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Los toros y el PP. Por Beatriz Gimeno

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Los toros y el PP. Por *Beatriz Gimeno

Un amigo me ha dicho que sería mejor no confesar lo que estoy a punto de confesar aquí; me ha dicho que perderé amigos/as, que mucha gente me verá de otra manera, que alguno incluso dejará de hablarme, que me calle vamos. Pero callarme no es lo mío, en ninguna circunstancia. Así que ahí va: me gustan los toros. Aunque a mí me gustan los toros ni se me pasa por la cabeza discutir de este asunto con quien no le gusten o sea antitaurino. Me gustan los toros y tengo algún argumento para defenderlos que no voy a explicitar aquí (ninguno de los que se aireen comúnmente). Comprendo también los argumentos de los antitaurinos, ¿qué persona bien nacida no los comprendería? Pero me molestan los argumentos simples, como que los taurinos vamos a la plaza a ver una tortura o que no nos gustan los animales. No digamos ya que somos españolistas, odiamos a los catalanes o somos de derechas. Me gustan los toros, soy de izquierdas, no soy españolista, y me gustan los animales hasta el punto de que soy socia (de las que pagan) de dos asociaciones dedicadas a su defensa (no digo el nombre para que no me echen). Rosa Montero, furibunda antitaurina, suele contar que su padre era torero y que ella da fe de que amaba profundamente a los animales. Las cosas son siempre más complejas de lo que parecen y los argumentos simples no siempre pueden reflejar esta complejidad.

En todo caso, no sólo comprendo que los argumentos antitaurinos están dotados de una fuerza difícil de contrariar por ningún otro argumento, sino que estoy convencida de que los toros como espectáculo no tienen futuro porque, más allá del activismo antitaurino, es un espectáculo que hoy no puede entenderse. Quiero decir que lo que acabará con los toros no son los activistas animalistas, que luchan por una causa justa , sino la indiferencia de la gran mayoría de la población a la que ese espectáculo ya no le dice nada o le es desagradable y extraño. El universo simbólico y la liturgia antigua que se ponen en juego sobre el albero, y del que los toros extraen su sentido profundo y quizá para muchos, su belleza, eso ha desaparecido. El espectáculo de la tauromaquia es un signo que ya no habla a la mayoría de la gente, es un signo mudo. Y no tiene ningún sentido tratar de prolongarlo artificialmente.

El debate sobre los toros es un debate lógico y democrático, aunque me temo que lleno de simplezas y descalificaciones gratuitas, como muchos otros debates públicos. Pero si le faltaba algo, aquí que ha llegado el PP a acelerar la desaparición de los toros como espectáculo. El PP liderado por su aspirante a lideresa máxima Esperanza Aguirre, seguida de los barones territoriales y de sus correspondientes medios de comunicación han decidido politizar la cuestión, no por salvar los toros, sino por azuzar la catalanofia, que da mucho juego y porque no pueden dejar pasar ninguna oportunidad de poner en juego su demagogia barata destinada a enardecer a los suyos a costa de lo que sea. Ahora lo hacen a costa de un espectáculo que gusta y disgusta a gente de todo tipo, sin importar la ideología política, pero que ellos acaban de convertir en arma arrojadiza de su propio sectarismo. Convirtiendo la afición a los toros en algo propio de la derecha sólo consiguen que nadie de izquierdas defienda esta afición públicamente. Así que, aunque no lo crean, estos del PP han hecho algo que más temprano que tarde muchos antitaurinos les terminarán agradeciendo. Y los medios afines a la derecha, que ahora jalean la jugada, pronto verán que les ha salido rana.

*Beatriz Gimeno es escritora y ex presidenta de la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales

 

El toro, la excusa perfecta. Por Carlos Herrera

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El toro, la excusa perfecta. Por Carlos Herrera

El viejo sueño prohibicionista que tanto anhelaron decimonónicos y exaltados elementos de generaciones pasadas está a punto de hacerse realidad merced a una iniciativa popular que varios grupos supuestamente animalistas han llevado hasta las mismas orillas del Parlamento catalán. Corrijo: hasta las orillas no, hasta tierra adentro, hasta el pleno, hasta la votación final. Que haya sido precisamente en el Parlamento catalán brinda, de momento, una de las claves de tan bienintencionada iniciativa. No en el murciano, ni en el cántabro, ni en el andaluz: ha sido tramitada en el catalán, donde el desespero por dar cuerpo legal a toda diferenciación posible con el resto orgánico y funcional de España alcanza cotas obsesivas. Ello invita a una primera pregunta llena de inocencia: ¿Por qué privar a los «animalistas» valencianos de la posibilidad de acariciar la prohibición final de la fiesta de los toros? ¿por qué privar a los navarros, por ejemplo? Las más elementales respuestas nos llevan al núcleo principal del asunto: porque ni los ocupantes de los escaños en Valencia o en Pamplona tienen ningún interés en dejar de ser españoles, porque ni los valencianos ni los pamploneses albergan desprecio por manifestaciones artísticas comunes y porque ni los valencianos ni los pamploneses entienden sus fiestas sin el elemento fundamental del toro. La mayoría, mitad más uno, de los electos catalanes tienen en común no ser capaces de desligarse de la corrección política que lleva a manifestarse por opciones de soberanía ilimitada; es decir, son incapaces de decir que no son independentistas: como saben, aunque sea «de corazón», el buen político catalán siempre dirá que acaricia una cierta ensoñación soberana. Lo contrario es estar fuera de la campana de cristal, donde tanto frío hace.

El toro es , pues, la excusa perfecta. ¿Qué mejor manera de evidenciar que no somos españoles y que no tenemos nada que ver con ese hatajo de bárbaros hirsutos y primitivos que desterrar de las ciudades catalanas la insoportable tradición de la tauromaquia?

Inmediatamente sentirá usted el impulso de reprocharme, dilecto lector, que establezco un infantil paralelismo entre taurinismo y españolidad, dando a entender que los detractores de la Fiesta son españoles sediciosos que esperan agazapados el momento de dinamitar la idea común de Estado y Nación que tantos bandazos lleva dando desde la noche de los siglos. Ni mucho menos: el antitaurinismo está escrito en la costumbre de España desde los primeros días del arte de Cúchares. Bien es cierto que ya no hay antitaurinos como antes, pero no hay nada más español que ser contrario a la Fiesta, denostarla, odiarla, vilipendiarla. La intolerancia es una costumbre muy de por estos pagos y no hay mayor muestra de ello que llamar «asesinos» a los espectadores de una plaza de toros, a los aficionados, a los toreros, a los ganaderos. Lo que vengo a manifestar es que gracias al trabajo de estos intolerantes que de forma tan histriónica dramatizan su oposición a la tauromaquia, otros aprovechan para llevar el ascua a su sardina, sin detrimento de que, en no pocas ocasiones, ascua y sardina coincidan. En Francia, país que debe albergar igual número de candorosos defensores de los animales que España -vamos, digo yo-, como no hay Estado que tambalear o Nación que modelar, el debate no pasa de la airada protesta de los contrarios a que el coso de Nimes sirva para escenificar la más bella ceremonia artística de todo el planeta taurino. ¡Enseguida van los franceses a debatir la supresión de los toros en el Parlamento!
Pero hay más. La política cuenta entre sus moradores con un número alarmantemente alto de sujetos a los que la sola posibilidad de prohibir algo les provoca una descarga hormonal incontrolada y una consiguiente sensación de placer de las que nublan la vista. Muchos miembros de la clase política, efectivamente, consideran que han desempeñado con rigor su cargo cuando establecen mecanismos para prohibir cualquier costumbre, conducta o tendencia que no case con sus gustos o manías. Si un diputado consigue que triunfe una proposición de ley que impida, por ejemplo, la ingesta de grasas insaturadas a media tarde de días festivos, considerará que ha llegado a la cumbre del servicio a su sociedad, se emocionará, se tocará las partes blandas y caerá en una turbación placentera de la que sería hasta injusto despertarle. La pasión por prohibir está escrita en la declaración de principios políticos de la mayoría, con lo que ¿qué más felicidad puede haber que ser protagonista del hecho histórico de haber prohibido los toros en Cataluña? Enseguida se imaginan lo que dirán de ellos los libros, la llamada a los programas de televisión cada fecha de aniversario para que recuerden anécdotas del proceso como si fueran los padres de la Constitución, la placa homenaje que les grabarán algunos colectivos ecologistas, el bautizo con su nombre de alguna peña de dominó de su pueblo... La Eternidad, en suma.

Unos y otros desconocen, me temo, que el mayor antitaurinismo está, hoy por hoy, dentro de la Fiesta. Por mucho que insulten, coaccionen, amenacen y amaguen con prohibir, el aficionado que se tenga por tal seguirá acudiendo a las plazas. Será la propia deriva del toreo la que llegue tal vez a impedir que el espectáculo sea posible. Si se desnaturaliza la ceremonia, se resta sinceridad a las faenas, se llena de vulgaridad el ruedo, se manosea insensiblemente el rito, se caen los toros y las figuras siguen marcando su ley, los espectáculos taurinos perecerán sin que ningún parlamentario catalán tenga que darle al botón. Si una entrada de tendido sigue siendo prohibitiva para los jóvenes, un abono lo mismo para los menos jóvenes, si la casta se difumina con la selección genética que imponen ciertas modas, si los toreros actúan como si tuviesen ya diecisiete fincas recién tomada la alternativa, si los novilleros no se pegan arrimones sinceros y valientes, si los empresarios no derrochan más imaginación en la confección de carteles, si el público se empeña en aplaudir mediocridades aparatosas, si se desmochan los pitones o si se utiliza la pica para destrozar los lomos de un burel, la Fiesta de los Toros padecerá una muerte lenta, silenciosa, tristona e inexorable. El diagnóstico será sencillo: habrá muerto de aburrimiento.

Curiosamente, en cambio, es esta «iniciativa popular» la que está despertando de una cierta modorra a los aficionados: la plaza de Barcelona hacía años que no registraba entradones como los recientes. ¡A ver si lo que va a conseguir toda esta patulea es revivir al enfermo! El debate cada día es más vivo, se escribe más sobre los toros que antes y los miembros del mundo taurino albergan nuevas esperanzas. Los defensores de la Fiesta empiezan a organizarse, la afición frunce el ceño y nunca se había puesto tanta atención a los carteles de las primeras ferias. Al final habrá que dar las gracias a los que quieren que tantos años después se repita la historia y los catalanes tengan que volver a Perpignan como cuando peregrinaban para ver algo de un tango y de París.

Empieza ya la temporada y los abolicionistas comienzan ya con su sufrimiento. Lo respeto y lo siento, tengo amigos nada taurinos que sufren sinceramente con un espectáculo que consideran cercano a la barbarie. Pero ellos, al menos no quieren prohibirlo: jamás irán a una plaza de toros pero no están por impedirme ir a mí. A veces, reconozco que para ver lo que se ve, mejor haberse quedado en casa, pero la elección de aburrirse es también uno de los privilegios de la libertad. ABC, 08-03-10.

 

Arte. Por Almudena Grandes

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Arte. Por Almudena Grandes

Sé que algún día sucederá. Al menos, si lo permiten los terremotos, los tsunamis, las inundaciones, las tormentas perfectas, las imperfectas y las de hielo. Si nuestra civilización sobrevive a sus efectos, algún día desaparecerán. Preferiría no estar presente pero, de lo contrario, sobreviviré a su pérdida sin oponer una resistencia patética, plagada de tópicos pobres, tan mal estructurados como los que esgrime el enemigo. No descompondré la figura, porque los taurinos, antes que a decir olé, aprendemos a ser elegantes.

Dar, o no dar, espectáculo. Venirse arriba. Cambiar de tercio. Entrar al trapo. Salir a hombros. O por la puerta grande. Ponerse el mundo por montera. Estar aseado. Hacer una faena de aliño. Lleno hasta la bandera. El cartel de no hay billetes. Echar las patas por alto. Dar la alternativa. Colgar los trastos. Jugarse el tipo. Atarse los machos. Hacer el paseíllo. Entrar por derecho. Buscar la ruina. ¡Música, maestro! Sacar los pañuelos. Echar un capote. Dar una larga cambiada. Pinchar en hueso. Estar para el arroz. Cortar las dos orejas. Dar la vuelta al ruedo. Ver los toros desde la barrera...

Podría seguir, pero no es sólo el idioma. También la plástica, la música, la estética. Y no voy a detenerme en los hígados de las ocas, en la guerra, en la explotación, en nuestra propia naturaleza animal, pero no me digan que la Fiesta no tiene que ver con la cultura. Hablen de crueldad, de sangre, de sufrimiento, y lo admitiré aunque me prive de la única liturgia que respeto, la emoción incomparable del único milagro al que he asistido jamás, 600 kilos y dos pitones en punta, un hombre desarmado, una muleta, y el arte que le salva de la muerte. Tampoco voy a intentar explicarles eso, no teman. Entiendo, incluso, que no lo entiendan. Pero, en nombre de la propia cultura, por favor, tonterías, las justas.  El País, 08/03/2010.

 

 


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