En los toros con Thomas Mann y en la Ascensión de 1923 en la Maestranza

La última escena de la novela póstuma de Thomas Mann recrea una tarde de toros en La Maestranza, que reverberó coruscante en su memoria durante más de treinta años

ABC, 20/02/2021. Por Fernando Iwasaki. En Relato de mi vida (1930) -publicado un año después de haber recibido el Nobel de Literatura- Thomas Mann evocó en unas hondas líneas su paso fugaz por Sevilla: «Recordaré siempre el día de la Ascensión en Sevilla, con la misa en la catedral, la magnífica música de órgano y la corrida de fiesta por la tarde». Aquella visita tuvo lugar en 1923 y sabemos que Mann recorrió Barcelona, Granada y Madrid, donde impartió una conferencia sobre Tolstoi y otra sobre espiritismo. Como el mismo Mann admitió: «el sur andaluz me atrajo menos que el territorio español clásico, Castilla, Toledo, Aranjuez», y en una entrevista para ABC declaró: «desde mi primera juventud sentí interés enorme por el mundo ibérico en general, y por España en particular, y esto se explica por el hecho de que en mis venas corre sangre ibérica. Mi abuelo materno se casó en Brasil con una criolla». Nada más dejó escrito Thomas Mann sobre España, aparte de su memorable Travesía marítima con Don Quijote (1934).

Sin embargo, un año antes de morir, el autor de La montaña mágica publicó la segunda versión de una novela juvenil titulada Confesiones del estafador Félix Krull (1954), que en 1921 había aparecido como boceto de una trilogía. Félix Krull era un pícaro literario inspirado en las novelas de Stendhal y Cervantes, pero en España sólo se tradujo aquel «fragmento de novela» publicado en los años veinte y no conocimos la última versión corregida por Mann, hasta que Edhasa la rescató en 2009 traducida por Isabel García Adánez. Y entonces descubrimos fascinados una Sevilla transustanciada en Lisboa, a través de una corrida de toros que Thomas Mann situó en la plaza de Campo Pequeno, pero que estaba inspirada en la Maestranza sevillana.

La novela termina con el descarado Félix Krull en Portugal, magreando a la madre de la joven aristócrata que deseaba seducir, en una escena curiosa que transcurre en la bombonera taurina de Lisboa. Así, al describir el ambiente de la plaza, Mann señaló que los hombres llevaban «fajines de colores y sombreros de ala ancha» y sobre las mujeres dijo que «más de una se adornaba el cabello con la típica peineta española, y más de una llevaba a su vez por encima ese gran velo blanco o negro que cubre la cabeza y los hombros y que allí llaman mantilla». Por otro lado, para destacar las características del ruedo, Mann hizo hincapié en que era «de color amarillo, cubierto con una mezcla especial de arena: el albero».

Creo que bastan estas citas para concluir que la estampa taurina de Mann era sevillana, pues el albero sólo se extrae de las canteras de los Alcores sevillanos y -en cuanto al ambiente- el crítico portugués João Henrique Banha sentenció rotundo: «No momento em que, quase chegado o fim do livro, Felix Krull assiste na Praça do Campo Pequeno a uma corrida de touros de morte, com todos os pormenores de um espectáculo à espanhola, que nunca aconteceu em Portugal». Por último, el escritor alemán residente en Lisboa, Claus-Günter Frank, ha observado que «aquilo que Thomas Mann descreve a seguir não é de todo uma tourada à portuguesa, até porque as senhoras portuguesas, nas touradas, não usan mantilha nem a española «peineta» […] Isto aqui poderá ser algo parecido com uma tourada no fim do séc. XIX mas em Espanha, o que aliás parece confirmar a suposição de que Thomas Mann, a pesar das suas muitas viagens entre a Europa e os Estados Unidos, nunca terá permanecido em Lisboa».

Por lo tanto, tenía razón el Nobel alemán cuando escribió que nunca olvidaría aquel 15 de agosto de 1923 en La Maestranza de Sevilla, pues en la única tarde de toros de su vida, Thomas Mann fue capaz de retener en la memoria toda la elegancia mortal de la lidia, ya que tras poner en suerte al lector para que viera al matador «rodando por el suelo ensangrentado», lo embarcó así: «en lugar de eso sucedió algo de una gracia incomparable, algo de una dulzura superior que, a su vez, condujo a una imagen magnífica. Los cuernos del toro ya le habían alcanzado, de hecho arrancaron parte del bordado de la chaquetilla, cuando un único y muy leve movimiento de una mano que se transmitió al capote, distrajo la atención de la fiera hacia un punto en el que, de repente, el torero ya no estaba a su alcance, pues con un flexible giro de las caderas se había colocado junto a uno de los flancos del toro y ahora extendía un brazo sobre la espalda de éste, mientras el pobre animal arremetía contra el capote vacío, una figura que entusiasmó a todos». ¿A quiénes vio torear Thomas Mann? Aquel día los matadores fueron «Gallito» de Zafra, Tomás Jiménez y Epifanio Bulnes, quienes lidiaron seis novillos de Villamarta “gordos y con poder, pero nobles”. Uno de ellos -nunca sabremos quién- embrujó al toro con un capote mágico que el Nobel alemán jamás olvidó, pues la última escena de la novela póstuma de Thomas Mann recrea una tarde de toros en La Maestranza, que reverberó coruscante en su memoria durante más de treinta años.