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PLAZA DE TOROS DE LAS VENTAS

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Miércoles 16 de mayo de 2012

Corrida de toros

FICHA TÉCNICA DEL FESTEJO

Ganadería: Toros de El Montecillo (bien presentados aunque de distintas hechuras y volúmenes. De juego descastado y deslucido a excepción del sexto, que se dejó por el derecho).

El Cid. Silencio y silencio tras aviso.

César Jiménez. Palmas tras aviso y silencio.

Iván Fandiño. Silencio tras aviso y oreja.

Entrada: Tres cuartos de entrada.

Incidencias: A la finalización del paseíllo se guardó un minuto de silencio en el 92 aniversario de la muerte de Joselito ‘El Gallo’. Asistió la Infanta Elena.

Crónicas de la prensa: COPE, El País, La Razón, El Mundo, Marca, Diario de Sevilla, Sur, EFE.

COPE

Por Sixto Naranjo. Una faena redentora

La Corrida de la Prensa iba camino de tener mala prensa. Festejo aburrido, plomizo, sin una brizna de emoción por culpa de una infumable corrida de El Montecillo. El encierro de Francisco Medina, muy desigual de hechuras y volúmenes pero igualado en falta de casta y fondo.

Pero salió el sexto, un animal enorme, de 622 kilos y cercano a los seis años. Derribó con poder al caballo en el primer puyazo cayendo el picador sobre el toro. Curiosa estampa. Bien lidiado y banderilleado por la cuadrilla de Fandiño, el de El Montecillo llegó al último tercio desplazándose.

Cuando todo parecía perdido y la gente pensaba más en abandonar el coso preso de la desidia, llegó la redención de un festejo en apenas dos tandas de derechazos. Entendió la distancia Iván Fandiño, que dejó al toro venir con su inercia a la muleta. Enganchó y tiró de la embestida, ligando y rematando muy atrás. Todo muy encajado y llegando al tendido. Se echó la mano a la zurda el diestro, y por ahí el toro fue más bruto, desajustándose el matador. Insistió en otra tanda que no logró mejorar la anterior y cuando volvió a la diestra, el toro ya no era el mismo. Pero la insistencia de Fandiño logró que lo que faltó en ligazón, lo ganasen en profundidad varios de los redondos que volvió a firmar. La faena estaba hecha y el de Orduña se fue tras de la espada como un cañón. Cayó caída, restando puntos a una oreja que se pidió con la fuerza de querer tapar con ello una tarde que se despeñaba por el precipicio hasta el anterior quinto.

Porque del resto de actuaciones, pocos detalles guardará el público en la retina. Quizá, que sólo César Jiménez brindó una faena a la Infanta Elena, que presenció la Corrida de la Prensa desde la barrera del 1. Fue en el quinto, un toro que dejó crudo en varas pero que llegó a menos al último tercio. Hubo un par de naturales de largo trazo, pero al conjunto le faltó reunión y ajuste. Una circunstancia que Madrid no perdona. Si no hay colocación, no hay reconocimiento y precisamente en esto estuvieron ayunas las faenas de César Jiménez. En su primero, tampoco rompió una faena muy académica, fría y sin apreturas.

El Cid pasó sin pena ni gloria en la primera de sus tres comparecencias en Madrid. Su primero apuntó clase en los primeros compases de su lidia. Pero después salió a flote su mansedumbre, huyendo a tablas a la zona de chiqueros. Le persiguió El Cid por casi todos los terrenos intentando ligar dos muletazos seguidos, pero aquello era misión imposible.

Tampoco tuvo suerte con el destartalado cuarto. Un torazo de 635 kilos, alto de cruz que no descolgó nunca. Faena compuestita del sevillano, sin apretar nunca a un toro que no se empleó tampoco. Tuvo que dar por concluida la faena al recibir la desaprobación del público al intentar alargar sin mucho sentido la faena. En ambos toros lo vio claro con la espada El Cid.

El País

Por Antonio Lorca. Meritorio Fandiño

Muy meritoria fue la labor de Iván Fandiño ante el sexto de la tarde. Pero la firmeza, la gallardía, la raza y el hambre de este torero no eximen del tremendo sopor vivido durante toda la tarde.

¡Qué dura la vida del aficionado…! Pagar un buen dinero en los tiempos que corren, sentarte dos horas en una piedra tan dura como lo que es, y aguantar un toro tras otro, grandones, de largos y astifinos pitones, pero llenos de mentiras porque eran borricos sin alma, sin sangre brava, cobardes, acorralados en la puerta de toriles… Y el aficionado, cansado del dolor que produce la espera que más sabe a desesperación que a esperanza, aburrido por tan infumable espectáculo, y pidiendo a gritos en su interior que, por favor, pase cuanto antes este cáliz de sufrimiento.

¡Pues no vaya usted…! Qué fácil es la palabra cuando se carece de sensibilidad. Como si el aficionado, ese que está atrapado por este vicio, por esta pasión, que se ilusiona con el destello del vuelo de un capote, pudiera dejar de ir. Esa es la suerte de los taurinos: que la afición a los toros es una enfermedad que obnubila, que ciega, que hace soñar despierto y aun en las tardes aciagas como la de ayer permite aguantar el dolor del pedregal hasta el final por si, por un milagro, surge la luz que espante la oscuridad de la tristeza.

Y ayer ocurrió, lo que son las cosas… La tarde ya vencida, agotados los cuerpos, y sale el último toro, perdida ya toda ilusión, y acude al capote con tan mustio galope como los demás. Desmonta al picador, que cae encima del lomo negro y logra refugiarse en las tablas. Acude el animal con cierta alegría a los banderilleros, y Jarocho se luce en dos pares de categoría. Pero nadie confía ya. Se parará en la primera tanda, como los demás; ya verás. Pero, no. Fandiño se plantó delante, atornilló las zapatillas en la arena, tiró de la embestida con toda la fuerza de su pundonor, y el toro obedeció, con fijeza, humillado, en una tanda de derechazos honda y ligada que levantó los alicaídos ánimos del respetable. Mejor fue la segunda, aguantando el torero, estoico, las miradas inciertas de su oponente, y los muletazos brotaron templados, suaves y a la vez apasionados. Bajó de tono la labor por la mano izquierda. Dio la impresión, primero, de que faltó mando en la muñeca de Fandiño; quizá, el toro no era el mismo. Volvió a cruzarse Fandiño de nuevo por el derecho, muy valiente, desafiante, y exprimió lo poco que ya quedaba del único toro que sirvió en toda la tarde. Hizo bien la suerte de matar, pero la espada cayó baja, asunto menor cuando se trata de reconocer la meritoria labor de quien espantó el pegajoso fantasma del aburrimiento. Y le concedieron una oreja, la primera que consigue un matador en lo que va de feria. Ya era hora.

Plaza de las Ventas. 16 de mayo. Corrida de la Asociación de la Prensa Séptima de feria. Tres de entrada. Se guardó un minuto de silencio en memoria de Joselito el Gallo. Asistió la Infanta Elena desde una barrera.

Contada la entonada faena del torero de Orduña, se acabó la presente historia. Los cinco toros restantes de El Montecillos, elefantes o borricos, qué más da, no ofrecieron opciones a la terna, a la que, por una vez, habría que eximir de responsabilidad en el tostonazo.

El propio Fandiño se aburrió ante el rajado tercero, uno de los mansos que buscó la salida como un desesperado.

El Cid hizo su primer paseíllo en la feria y se le esperaba con la expectación propia de una figura de la casa. Su lote fue infumable. Su primero, un auténtico cobarde, solo quería morir en paz, y El Cid se empeñó en molestarlo sin éxito. El quinto, un monumento a la sosería.

Y César Jiménez se gustó mucho ante su primero, pero su toreo gustó poco al público. Se miró mucho en el espejo, pero su labor ante la sosería del animal fue larga y anodina. Brindó a la Infanta Elena el quinto -el único brindis de la tarde-, pero el toro, que no se picó, topaba en lugar de embestir.

En fin, que como esto es una vicio, la gente hasta salió contenta. Los aficionados es que no tienen remedio… Están todos enfermos.

La Razón

Por Ismael del Prado. Iván Fandiño, sin tregua en el camino

De pura carambola salió Rafael Agudo ileso. Picaba al sexto, primer envite, y Rafael le marcó en el sitio perfecto al toro. Arreó El Montecillo, sacudió al caballo y del tándem el picador fue perdiendo sitio hasta caer encima del toro. Agarrándose al pitón, alarde estético incluso, logró poner pie a tierra. Un milagro. El otro fue que la gente aguantara en la plaza hasta la salida del sexto. El animalito (ironía) tenía además de sus 600 kilos y sus pitones bien puestos, casi los seis años. La mayoría de edad la había alcanzado hace siglos, o más. En cambio fue el toro que más se movió. Incluso el único que se movió. Así estábamos… Cuando el vecino de localidad se pone a mirar al tendido, malo. Iván Fandiño cerraba su tarde. La ambición la tiene marcada en la cara. Y sembró una vez más. Un pasito más de ese camino sin tregua. Se puso a torear, no a probar, no a dar vueltas, a torear por la derecha nada más empezar. Calentamiento cero. La máquina a pleno rendimiento. Y fraguó una buena tanda. La siguiente desde la sala de prensa nos la tuvimos que imaginar, perdimos la señal de la televisión. Comprometidos con la hora de cierre del periódico, huimos en busca de material, de ruedo. Nos reencontramos con un Fandiño al natural, seguro, con ese aplomo que contagia al tendido. Se tiene la certeza de que la ruta que tome el toro es invariable al aplomo del torero. Y por el izquierdo fue menos claro el montecillo, más irregular, Fandiño, que parece sacar cada tarde sólo el billete de ida, aguantó. Se quedó en el sitio y abundó por ese pitón. Cuando retomó la diestra el toro ya remoloneaba. Fue astado con movilidad pero sin acabar de rematar, sin final. La estocada a la primera, una de una, y de rápido efecto hizo fuerza para pasear ese trofeo.

Sigue sembrando Fandiño, rozando el límite, respetando sus principios, comprometiendo su integridad. Y sin acomodarse: dos toros de Adolfo Martín le esperan en Madrid antes de que Las Ventas vuelva a ser sólo plaza de domingos.

Con el tercero anduvo inteligente el breve espacio de tiempo que el toro le dejó. No empujaba el montecillo, pero engañaba con la inercia en las dos primeras arrancadas. Por ahí quiso Fandiño ganarle la batalla, pero antes del primer asalto, el toro se rajó. Para poner fin al despropósito se puso andarín, al hilo de las tablas y difícil para meter la mano.

La corrida de El Montecillo decepcionó. Y en la suma de lo que llevamos de San Isidro empieza a preocupar. Podium desierto. Sin premios. Del sexteto fue el segundo el que tuvo clase. Descolgaba mucho la cara en el viaje y tenía dulzura, pero tan justo de brío que arriba no llegaba nada. César Jiménez tenía en la tarde de ayer en Madrid una oportunidad. Este año le ha salido caro aliarse con el G10 para la negociación de los derechos de imagen. El resultado: la no contratación. Ayer se las vio con ese segundo, tan dulce como soso, y quiso ante las protestas de un sector del público, pero la faena no cuajó. El quinto fue mirón, cambiante, complicado y poco pudo dejar Jiménez además de la voluntad.

El Cid no tuvo ayer lote. Así fue. Se rajó antes de que empezara la historia el primero y el cuarto, que era más que toro mastodonte, no tuvo ni un ápice de clase ni humilló. Paso discreto, austero, sin desentonar.

Menos mal que esa estrategia mental que tiene trazada Iván Fandiño y labrada en un buen puñado de años a la espera, nos salvó la tarde. Y qué puñetera tarde.

El Mundo

Por Vicente Zabala de la Serna. Iván Fandiño corta la única oreja de una soporífera tarde

La Corrida de la Prensa adelanta que es una barbaridad. Esta edición del centerario festejo es la más madrugadora que se recuerda. Asistió a una barrera del “1” la Infanta Elena, acompañada de la presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, Carmen del Riego.

No se inició con buen pie la corrida de El Montecillo con un toro castaño, bajo, remangado de pitones y buena cara. El Cid lo saludó con verónicas de amplio vuelo. Distraído en toro entre puyazo y puyazo, ya le tiraba la querencia. En un quite de César Jiménez ya se convenció de ella y se rajó. La vuelta completa al anillo al hilo de las tablas se dio mientras Cid cogía la muleta. Y aunque el matador de Salteras trató de quitarle los vicios en los medios de inicio no hubo modo. Tuvo que ser donde el toro quiso y tampoco quería. Derrotaba para quitarse la muleta de la cara. Y en estas vino un susto por la izquierda. Tres en redondo consiguió robarle en la misma puerta de toriles antes de que siguiera en franca huida.

Entre salpicado y burraco andaba la capa del segundo, que salió a su aire con su amplia cara y su generosa badana, suelto de carnes. De trámite los lances de César y el tercio de varas. Hasta que Iván Fandiño se personó en su turno de quite con el capote a la espalda. Más asemajada la intervención a la mariposa de Marcial por el movimiento que a la gaonera de quietud. La faena al pastueño de Montecillo, que no decía mucho, tampoco dijo nada en cuento a expresión. No más allá del toreo lineal y templado de Jiménez en las lineas naturales del toro.

El castaño tercero, bajo y amontonado por delante, se frenó en el capote de Fandiño. Cobró dos puyazos sin celo ninguno. El torero de Orduña quiso alegrarlo con la distancia. Pero cuando alcanzaba su jurisdicción la embestida se rebrincaba, ayuna de clase y bravura. Un tirón tras dos series provocó un volatín. El “montecillo” dijo que hasta aquí y se rajó, que era lo que deseaba.

La altura del cuarto subió las hechuras bajas de los tres primeros a niveles estratosféricos. Inmenso el toro y sin humillar pero sin maldad alguna. A su altura El Cid lo toreó por la mano derecha en cuatro tandas de idéntico corte y salvaguardada exposición. Se emplearon uno y otro en la misma medida. A las 20:25 Cid lo cuadró para darle muerte.

El quinto no paró de moverse con sus velas al viento. Jiménez lo lanceó a la verónica sin recogerlo. A toro pasa. Apenas se picó en los esporádicos encuentros con los caballos por toda la plaza. El torero de Fuenlabrada brindó a la Infanta Elena. Un detalle que hasta ese momento nadie tuvo ni por protocolo. Un buen natural de inicio fue falsa promesa. La embestida se paró y se distrajo. Sin pasar. Y eso que había cuello para descolgar. Pero no empuje. Se demoró con la espada. Soporífera tarde.

El sexto era un zamacuco camino de los seis años y 622 kilos de peso. Levantó al caballo por los pechos como si fuera una pluma; el piquero cayó sobre el lomo del bruto. Bien la cuadrilla de Fandiño, que como El Cid no brindó a la Infanta. Y se puso a torear pronto sobre la mano derecha, muy encajado y en redondo. Respondió el toro. Otra vez sobre la misma mano y por abajo revivió la plaza. Y de nuevo le dejó respirar entre series. Los únicos oles seguían naciendo de su muleta. Por la izquierda la embestida era otra, mas atropellada, y no salió el mismo acople. Insistió un por demás en ese lado el torero. Ya no tuvo la misma continuidad en la diestra, de donde salieron varios espléndidos. El espadazo fue fulminante. Y puede que desprendido. Casi sin tiempo a verlo. Cayó la oreja tambien.

Marca

Por Carlos Ilián. Está pinchando la burbuja Domecq

Comienza a ser muy preocupante la falta de casta de los toros que se lidian en esta edición de San Isidro. Llevamos cinco corridas de toros y entre todas no se saca un ejemplar que en su comportamiento se parezca al toro bravo y encastado. La corrida de Montecillo, de soberbia lámina, repitió la misma e insoportable moruchez de las anteriores. Se está pinchado la burbuja Domecq y el resultado está a la vista: en Madrid, donde se exige peso y trapío, sale a relucir la falta de casta. La casta es el motor y con tanta carrocería ese motor de utilitario no puede funcionar.

La tarde iba pues en picado. El Cid se mareó de andarle por la cara a sus dod toros. Su primero salió ya rajado de chiqueros, buscando desesperadamente su querencia. El cuarto gazapeaba y embestía entre tornillazos y con la cara por las nubes. El Cid se pasó de plomazo en una labor tan anodina como inútil. Cesar Jiménez ligó una tanta de derechazos en su primero y otra de naturales, tal vez lo más redondo de la tarde, al quinto. Pero la falta de casta y la sosería inaguantable del lote dejaron aquello en humo. Además no entiendo la mala leche de un sector con este torero que ha abandonado sus maneras afectadas y que intenta hacer las cosas por derecho. Pero está visto que le cae gordo a unos cuantos.

Y Fandiño fue quien se llevó el gato al agua. Su primero se rajó muy pronto pero el sexto se movió y se empleó por el pitón derecho. Fandiño le dió distancia, siempre le dejó la muleta en la cara para ligar los pases. La faena tuvo más vibración que calidad, pero le gente la agradeció porque, al menos, refrescaba la cargada atmósfera de la tarde. Mató de un espadazo en los bajos y la cuadrilla estuvo hábil para que el toro rodara. Una oreja parece un premio exagerado pero al fin y al cabo era el resultado del efecto que en el público se produjo por la entraga y la fuerza de Fandiño.

Diario de Sevilla

Por Luis Nieto. Iván Fandiño, un trofeo en festejo aburrido

La Corrida de la Prensa se sumó a la cascada de fracasos de este San Isidro que está anegando el ruedo de Las Ventas. Una estocada de Iván Fandiño hasta la bola, aunque desprendida, tras una ejecución buena, de la que cayó fulminado el sexto toro sin puntilla, fue premiada con un trofeo en un espectáculo con un encierro deslucido de El Montecillo, en el que El Cid, con el peor lote, y César Jiménez, con un cartucho sin aprovechar, se marcharon de vacío. Primer premio para los toreros de a pie. Como noticia que va más allá del ruedo, este año no se otorgó la Oreja de Oro, puesta en liza en los últimos años en la Corrida de la Prensa.

El público de Las Ventas se despertó del sopor en el último acto en una plaza abarrotada, con la infanta Elena, que ocupaba una barrera, como presidenta de honor. Fandiño sacó partido a una mole de 622 kilos, un castaño enorme fuera de tipo que desmontó al picador, quien cayó por encima del burel, saliendo ileso milagrosamente. En los medios, brilló con una serie de derechazos, por el pitón potable. Cambió a la izquierda y el toro apretó. Cuando retornó a la diestra, al cornúpeta apenas le quedaba fondo y el diestro se justificó con algunos muletazos con calidad. El público ovacionó al diestro en cada cite, en el que se cruzó exponiendo mucho. La estocada desató el delirio y ondearon pañuelos blancos que demandaron la oreja, concedida por el presidente como premio también a un público que nunca arrojó la toalla de la esperanza. Porque el resto del festejo tuvo poco de fiesta. El propio Fandiño se desesperó ante otro castaño, bien armado, que no embistió, pese a que el torero le dio distancia y ventajas desde el comienzo del trasteo.

El Cid se enfrentó a un mal lote. El castaño y serio que abrió plaza, mansísimo y distraído, se refugió de inmediato en tablas, tras acusar un puyazo larguísimo. El saltereño porfió en vano. Con el voluminoso cuarto, un elefante de 635 kilos pero sin un gramo de bravura, labor porfiona.

César Jiménez contó con el toro más claro del encierro, el segundo, un animal de pinta negra, salpicado, descastado, pero noblón. El madrileño citó fuera de cacho y trazando los muletazos hacia afuera, lo que protestó el público venteño. Con el quinto, cuya faena brindó a la infanta Elena, el trasteo no levantó vuelo.

Para hoy, máxima expectación, con cartel de “No hay billetes” que han colocado Castella, Manzanares y Talavante, con toros de Victoriano del Río ¿Levantará del vuelo, por fin, el pésimo ciclo isidril?

Sur

Por Barquerito. Fandiño triunfa en San Isidro con un rotundo toro bravo

Los que desigualaron la corrida de El Montecillo fueron, de un lado, un cuarto toro boyancón, sardo y descarado, destartaladísimo por lo mucho que montaba y que hizo honor a sus hechuras de buey; y un sexto de carnes mollares, atacado, ancho de verdad y algo descabalado, pero que sacó más codicia que los cinco restantes juntos.

La corrida, que contó con la presencia en la barrera de la infanta Elena, junto a Carmen del Riego, presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid, se abrió con dos toros de muy hermoso remate. Un primero retinto, vuelto de pitones pero recogido, que se empleó con tranco bueno pero devino ya en banderillas trotamundos y buscapuertas. Y un segundo negro carbonero, coletero y rabicano, corto de manos, armado en proporción, en peso. Fue de muy suave son y notable bondad. El tercero, muy badanudo, bruto y brusco, no se sujetó en engaño; el quinto, muy astifino, bizco, el de más cara de todos, tuvo de pitón izquierdo un garfio carnicero.

La suerte, por tanto, se repartió sin equidad. La fama de buena fortuna de El Cid en los sorteos se truncó en la primera de sus dos tardes de San Isidro. Ni el toro que cantó la gallina tan antes de tiempo ni el gigantesco cuarto. Ninguno de los dos. El cuarto mataba moscas con el rabo, pero solo las moscas propias. Puro oficio y moral de El Cid para resolver sin apuros. Al primero le pegó demasiados capotazos más de doma que de brega y la receta fue una pócima.

El signo de la corrida cambió enseguida: el torito carbonero segundo se empleó en el caballo y galopó en banderillas. Iván Fandiño le hizo un quite temerario por gaoneras en el mismo anillo. La tarjeta de visita. Sólo limpio el cuarto lance, y airoso el remate en revolera, pero intensa la emoción del quite todo, tan desafiante. César Jiménez abrió faena con buen criterio: toreo por alto -banderas- o en la media altura, un gracioso pase de la firma, suavidad.

Firme y segura, un punto mecánica, vino bien hilvanada una faena abundante. Acoplado César, bien colocado, preciso en los toques. Pero faltó descaro. Tanto como chispa que encendiera al toro el motor. Aunque la arboladura del quinto no animaba precisamente, César estuvo con ese toro sereno y entero, puesto en todas las bazas, mandón, fino con la mano izquierda y todo lo seguro que dejó estar un toro que ni tapado dejó de desparramar la mirada.

El quite de Fandiño al segundo había sido una declaración de intenciones. Lo fue también su manera de plantarse con el tercero de corrida. De largo el cite primero en serio, sólo que la pretensión de torear en distancia fue un error de estrategia. Viajes algo descompuestos y, con ellos, engancones de muleta. El toro se iba suelto y, a su aire luego, no hubo manera de cuadrarlo.

Pero estaban la suerte y la fortuna para Fandiño, porque el sexto, aparatoso en el caballo, fue toro de triunfo mayor. Toro con corazón. Este sí quiso la distancia, y tomó la muleta por abajo. Y repetía, y hasta llegó a planear. Nobleza y bravura en simbiosis. Y las escarbaduras en los descansos entre asaltos. Y el carácter de Fandiño, su ambición desenfrenada. Abierta en pausas una faena de rotundo acento y formato clásico, con sus ligeros vaivenes y sus remontadas cuando los ataques del toro pecaron por celosos o no bien gobernados. En las rayas y no en los medios Fandiño, dueño siempre de la cosa. Una estocada formidable.

EFE

Por Juan Miguel Núñez. Fandiño arranca una oreja en una tarde de toros mastodónticos y descastados

Se iba la tarde en blanco y cargada de desesperación por la condición del ganado, de mucha romana y ninguna casta. No había forma de enjaretar dos lances, o dos muletazos, en condiciones. Ni dos ni uno. Con los toros llevando la cara por las nubes, o como mucho a media altura. De apagadas embestidas, o bruscos y distraídos, incluso directamente huidos. Los que más se movieron, caso del segundo, sin chispa alguna; o el tercero, brutote y rebrincado; incluso el sexto, el del triunfo de Fandiño, que tampoco tuvo finales, ni mucho menos eran toros para poder cortarle una oreja. Menos aún se prestaron los otros tres.

Habría que preguntarse después de presenciar tan desigual y mastodóntica corrida si el ganadero o los toreros a través de sus apoderados o veedores, o la propia empresa, pudieron calcular las posibilidades de que embistiera. Con esos tipos, decididamente no. Como muestra, el cuarto y el sexto, hubieran sido “el toro de la carretera”, pitones aparte -el encierro tuvo “leña” para pasar el más duro invierno transalpino-, por su descomunal alzada.

El toro que no se inmuta en los cites, o da marcha atrás, desentendiéndose. Como el que abrió plaza. Al Cid le tocó correr detrás de él, en lugar de a la inversa, y en una de esas huidas casi sale el torero por los aires, arrollado. El cuarto, sin fijeza, parecía que iba a tomar los engaños pero no terminó de humillar y se paró enseguida. El Cid estuvo lo que se dice impotente, taurinamente hablando.

A César Jiménez le tocó en primer lugar un animal chochón, o pajuno, términos que definen en la jerga al toro que va y viene pero sin ningún celo, sin la mínima sensación de peligro. Con éste hubo un toreo pulcro, aunque no se puede decir que correcto del todo pues faltó “transmisión”. El quinto, otro buey, quería tropezar el engaño y al verse vencido se negó. Más manso no cabe. Fandiño tampoco tuvo tela que cortar con el descompuesto tercero, al que quiso dar distancia para mostrar la sinceridad de su estilo, pero la respuesta del semoviente fue tardar en dar la vuelta o desentenderse directamente. Un inesperado malabarismo del toro en forma de volatín acabó con el proyecto de faena.

Y, por fin, el sexto. Tomó bien el capote. Pero se fue del caballo en los dos encuentros. Claro que no iba a ser cosa del toro. Fue el torero quien puso todo. El corazón de Fandiño por delante. Muy comprometido el torero vizcaíno, lo entendió muy bien por el lado derecho, a base de tragar y aguantar las terribles tarascadas que volaban como centellas. Héroe Fandiño, otra vez. El único que no pasó miedo en la plaza fue él. Y así se hizo con la situación.

Faena corta pero muy emotiva. Insistió hasta lo indecible para arrancarle al toro los pocos muletazos que tenía, algunos, por el derecho, sorprendentemente buenos. Todo el mérito, del torero. Así se lo reconoció la plaza, premiándole con la oreja a pesar también de que la colocación de la espada no fue del todo buena. Un triunfo que abunda en el buen crédito de Fandiño en Madrid.


©Imagen: Derechazo de Iván Fandiño al sexto toro de El Montecillo. | EFE

Madrid Temporada 2012.

madrid_160512.txt · Última modificación: 2020/03/26 12:08 (editor externo)