Cine y toros, un flechazo fascinante. Por Javier Villán. La Fiesta, con su carga barroca de expresionismo trágico, ha tentado siempre a cineastas españoles y extranjeros, que si no acababan de desvelar sus misterios, sí descubrían una pasión encarnada en la tragedia pura. Ello demuestra que las corridas, pese a su naturaleza hispánica y mediterránea, despiertan pulsiones universales. Hay quien cifra en medio millar los filmes taurómacos. Acaba de estrenarse en España, Arena, del austriaco Günter Schwaiger. Grandes epopeyas, como la de Abel Gance en torno a Manolete, quedaron inconclusas. El último Manolete ha sido el de Adrien Brody, Oscar por El pianista. Y con el material de ¡Que viva México!, de Sergei Eisenstein, el de El acorazado Potemkin, se hizo un montaje de 10 minutos titulado Fiesta. Hay apuntes geniales en el cine taurino, pero hay también mucho costumbrismo de torero y tonadillera, de torerillo pobre y ganadera rica, de hospicio y monjas caritativas.
Torero, del mexicano Carlos Velo, y Matador, de Almodóvar, son referencias imprescindibles. Como lo son Ava Gardner, Anthony Quinn, Rita Hayworth, Tyrone Power, Rodolfo Valentino, James Mason o Cantinflas, que en plan bufo rodó Ni sangre ni arena. En esta línea de humor está The bullfighters, de Oliver Hardy y Stan Laurel, el Gordo y el Flaco.
Ava Gardner descubrió España y los toros gracias a Pandora y el holandés errante, que rodó con Mario Cabré, torero, poeta y actor; y tío del actual director de teatro Mario Gas. Cabré se enamoró perdidamente de Ava y le dedicó un Dietario poético con versos de esta guisa: «sitiado por los pitones/ quedó mi cuerpo en la arena/. Tu medalla estaba al quite/ con un suspiro de seda». Luego, la bella Ava se portó como una auténtica borde con Cabré.
Arena es un excelente documental a varias voces sobre los toros. No es una cinta apologética, sino informativa, realista. Hasta antitaurinos, conmovidos por el sufrimiento de un animal más que por el dolor de los hombres, tienen su voz en Arena. De haber dispuesto de imágenes el director austriaco podía haber incluido a aquel jerarca nazi, familiarizado con los hornos crematorios, que salió vomitando de las Ventas. Schwaiger ha puesto la cámara a lo largo del camino y delante de ella han desfilado personajes reales, en especial los héroes del fracaso, los aprendices de toreros que han cambiado caminos rurales y tentaderos por el academicismo de las escuelas de tauromaquia y sus maestros gloriosos. Naturalmente también aparece el triunfo como contrapunto de las penurias iniciales.
Pero Arena no es una película de luces y clamores, sino un documental de sombras y lucha por la supervivencia. Hay una frase de Roland Barthes que la define: no es la lucha de la inteligencia contra un animal; es la lucha por la necesidad y la afirmación (cita aproximada). Las cunetas de los caminos hacia la Puerta Grande, como atestigua Arena, están llenas de cadáveres insepultos. «Aquí hay mucha mafia», dice uno de esos fracasados, con palabras llenas de ortigas. Bellas y crueles las referencias a fiestas de calle y populares, como el Toro de Fuego, por ejemplo; ahí es donde reside la brutalidad de los toros.
En la mayor parte de las películas sobre toros se mezcla ficción y realidad y grandes figuras de los ruedos alternan con los astros del celuloide. Por ejemplo en Torero el eje argumental, el miedo y la soledad, lo traza el torero Luis Procuna; fue la última película de Miroslava Stern, una bellísima actriz checa, un mito del cine mexicano, que se suicidó rodeada de fotografías de Luis Miguel Dominguín al enterase del matrimonio de éste con Lucía Bosé.
Entre los argumentos preferidos por extranjeros está la novela de Blasco Ibáñez Sangre y arena, con estrellas del brillo de Rouben Mamoulian, Rodolfo Valentino, Rita Hayworth, Linda Darnell, Tyrone Power o Sharon Stone en su constelación. O Carmen; en torno a ésta se centran figuras como Cecil B. de Mille, Jean Marais, Jacques Feyder, Francesco Rossi o los españoles Saura, Gades, Vicente Aranda o Paz Vega. Juan Antonio Bardem, con Paco Rabal de protagonista, rodó A las cinco de la tarde, basada en La cornada, de Alfonso Sastre, una cinta maldita y dura. Y Berlanga y Jorge Grau han incorporado a sus películas aspectos de la Fiesta. El Mundo, 1º de marzo de 2010.





