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James Dean

La pasión por los toros

ABC, 25/01/2014. Por Rosario Pérez. Nacido para el luto, el genial rebelde sin causa de la historia del cine vivía con pasión la tauromaquia. James Dean, eterno mito, llegó a decir que si no triunfaba como actor, se trasladaría a México para iniciarse en la aventura de ser torero. Dean, el hombre que hallaba la grandeza en la inmortalidad, se sintió atraído por el enigma de la muerte y la soledad que habita en el albero.

Tal era su querencia por los toros que, en cuanto podía, se escapaba a Tijuana para ver las corridas de la década de los cincuenta. Al este de su Edén se imaginaba entre verónicas y naturales para marcharse con duende y torería de la «cara» de las cámaras.

La escritora y fotógrafa Muriel Feiner, especialista en las lidias de Pedro Romero y los hermanos Lumière, descubre en su libro «¡Torero!: los toros en el cine» (Alianza) la afición del actor. «La compartía con el director Rogers Brackett, quien le presentó a Sidney Franklin, el matador nacido en Brooklyn, Nueva York». La autora explica que ambos se entrenaban de salón, intercambiándose los papeles de toro y torero: lo mismo embestía a lo bravo que se plantaba frente a pitones de ficción. Incluso intentó enseñar los cánones de parar, templar y mandar a la bailarina Elisabeth Dizzy Sheridan, uno de sus romances.

Su locura por el arte de Cúchares hizo que estuviese a punto de abandonar el Actor’s Studio después de interpretar al natural una escena del libro «Matador», de Barnaby Conrad, el californiano que noveló la vida de Manolete. «La actuación de Dean como torero moribundo hirió la sensibilidad de algunos miembros del jurado y casi le cuesta la expulsión de esa excelsa escuela», relata Feiner en su obra. La escritora narra que Conrad regaló a Jimmy un capote del diestro Sidney Franklin, «que apreció muchísimo, hasta el punto de que dormía con él sobre su cama». Y desvela en sus páginas una manifestación desconocida para muchos: «Decía que si no llegaba a triunfar en el cine, se trasladaría a México para intentar ser torero». Nicholas Ray, director de «Rebelde sin causa», comentó a su biógrafo Val Holley que le atraía «el sentido del rito, la valentía y la elegancia derrochadas por el matador».

Al contrario que algunos artistas de hoy, James Dean, conocedor de cerca del juego con la muerte, no ocultaba su afición. Tal es así que un capote y unos cuernos se situaban en un lugar de honor en su apartamento del número 19 de la calle West 68th, tal y como reflejó con fotografías la revista «Life» en el año de su adiós (1955). En el paseíllo de sus duermevelas y constantes insomnios, cuentan que cogía los trastos, tal vez al son de «When your love has gone», una de sus canciones favoritas. Aunque la música que le atrapaba de verdad era la callada del toreo.

Pero una cornada mortal le aguardaba a destiempo, antes de que saliera su último toro de la tarde, la de aquel Porsche 550 plateado y cárdeno. Otra vez las notas fúnebres, esas que le acompañaron desde su pronta orfandad. Sin madre, como los toreros de película. Y con la llamada de la parca a deshora, veinteañero como El Yiyo, el príncipe caído en los ruedos. A ninguno le abandonaría la maldición de la cartelera: «Rebelde sin causa» y Pozoblanco… Héroes de leyenda nacidos para morir.


james_dean.txt · Última modificación: 2020/04/12 11:16 por paco