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Carlos Fuentes

Ciudad de México, el 11 de noviembre de 1928

Escritor y periodista, es considerado como una de las más brillantes plumas de la literatura hispanoamericana. Defensor de la fiesta de los toros, es autor de “El espejo enterrado”, obra que se inicia con una honda reflexión alrededor de la esencia de lo táurico o lo taurino. Falleció en México el 15 de mayo de 2012.

Poseedor del Premio Nacional de Literatura de México en 1984, Premio Cervantes en 1987 y Premio Príncipe de Asturias en 1994 entre otros galardones, fue el encargado de pregonar la Feria de Abril de Sevilla en 2003. El acto tuvo lugar en el teatro Lópe de Vega de la capital andaluza el día 20 de abril de aquel año. Más información sobre el pregón.

En “El espejo enterrado” Carlos Fuentes ensaya una síntesis de elucidación del mundo hispánico.

“En la plaza de toros, el pueblo se encuentra a sí mismo y encuentra el símbolo de la naturaleza, el toro que corre hasta el centro de la plaza, peligrosamente asustado; huyendo hacia adelante, amenazando pero amenazante, cruzando la frontera entre el sol y la sombra que divide al coso como la noche y el día, como la vida y la muerte. El toro sale corriendo a encontrarse con su antagonista humano, el matador en su traje de luces.

¿Quién es el matador? Nuevamente, un hombre del pueblo. Aunque el arte del toreo ha existido desde los tiempos de Hércules y Teseo, en su forma actual sólo fue organizado hacia mediados del siglo XVIII. En ese momento, dejó de ser un deporte de héroes y aristócratas para convertirse en una profesión popular. La edad de Goya fue una época de vagabundeo aristocrático, cuando las clases altas se divirtieron imitando al pueblo y disfrazándose de toreros y de actrices. Esto le dio a las profesiones de la fárandula un poder emblemático comparable al que disfrutan en la actualidad. Los toreros españoles han sido tan idolatrados como Elvis Presley o Frank Sinatra en nuestro propio tiempo. Como éstos, representan el triunfo del pueblo.

Pero el toreo es también, no lo olvidemos, un evento erótico. ¿Dónde, sino en la plaza de toros, puede el hombre adoptar poses tan sexualmente provocativas? La desfachatez llamativa del traje de luces, las taleguillas apretadas, el alarde de los atributos sexuales, las nalgas paradas, los testículos apretados bajo la tela, el andar obviamente seductor y autoapreciativo, la lujuria de la sensación y la sangre. La corrida autoriza esta increíble arrogancia y exhibicionismo sexuales. Sus raíces son oscuras y profundas. Cuando los jóvenes aldeanos aprenden a combatir a los toros, muchas veces sólo pueden hacerlo de noche y en secreto; acaso cruzando un río, desnudos o en un campo de abrojos, desgarrados, entrando sin auterización al cortijo del rico, aprendiende a combatir los toros prohibidos, en secreto, ilegalmente, en la más oscura hora de la noche. Tradicionalmente, los torerillos han visto una tentación en este tipo de encuentro porque, impedidos de ver al toro en la noche, deben combatirlo muy de cerca, adivinando la forma de la bestia, sintiendo su cuerpo cálidamente agresivo contra el del novillero que, de esta manera, aprende a distinguir la forma, los movimientos y los caprichos de su contrincante.

El joven matador es el príncipe del pueblo, un príncipe mortal que sólo puede matar porque el mismo se expone a la muerte. La corrida de toros es una apertura a la posibilidad de la muerte, sujeta a un conjunto preciso de normas. Se supone que el toro, como el mitológico Minotauro, ha nacido totalmente armado, con todos los dones que la naturaleza le ha dado. Al matador le corresponde descubrir con qué clase de animal tiene que habérselas, a fin de transformar su encuentro con el toro, de hecho natural, en ceremonia ritual, dominio de la fuerza natural. Antes que nada, el torero debe medirse contra los cuernos del toro, ver hacia dónde carga y enseguida cruzarse contra sus curnos. Esto lo logra mediante la estratagema conocida como cargar la suerte, que se encuentra en el mello mismo del arte del toreo. Dicho de la manera más sencilla, consiste en usar con arte la capa a fin de controlar al toro en vez de permitirle que siga sus ínstintos. Mediante la capa y los movimientos de los pies y del cuerpo, el matador obliga al toro a cambiar de dirección e ir hacia el campo de combate escogido por el torero. Con la pierna adelantada y la cadera doblada, el matador convoca al tore con la capa: ahora el toro y el torero se mueven juntos, hasta culminar en el pase perfecto, el instante asombroso de una cópula estatuaria, tore y torero entrelazados, dándose el uno al otro las cualidades de fuerza, belleza y riesgo, de una imagen a un tiempo inmóvil y dinámica. El momento mítico es restaurado: el hombre y el toro son una vez más, como en el Laberinto de Minos, la misma cosa.

El matador es el pretagonista trágico de la relación entre el hombre y la naturaleza. El actor de una ceremonia que evoca nuestra violenta sobrevivencia a costas de la naturaleza. No podemos negar nuestra explotación de la naturaleza porque es la condición misma de nuestra sobrevivencia. Los hombres y mujeres que pintaron los animales en Ia cueva de Altamira ya sabían esto.

España arranca la máscara de nuestra hipocresía puritana en relación con la naturaleza y transforma la memoria de nuestros orígenes y nuestra sobrevivencia a costa de lo natural en una ceremonia de valor y de arte y, tal vez, hasta de redención.

El espejo enterrado. Por Javier Munguía

El espejo enterrado arranca con los grabados de las cuevas de Altamira, en España: testimonio del paso de los primeros españoles, perpetrado hace unos 25 ó 30 mil millones de años. Desde el principio, Fuentes deja claro el carácter mestizo de la madre patria: ningún otro país de Europa excepto Rusia, dice, ha sido poblado por tantas y tan diversas olas migratorias. España es a la vez cristiana, árabe, judía, griega, cartaginesa, romana, visogoda y gitana. Toda esa riqueza de culturas fue transmitida a América durante la conquista.

El autor reflexiona sobre la importancia de dos símbolos muy propios de la cultura española: la virgen y el toro. Revisa después los hechos históricos de mayor relevancia, como la conquista de España por los árabes, la reconquista a manos de los reyes católicos, el descubrimiento de América, la publicación de la primera gramática, los mitos indígenas, la conquista de América, la era imperial, el Siglo de Oro, la Independencia de las colonias americanas y la Revolución mexicana, entre otros sucesos. No se dedica Fuentes solo a consignar sucesos, sino que los interpreta y encuentra continuidad entre ellos. Especialmente notables son sus interpretaciones de algunas de las obras cumbres de la cultura hispánica, como el Quijote de Cervantes y Las meninas de Velázquez. Es muy notoria la pasión de Fuentes por su propia cultura y su emoción al hablar de sus grandes logros artísticos, una emoción que se contagia al lector.

Con una prosa despojada de exhibicionismo y adornos hueros, Fuentes ofrece en este libro una biografía amena y emotiva, muy competente, de Latinoamérica y España. Mucho más valioso que tantas novelas suyas asfixiadas por el tufillo artificioso que despiden, por su lenguaje apolillado, por los sofismas a los que es tan dado, El espejo enterrado es uno de sus mejores relatos extensos. Aunque los protagonistas cambien de capítulo a capítulo, aunque haya en el libro un sinnúmero de historias de las que solo se nos cuentan partes, la suma de ellas nos ofrece una imagen del mundo hispánico sin duda estimulante: conformado por razas diversas, así como por proyectos políticos y expresiones artísticas muy disímiles entre sí, que expresan al contrastarse su propia complejidad y riqueza. El libro, pues, se lee con el mismo interés que una buena novela.

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carlos_fuentes.txt · Última modificación: 2020/03/26 12:23 (editor externo)