

Lo que no es tolerable es la prohibición, algo que me parece tan abusivo y tan hipócrita como sería prohibir comer langostas o camarones con el argumento de que no se debe hacer sufrir a los crustáceos (pero sí a los cerdos, a los gansos y a los pavos). La restricción de la libertad que ello implica, la imposición autoritaria en el dominio del gusto y la afición, es algo que socava un fundamento esencial de la vida democrática: el de la libre elección.

La fiesta de los toros no es un quehacer excéntrico y extravagante, marginal al grueso de la sociedad, practicado por minorías ínfimas. En países como España, México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y el sur de Francia, es una antigua tradición profundamente arraigada en la cultura, una seña de identidad que ha marcado de manera indeleble el arte, la literatura, las costumbres, el folclore, y no puede ser desarraigada de manera prepotente y demagógica, por razones políticas de corto horizonte, sin lesionar profundamente los alcances de la libertad, principio rector de la cultura democrática.

Prohibir las corridas, además de un agravio a la libertad, es también jugar a las mentiras, negarse a ver a cara descubierta aquella verdad que es inseparable de la condición humana: que la muerte ronda a la vida y termina siempre por derrotarla. Que, en nuestra condición, ambas están siempre enfrascadas en una lucha permanente y que la crueldad -lo que los creyentes llaman el pecado o el mal- forma parte de ella, pero que, aun así, la vida es y puede ser hermosa, creativa, intensa y trascendente. Prohibir los toros no disminuirá en lo más mínimo esta verdad y, además de destruir una de las más audaces y vistosas manifestaciones de la creatividad humana, reorientará la violencia empozada en nuestra condición hacia formas más crudas y vulgares, y acaso nuestro prójimo. En efecto, ¿para qué encarnizarse contra los toros si es mucho más excitante hacerlo con los bípedos de carne y hueso que, además, chillan cuando sufren y no suelen tener cuernos?. El País, 18/04/2010.

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